sábado, 11 de octubre de 2008

Eρως


Era imposible determinar su belleza o su edad, también era innegable que, de todas las putas del burdel, ella era la más imposible, la más deseada. No acudía todas las noches ni aceptaba clientes; el solo hecho de ocultar su rostro, había construido miles historias que la convertían en la reina inalcanzable de los prostíbulos de Nueva Orleáns; ni siquiera E. J. Bellocq supo si pudo afirmar haberla conocido.
Algunos sostenían que le habían marcado la cara y que la máscara roja que llevaba anudada a la nuca, ocultaba desagradables y profundas cicatrices; las versiones abarcaban de cortes a cuchillo a la contundencia de un hierro atizador. Otros, sostenían el clásico de la gran dama, casada con un rico plantador, que buscaba en los burdeles el oscuro placer que no podía otorgarle un marido provecto. Hubo quien señaló, que todo se reducía a una cuidada puesta en escena al servicio de de la búsqueda de cuantiosos ingresos.
Su primera aparición en las repúblicas del placer alquilable, fue en los salones de Madame Eleonore, sofisticado lupanar que abría sus puertas a una manzana del “Café du Monde”, convenientemente abierto las 24 horas. El local era famoso por ser más un club privado, donde lo más liberal y libertino de la crema ciudadana soltaba las riendas de sus pasiones, que por el estricto comercio de las carnes. Estaba abierto a una elite de hombres y mujeres de los que nunca preguntan y pierden la memoria al salir por la puerta. Madame Eleonore entregaba con discreción llaves con un número en la tija esmaltada; lo que ocurría tras las puertas cerradas no incumbía a los demás.
No era infrecuente el uso de velos y antifaces entre las damas de alcurnia y era común la escasez en la ropa y la abundancia de exóticas piezas de lencería francesa, pero cuando ella se acercó a la barra, desnuda, descalza y sin más ornato que su rojo antifaz, la alegría del bullicio fue sustituida por la abstracta admiración del silencio.
Era una mujer alta y de curvas evidentes, rezumaba la sensualidad de un mascaron de proa sin ser una matrona o un ama de cría; esa noche comenzó la leyenda de la hetaira sin rostro y su círculo de perlas.
Como he dicho, llevaba el antifaz anudado a la nuca; he olvidado decir que ensortijado entre los pliegues del terciopelo, colgaba un pequeño cordón donde estaban ensartadas cinco perlas grises de idéntico calibre. Ella no era elegida, como pasa siempre, por la clientela habitual; seleccionó a lo largo de las primeras noches a quienes admitiría en su cama, hasta llegar a cinco. A cada uno les ofreció largas horas que jamás olvidarían y, al despedirlos, una perla y una advertencia, no volvería a recibirlos sin presentarla, pero aceptaría a aquél o aquella a quien transfirieran su esférico salvoconducto.
Aquellas cinco perlas grises pasaron a ser la posesión más codiciada del tramo final del Mississippi; hubo plantaciones que cambiaron de mano; algún duelo a pistola; personas que extendieron el significado de la amistad; padres traicionados por sus hijos o esposas que dejaron de serlo.
Durante los años que protagonizó la despreocupación de las noches criollas, perlas grises colgaron de la leontina de algunos relojes o fueron llevadas con descaro en los escotes de aguerridas mujeres; eran como la bandera un país de pocos y felices habitantes.
E. J. Bellocq, quien la fotografió en su casa, me confesó dos cosas, ambas cuanto menos sorprendentes; que jamás vio su rostro descubierto y que, los dos volúmenes que estaban bajo el aparador, eran los cuadernos I y III de “Les Journées de Florbelle” caligrafiados a mano por su autor, Donatien Alphonse François de Sade, marqués.