domingo, 26 de octubre de 2008

Partagas Lusitania, doble coronas.

Ukiyoe
“Me hubiera encantado haberte lavado el pelo, pensó, distribuir la masa del champú de las raíces a las puntas, levantar la espuma con las yemas de mis dedos y aclararla a jarra, a contrapelo; claro que ello exige un grado iniciático que no detento” pensó.
El humo del tabaco cortado por una luz oblicua, permitía establecer claroscuros y la largura de las sombras; el albornoz, sobre la piel desnuda, trazaba la cambiante frontera que comprimía o dilataba el sofá. “Frontera, a fin de cuentas, pensó, cartografía apta para los exploradores dotados de brújula y de mapa” bebió un sorbo de tónica. Alcanzado el grado de humedad en el pelo, ella regresó al baño.
Sentado sobre la taza, era consciente de asistir a una ceremonia sólo para los iniciados. Había algo de inmerecido privilegio en ser testigo de los principios de la transformación, de cómo la crisálida renacería en el turbador esplendor de la mariposa; ese punto de confianza latía en el estómago, como el calor que otorga apurar un orujo.
“Habitualmente todos exhibimos la eficacia del producto acabado, trompa firmemente enrollada, alas tersas, antenas relucientes y lo mejor del color físico descomponiendo la luz en brillantes arco iris; eso es lo que todos reciben, pensó, el licor destilado que iguala a quienes lo catan, la carta de los postres en cualquier restaurante, el cigarro con vitola de una tarde de toros”.
“Yo prefiero ver como el capillo envuelve la tripa hasta montar la capa que recubre el tirulo, torcido a mano, pensó, muslo, muñeca, oficio; crear el cigarro desnudo y sin anilla, sólo para el connoisseur, un doble coronas, cepo 49, eso ocurre antes de llegar al estanco”.
“Me hubiera gustado ayudarte a vestirte, a elegirte la ropa y los zapatos”, pensó, aceptando la exacta distancia entre los mundos propios y los ajenos. Sólo, en el ascensor, enarco las cejas, miró hacia adentro y se dijo”si, me hubiera gustado mucho y habría sabido hacerlo, todo, menos pedirte permiso o tener que explicarlo”

sábado, 25 de octubre de 2008

Lusitania

Utamaro
“Si me dieras un palmo de tu tierra, allí sabría amarte y no entrar en conflicto con tus otros; nunca clavo banderas en la cima del monte” pensó, mientras llenaba, otra vez, las dos copas de tinto. “Sé que no lo diré, porque nunca he aprendido a cerrar los pasos de la reina con la torre y porque pertenezco a esos tímidos que odian al penoso pelmazo, que acosa a la rubia en la barra del bar; no sabría afrontar que lo malentendieras” pensó, mientras miraba en sus ojos grandes, de color caramelo. Prendió fuego al cigarrillo que cortan siempre los camareros con el segundo plato. Fuera, la noche bienoliente ofrecía a los tejados, el cuarto menguante de la luna y el pulso de las horas en notas de campana. “Coño, pensó, en las situaciones que llegaban al límite, los otros me miraban a mi, porque sabía que hacer, y ellos sabían que yo habría de hacerlo; sangre y ojos de hielo, mí media sonrisa y la despreocupación que otorga lo inevitable. Y, ahora, pensó, cuando todo se reduce a la madura costumbre de expresarse, cuando tienes clara su altura y su franqueza, volverás al ejercicio de callarte”. “Joder, tío, pensó, a tu edad ya no tiene cura”.

Paladeó un momento la largura de sus dedos delgados y le acercó el mechero que buscaba. “Querida, estás preciosa y muy elegante”, pensó, le sorprendió escucharse un torpe “me gusta tu chaqueta”.

