
La bandeja del CD se tragó el disco, seleccionó la pista 22 y la habitación se llenó de la voz, ahora grave, de Leonard Cohen recitando las primeras estrofas de “If it be your will” y luego, las de Charley a la guitarra y Hattie Webb al arpa; desde que oyó por primera vez el tema en álbum “ Various positions”, en el 84, había considerado que era una de esas canciones redondas que no pueden mejorarse, pero esta versión, interpretada en directo en el concierto de Ontario, el 6 de junio de 2008, era especial. Las hermanas Webb construían una delicuescente aurora boreal de notas por las que transitaba un Cohen de traje cruzado y sombrero Borsalino. Seleccionó la función repeat del lector, se lió un canuto, encendió una vela y apagó las luces del salón.
If it be your will es una frase presidida por un abierto condicional y cargada de una absoluta polisemia “ si es tu voluntad”, “si así lo quieres”, “si te sale de los cojones”…La primera vez que oirla le importó en su vida, tenía 24 años; las tetas de leche de los 14 habían dado paso a dos pechos firmes y perfectos que envidiaban muchas de sus amigas; ya no llevaba aparato en los dientes y sus distintas parejas le habían demostrado que el primer amor de su primera vez, fue un perfecto imbécil. Aquello ocurrió durante el verano del 91, cuando se matriculó en el curso “Dos poesías, una lengua” llevado a cabo en El Escorial y co-dirigido por Ángel González y Mario Benedetti; ya no era una niña y estaba harta de habitar la superficialidad de los bares de copas y los polvos express de algún fin de semana. El otoño anterior había comprado el Bestiario de Juan José Arreola, cuya lectura le obligó felizmente a transitar desde La parábola del Trueque a Tu y yo somos uno mismo por toda la obra del autor; de Arreola llegó a Adolfo Bioy Casares y de éste a Jorge Luís Borges, en un invierno solitario y redondo.
El curso era uno de esos acontecimientos que se miden desde el interior; entre los asistentes, unos crecen y se elevan, otros, regresan a sus rutinas sin haberse alzado un solo centímetro sobre su mediocridad. Entre los cursillistas había gente de distintos países que creaban un guirlache de sensibilidades complejas y densas. El programa era abierto y dinámico e incluía la grabación del poema Entreacto de Ángel González, dentro del espectáculo En la aduana; eso significaba mucho trabajo en equipo. Ella conectó desde el principio con un neozelandés que conjugaba una sincera sonrisa con dos ojazos verdes bajo un sobrero de cuero; hablaba un correcto castellano pero no podía evitar, ante cualquier proposición, la automática muletilla de “If it be your will” seguido del inevitable “ops, perdona, quiero decir que, bien”.
Pronto descubrió que se sentía atraída por aquel rubio de pelo rizado y brazos largos, siempre dispuesto a echar una mano o a abrir un debate; la primera noche ahuyentó el sueño en la infructuosa espera de que llegara a llamar a su puerta. Estaba acostumbrada a acaparar la atención, a hacerse desear, a atraer las miradas del guapo de las Ray-ban o del baboso cutre y salido en cualquier bar de copas. Él sonreía a todos por que su naturaleza era cordial y porque sentía que el curso llenaba sus expectativas y valía la pena tan largo viaje; había venido a profundizar en la inmensidad de la poesía escrita en castellano y no en carnes ajenas. La puerta permaneció muda y ella pudo dominar su ansiedad, enfrentando sus dudas con el espejo. El último día, todos intercambiaron direcciones, bebieron cerveza y se separaron, más sabios, para volver a unas vidas no siempre poéticas. Ella sintió una mezcla de tristeza y alivio.
El arpa de Hattie Webb escalaba la profunda y humana plegaria de Cohen a los arpegios de los seres celestes:
If it be your will
If it be your will es una frase presidida por un abierto condicional y cargada de una absoluta polisemia “ si es tu voluntad”, “si así lo quieres”, “si te sale de los cojones”…La primera vez que oirla le importó en su vida, tenía 24 años; las tetas de leche de los 14 habían dado paso a dos pechos firmes y perfectos que envidiaban muchas de sus amigas; ya no llevaba aparato en los dientes y sus distintas parejas le habían demostrado que el primer amor de su primera vez, fue un perfecto imbécil. Aquello ocurrió durante el verano del 91, cuando se matriculó en el curso “Dos poesías, una lengua” llevado a cabo en El Escorial y co-dirigido por Ángel González y Mario Benedetti; ya no era una niña y estaba harta de habitar la superficialidad de los bares de copas y los polvos express de algún fin de semana. El otoño anterior había comprado el Bestiario de Juan José Arreola, cuya lectura le obligó felizmente a transitar desde La parábola del Trueque a Tu y yo somos uno mismo por toda la obra del autor; de Arreola llegó a Adolfo Bioy Casares y de éste a Jorge Luís Borges, en un invierno solitario y redondo.
El curso era uno de esos acontecimientos que se miden desde el interior; entre los asistentes, unos crecen y se elevan, otros, regresan a sus rutinas sin haberse alzado un solo centímetro sobre su mediocridad. Entre los cursillistas había gente de distintos países que creaban un guirlache de sensibilidades complejas y densas. El programa era abierto y dinámico e incluía la grabación del poema Entreacto de Ángel González, dentro del espectáculo En la aduana; eso significaba mucho trabajo en equipo. Ella conectó desde el principio con un neozelandés que conjugaba una sincera sonrisa con dos ojazos verdes bajo un sobrero de cuero; hablaba un correcto castellano pero no podía evitar, ante cualquier proposición, la automática muletilla de “If it be your will” seguido del inevitable “ops, perdona, quiero decir que, bien”.
Pronto descubrió que se sentía atraída por aquel rubio de pelo rizado y brazos largos, siempre dispuesto a echar una mano o a abrir un debate; la primera noche ahuyentó el sueño en la infructuosa espera de que llegara a llamar a su puerta. Estaba acostumbrada a acaparar la atención, a hacerse desear, a atraer las miradas del guapo de las Ray-ban o del baboso cutre y salido en cualquier bar de copas. Él sonreía a todos por que su naturaleza era cordial y porque sentía que el curso llenaba sus expectativas y valía la pena tan largo viaje; había venido a profundizar en la inmensidad de la poesía escrita en castellano y no en carnes ajenas. La puerta permaneció muda y ella pudo dominar su ansiedad, enfrentando sus dudas con el espejo. El último día, todos intercambiaron direcciones, bebieron cerveza y se separaron, más sabios, para volver a unas vidas no siempre poéticas. Ella sintió una mezcla de tristeza y alivio.
El arpa de Hattie Webb escalaba la profunda y humana plegaria de Cohen a los arpegios de los seres celestes:
If it be your will
If there is a choice
Let the rivers fill
Let the hills rejoice
Let your mercy spill
On all these burning hearts in hell
If it be your will
To make us well.
Era mi voluntad, pensó, y tú, querido, no lo viste; queda saber si debo estarte agradecida.