viernes, 19 de septiembre de 2008

De profundis

El Hermano Teodoro había sido 26 años Telmo María Zúñiga Fernández. Llegó en una mula a las puertas de la cartuja del Aula Dei en los días finales de la última guerra civil. No fue el hecho de haber sido teniente en el bando que defendiera la República, ni las atrocidades que acompañan a cada contienda lo que le llevó al silencio del viejo monasterio; hizo lo que tenía que hacer y lo hizo de frente, no llevó cuenta de las vidas que había segado ni sintió el orgullo o el remordimiento, común a miles de otros soldados. Llegó sin huir de nadie y en la seguridad de no perseguir nada; era ya de mañana y los monjes acababan la Misa Conventual y, por ello, se desparramaban por todo el monasterio para atender cada uno su labor. Al Hermano que estaba de portero, junto a la Capilla exterior, le impresionó la mirada, dura y sincera, del paisano y su escasa impedimenta; su mundo cabía en un hatillo que guardaba una muda.

- A la paz de Dios, ¿Qué se le ofrece?, preguntó el Hermano.
- Vengo a ver al Padre Procurador, contestó Telmo.
- ¿Es usted un familiar?
- No, pero si me recibe y acepta, seré su Hermano.

El Padre Bruno, un roncalés viudo de 62 años, que en su niñez fue pastor y luego un afamado cirujano, escuchó a Telmo sin interrumpirle durante dos horas, mientras deambulaban en círculos por el jardín que conduce al claustro y cementerio, luego acompañó al joven a una de las celdas, dio orden de que no le molestaran y pospuso a un momento mejor dar explicaciones; no salió en más de treinta días. En el solemne silencio que preside el monasterio de Completas a Vísperas y Laudes, no era infrecuente escucharle gritar en lenguas que los monjes no reconocían y que luego supieron que eran el ruso y el alemán; con los años, Telmo pasó a ser el Hermano Donado Teodoro, tras el postulantado, noviciado y la profesión temporal, su silencio se unió al de todos y el hombre y la comunidad descasaron en paz.

Fuera de los requisitos de la liturgia no hablaba jamás. El Hermano a cargo de la afamada biblioteca del monasterio, había comentado que solía entregarle libros escritos en francés e italiano y que resultaba evidente su conocimiento de las ciencias. Era un hábil jardinero y tenía una especial pericia con el trabajo manual. Nunca llegó tarde a los tiempos comunes ni eludió tarea alguna. Durante veintitrés años fue un Hermano ejemplar y un callado arbotante para la Comunidad.

Una mañana hallaron su hábito pulcramente plegado en su celda vacía; el suelo de cada habitáculo estaba perfectamente escobado; en su pequeño jardín los viejos rosales había sido cuidadosamente podados y el pie de cada planta estaba regado; su aseo era una parábola del orden y la cama tenía puesta sábanas limpias.

La ausencia del Hermano Teodoro sumió en el desconcierto a la Comunidad. Algunos Padres preguntaron entonces al anciano Padre Procurador, por la larga entrevista con que fue recibido y sobre la identidad de un Hermano querido de quien nunca supieron nada; El Padre Bruno se encogió de hombros y dijo:

- Discúlpenme, Padres, pero siempre tuve la convicción de que cuando escuché a Telmo, se estaba confesando y ello, como saben, me impide compartirlo. Rezaré por él con afecto sincero, quienes quieran podrán seguir mi ejemplo.