sábado, 11 de octubre de 2008

Eρως


Era imposible determinar su belleza o su edad, también era innegable que, de todas las putas del burdel, ella era la más imposible, la más deseada. No acudía todas las noches ni aceptaba clientes; el solo hecho de ocultar su rostro, había construido miles historias que la convertían en la reina inalcanzable de los prostíbulos de Nueva Orleáns; ni siquiera E. J. Bellocq supo si pudo afirmar haberla conocido.
Algunos sostenían que le habían marcado la cara y que la máscara roja que llevaba anudada a la nuca, ocultaba desagradables y profundas cicatrices; las versiones abarcaban de cortes a cuchillo a la contundencia de un hierro atizador. Otros, sostenían el clásico de la gran dama, casada con un rico plantador, que buscaba en los burdeles el oscuro placer que no podía otorgarle un marido provecto. Hubo quien señaló, que todo se reducía a una cuidada puesta en escena al servicio de de la búsqueda de cuantiosos ingresos.
Su primera aparición en las repúblicas del placer alquilable, fue en los salones de Madame Eleonore, sofisticado lupanar que abría sus puertas a una manzana del “Café du Monde”, convenientemente abierto las 24 horas. El local era famoso por ser más un club privado, donde lo más liberal y libertino de la crema ciudadana soltaba las riendas de sus pasiones, que por el estricto comercio de las carnes. Estaba abierto a una elite de hombres y mujeres de los que nunca preguntan y pierden la memoria al salir por la puerta. Madame Eleonore entregaba con discreción llaves con un número en la tija esmaltada; lo que ocurría tras las puertas cerradas no incumbía a los demás.
No era infrecuente el uso de velos y antifaces entre las damas de alcurnia y era común la escasez en la ropa y la abundancia de exóticas piezas de lencería francesa, pero cuando ella se acercó a la barra, desnuda, descalza y sin más ornato que su rojo antifaz, la alegría del bullicio fue sustituida por la abstracta admiración del silencio.
Era una mujer alta y de curvas evidentes, rezumaba la sensualidad de un mascaron de proa sin ser una matrona o un ama de cría; esa noche comenzó la leyenda de la hetaira sin rostro y su círculo de perlas.
Como he dicho, llevaba el antifaz anudado a la nuca; he olvidado decir que ensortijado entre los pliegues del terciopelo, colgaba un pequeño cordón donde estaban ensartadas cinco perlas grises de idéntico calibre. Ella no era elegida, como pasa siempre, por la clientela habitual; seleccionó a lo largo de las primeras noches a quienes admitiría en su cama, hasta llegar a cinco. A cada uno les ofreció largas horas que jamás olvidarían y, al despedirlos, una perla y una advertencia, no volvería a recibirlos sin presentarla, pero aceptaría a aquél o aquella a quien transfirieran su esférico salvoconducto.
Aquellas cinco perlas grises pasaron a ser la posesión más codiciada del tramo final del Mississippi; hubo plantaciones que cambiaron de mano; algún duelo a pistola; personas que extendieron el significado de la amistad; padres traicionados por sus hijos o esposas que dejaron de serlo.
Durante los años que protagonizó la despreocupación de las noches criollas, perlas grises colgaron de la leontina de algunos relojes o fueron llevadas con descaro en los escotes de aguerridas mujeres; eran como la bandera un país de pocos y felices habitantes.
E. J. Bellocq, quien la fotografió en su casa, me confesó dos cosas, ambas cuanto menos sorprendentes; que jamás vio su rostro descubierto y que, los dos volúmenes que estaban bajo el aparador, eran los cuadernos I y III de “Les Journées de Florbelle” caligrafiados a mano por su autor, Donatien Alphonse François de Sade, marqués.

viernes, 3 de octubre de 2008

Θάνατος

Sin la certeza de la muerte, la vida sería una condena de todo punto insufrible; la eternidad convierte en algo inhabitable los conceptos de infierno y paraíso.

En 1963 la sensación trascendente de la muerte se instaló en mi vida, para siempre; ocurrió dos veces, no la entendí ninguna. El 6 de junio, las campanas de Cristo Rey iniciaron el toque de difuntos, se le fueron uniendo las de San Antonio, San Miguel, las de la catedral, San Saturnino, jesuitas; recuerdo aquél cielo plagado de vencejos y de las voces de metal de las campanas. Los mayores parecían abatidos y en toda la extensión del dial de la Grunding™sólo se emitía música sacra. Mi madre nos dijo que Juan XXIII, el Papa bueno, se había reunido con su hacedor; me conmovió, sin comprenderlo, que los Papas también muriesen en un mundo que los lloraba con absoluta veneración. El 22 de noviembre los mayores volvieron a tener ese aspecto grave en el rostro, tan poco común, tan trascendente. El parte del diario hablado trasladaba a una conmocionada sociedad, los confusos detalles del atentado que había segado la vida del trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos: John F. Kennedy, había desvelado el misterio en la ciudad de Dallas. Cuanto sabía de aquél país quedaba contenido en el uniforme del cabo Rusty y en la sagacidad de Rin Tin Tin; me conmovió, sin comprenderlo, que el hombre más poderoso de la tierra pudiera ser muerto y que el mundo de los adultos lo llorase con temor y respeto.

El 18 de septiembre del 70 las Fender Stratocaster™de Jimmy Hendrix eludieron definitivamente el riesgo de los incendios al final de un concierto; el 4 de octubre del mismo año me dejó Janis Joplin; el 3 de julio del 71 Jim Morrison quedó para siempre en París; el 29 de octubre Duane Allman y su Harley se deshicieron en una carretera. Cada una de esas muertes fueron mías. No eran seres remotos de mundos que me eran ajenos; eran los hermanos mayores que yo nunca tuve, exegetas de la grieta en los muros, arquitectos de los únicos espacios habitables.

Leí de la métrica griega que:
Mueren jóvenes aquellos a quienes los dioses aman” Es éste un precepto de la antigua sabiduría.
El 16 de enero del 93, Jesús y yo perdimos a Fernando.
Supongo que Bob Dylan morirá centenario.