viernes, 3 de octubre de 2008

Θάνατος

Sin la certeza de la muerte, la vida sería una condena de todo punto insufrible; la eternidad convierte en algo inhabitable los conceptos de infierno y paraíso.

En 1963 la sensación trascendente de la muerte se instaló en mi vida, para siempre; ocurrió dos veces, no la entendí ninguna. El 6 de junio, las campanas de Cristo Rey iniciaron el toque de difuntos, se le fueron uniendo las de San Antonio, San Miguel, las de la catedral, San Saturnino, jesuitas; recuerdo aquél cielo plagado de vencejos y de las voces de metal de las campanas. Los mayores parecían abatidos y en toda la extensión del dial de la Grunding™sólo se emitía música sacra. Mi madre nos dijo que Juan XXIII, el Papa bueno, se había reunido con su hacedor; me conmovió, sin comprenderlo, que los Papas también muriesen en un mundo que los lloraba con absoluta veneración. El 22 de noviembre los mayores volvieron a tener ese aspecto grave en el rostro, tan poco común, tan trascendente. El parte del diario hablado trasladaba a una conmocionada sociedad, los confusos detalles del atentado que había segado la vida del trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos: John F. Kennedy, había desvelado el misterio en la ciudad de Dallas. Cuanto sabía de aquél país quedaba contenido en el uniforme del cabo Rusty y en la sagacidad de Rin Tin Tin; me conmovió, sin comprenderlo, que el hombre más poderoso de la tierra pudiera ser muerto y que el mundo de los adultos lo llorase con temor y respeto.

El 18 de septiembre del 70 las Fender Stratocaster™de Jimmy Hendrix eludieron definitivamente el riesgo de los incendios al final de un concierto; el 4 de octubre del mismo año me dejó Janis Joplin; el 3 de julio del 71 Jim Morrison quedó para siempre en París; el 29 de octubre Duane Allman y su Harley se deshicieron en una carretera. Cada una de esas muertes fueron mías. No eran seres remotos de mundos que me eran ajenos; eran los hermanos mayores que yo nunca tuve, exegetas de la grieta en los muros, arquitectos de los únicos espacios habitables.

Leí de la métrica griega que:
Mueren jóvenes aquellos a quienes los dioses aman” Es éste un precepto de la antigua sabiduría.
El 16 de enero del 93, Jesús y yo perdimos a Fernando.
Supongo que Bob Dylan morirá centenario.