martes, 2 de septiembre de 2008

En la luna de julio



















La Vida es como es y yo la transito con la voz leve y con los pasos suaves del invitado que sabe que está de paso. Mentiría si dijera que no me parece irrepetible vislumbran los aleros donde otros sabrán levantar un nido o, acariciar con el vértice de las alas abiertas, los cabellos ajenos. Faltaría a la verdad si no reconociera que, a veces, lo lícito me atrae y otras veces me repele; las cosas son como son y ello, me enseñó la inutilidad del lamento y lo estéril de las combinaciones que carecen del suelo que las hace posibles, pero no encuentro en la química de las imágenes que genera el cerebro motivos de reproche; espero que tú tampoco los halles si las comparto contigo.En la luna de julio, las pléyades permanecen invisibles aunque siguen allí, indiferentes a las dificultades concretas del observador, alejadas de las adversidades de aquellos que tratan de sospecharlas, inmutables, hermosas. Supongo que de ellas debiera aprender que brillan sin saber que las busco, que lo hacen prescindiendo de mí….eso sería el camino del sabio o el sendero de los escépticos, pero en el mío, hecho del todo y la nada, escudriñar los cielos sin ninguna esperanza de variar la órbita de los cuerpos celestes, es admitir un final que habrá de ser y que aún no ha llegado.Pensaba en ti; no seguiré por que sé que te incomoda que lo haga y porque, en el fondo, nunca he logrado trasmitirte que hay otros mundos y, que en ellos, el labio de la costa permanece nevado y en las cimas de las montañas aun obran las mareas. Si supiera hacerlo labraría con mi boca tu pecho hasta las ingles y sabría reclamar un solo segundo que fuera para mí y para ti, sin el peso estéril de quienes buscan reproches en los mapas, inmensos, del arrepentimiento.


Recordaba el sabor de tu boca (y me hacía feliz). Mañana estaremos muertos.