martes, 2 de septiembre de 2008

Reflejos de Li Tsing Chiao


"La pálida luna alumbra entre nubes en el cielo otoñal.Sola ante la ventana, soporto el peso de los días, y compongo poemas que voy borrando a medida que corrijo.Florece el oro de los crisantemos.Yo, tras la celosía, en la oscuridad de mi solitaria habitación, Sola, quemando incienso, y soñando... sola."

Parecía que la poetisa Li Tsing Chao, hubiera escrito estos versos pensando en ella, pero era imposible; el poema fue compuesto nueve siglos atrás. Recordó, que los pueblos que viven en las faldas de los Himalayas, definen la existencia como un perpetuo ciclo de reencarnaciones, a la que el alma solo puede escapar cuando alcanza su perfecta iluminación. Todos los cuerpos posibles son una mera carcasa que aloja al espíritu en cada reencarnación.Decididamente, pensó, todos somos todos y, a la vez, ninguno. Constatar que en otra luna de otoño, otra mujer, quemando otro incienso, había soñado, sola, le hizo sentir la angustia vaga de las tautologías que abanderan las horas comunes en las vidas distintas. Sintió que afrontar la abstracta soledad, el primario convencimiento de que los otros no siempre llenan el yo o pueden mantener el nosotros, era tal vez algo distintivo de la especie, una forma de licencia con la que la naturaleza compensaba las formas ilimitadas que pueblan el mundo.Tal vez he sido Li Tsing Chao y ahora rememoro el peso de viejas soledades, pensó. Luego contempló si era posible que las almas trasladaran sus recuerdos más íntimos a lo largo de la cadena de los ciclos y llegó a la conclusión de que no había respuesta. Le inquietó el presentimiento de que de ser así, tal vez había sido bailarina en Damasco o había amado bajo la sombra de las higueras a otros cuerpos de hombre o de mujer, pero ¿dónde habitaban esas memorias? Revisó momentos trascendentes de su vida para poder frotarlos y devolverles el brillo que la cotidianidad tiende a empañar. El saldo, suficiente, no daba para mucho más del imprescindible alegato de "afirmo que he vivido" que todos empuñamos para eludir el desconocimiento de las intensidades. Aquel inevitable primer novio y el previsible balance de pudo ser mejor; las noches de facultad en que otros estudiaban mientras ella se entregaba al cuerpo joven e inexperto de un compañero de clase; las primeras relaciones prolongadas que permitían entrever el compromiso de las parejas; la ceremonia civil de un matrimonio laico; el primer hijo; la primera vez en que pesó más el sueño que un posible orgasmo. Media humanidad se debe a estas banderas, pensó, promediar la estadística no le produjo alivio alguno. Recordó las manos que la habían acariciado y los brazos y piernas que habían rodeado su espalda y su cintura; eran más que las que habitualmente hubiera recordado; el haberlas olvidado era la evidencia incontestable de que se habían mantenido en la vaga mediocridad de un polvo tras las copas. ¿Alguien habrá compuesto una canción tras una noche conmigo, escrito un poema o esbozado un dibujo?, se pregunto sin demasiada convicción…Sola quemando incienso , y soñando…sola. Puntualmente sola, profundamente sola. Le vino a la cabeza la sorprendente confidencia de una amiga que le había confesado que, mearse de gusto, era algo más que una frase hecha. Le invadió una resignada sensación de tristeza; a su edad el sexo era más una ceremonia de confraternización, que un combate en el que nadie hace prisioneros; era más un ordenado protocolo, cuidado y previsible, que una unión sin reglas ni fronteras donde se da y se toma lo más íntimo del cuerpo y del espíritu. Mearse de gusto, perder todo control, rendida a la electricidad del frotamiento que potencian las sales del sudor y los poros abiertos. ¡Joder! mearse de gusto, clavarle las uñas en la espalda mientras se chilla, mientras se brama, mientras se quiere más y se da más. Por un momento sintió la olvidada humedad que absorbía la felpa de sus bragas y un segundo después un relámpago cruzo su cabeza. ¡Que coño de reencarnaciones, ni de ser Li Tsing Chao, ni niños muertos! A ver, si todos hemos sido antes otros hombres y otras mujeres, todos conoceríamos íntimamente la exacta anatomía de quien comparte tu cama, pues va a ser que no, o de lo contrario, no follaríamos tan penosamente mal. Se encendió un cigarrillo, tiró el libro y se hizo un dedo.