miércoles, 3 de septiembre de 2008

Memorias



Nacida para las yemas de los dedos; propias o ajenas, mejor ajenas. Nacida para grabar sus huellas donde acaban los nervios ópticos y comienza el cerebro; en los fascinantes mundos que cada uno codifica para abrirse o cerrarse a otras alas gemelas. Esa piel por la que he visto marchar al tiempo, ha crecido en su luz y si su cuerpo ha perdido firmeza, ha ganado calor y matices que la elevan por encima de las tallas efímeras y el pulso de las modas. No es una niña, afortunadamente, y por ello genera los largos impulsos que obran las mujeres de verdad, las raras mujeres de verdad que se crecen sobre las estrías de la cintura y las arrugas del cuello. A veces, cuando espera desnuda a que el agua fría equilibre el caudal de la caliente, justo antes de que el tibio vaho haga llorar al espejo, la recorro de la nuca a los pies y la siento tan mía; cada cima de sus vértebras cosida al movimiento de la mano que trastea en las llaves del grifo; la nuca que se esconde o se eleva; las nalgas y los muslos que obedecen al paso de los años sin perder la belleza; me gusta observarla antes del breve lapso en que volverá a ser mía, porque minutos después, con el exceso de humedad que ha vencido a la toalla, abrazo su cuerpo ceñido a si cintura. Aspiro el calor que dilata sus poros y el aroma limpio de una piel que solo huele a jabón; recojo las gotas de agua que han quedado en los pliegues de un pecho sabio en noches o en los rizos del pubis; ella suele guiarme con sus manos, y, aunque sabría resolverlo perfectamente solo, aprecio la complicidad que me otorga un protagonismo agradable y el privilegio de hundirme suavemente en las regiones menos transitadas. Luego, mientras desayuna, siento su peso vertical que aplasta contra mi los penetrables mundos de lo compartible y que nadie conoce como yo; adoro ese momento, tan largo los fines de semana, en que entre los labios de su vagina y yo apenas corre el aire. Luego, separadas nuestras pieles por destinos divergentes, veo desaparecer su desnudez bajo la ropa.
Si yo no fuera de rizo americano y estampado escocés, verde con rayas amarillas y rectángulos de azul oscuro, si colgara de mí algo más que un manso cinturón, la haría más feliz que los hombres que han fatigado su piel sin saber apreciarla.

Memorias de un albornoz.