sábado, 25 de octubre de 2008

Lusitania

Utamaro
“Si me dieras un palmo de tu tierra, allí sabría amarte y no entrar en conflicto con tus otros; nunca clavo banderas en la cima del monte” pensó, mientras llenaba, otra vez, las dos copas de tinto. “Sé que no lo diré, porque nunca he aprendido a cerrar los pasos de la reina con la torre y porque pertenezco a esos tímidos que odian al penoso pelmazo, que acosa a la rubia en la barra del bar; no sabría afrontar que lo malentendieras” pensó, mientras miraba en sus ojos grandes, de color caramelo. Prendió fuego al cigarrillo que cortan siempre los camareros con el segundo plato. Fuera, la noche bienoliente ofrecía a los tejados, el cuarto menguante de la luna y el pulso de las horas en notas de campana. “Coño, pensó, en las situaciones que llegaban al límite, los otros me miraban a mi, porque sabía que hacer, y ellos sabían que yo habría de hacerlo; sangre y ojos de hielo, mí media sonrisa y la despreocupación que otorga lo inevitable. Y, ahora, pensó, cuando todo se reduce a la madura costumbre de expresarse, cuando tienes clara su altura y su franqueza, volverás al ejercicio de callarte”. “Joder, tío, pensó, a tu edad ya no tiene cura”.

Paladeó un momento la largura de sus dedos delgados y le acercó el mechero que buscaba. “Querida, estás preciosa y muy elegante”, pensó, le sorprendió escucharse un torpe “me gusta tu chaqueta”.