Éxito total, fundamentales tus consejos, beso. Estaba claro, no podía fallar, pensó y la imaginó en el escenario abstracto de las ceremonias donde nada es natural. Una boda es como la teatralización de la apertura de la bolsa, en Wall Street, alguien finge iniciar con un golpe de mazo el flujo de transacciones; queda para la historia la foto del evento. No importa quien lance la señal, lo trascendente es el mercado que desata, pensó.
Sabía quien estaría al alza en las cotizaciones, porque jugaba con información privilegiada, previa al inicio de la sesión. Sabía que ella abriría con una larga ducha, como reclama una noche anterior tan dilatada; conocía la marca del gel y del chapú, su exacta capacidad de espuma y la viscosidad con que se extendía sobre la piel mojada. Luego, la toalla enrollada en el pelo y el albornoz, recogiendo el exceso de humedad y el par de cigarrillos que precederían al planchado del pelo, lenta ceremonia sobre la que recaía una importante parte del impacto de las cotizaciones. La aplicación del desodorante, la crema base, el maquillaje, los ojos, perfilado de labios y la boca; un nuevo cigarrillo y la duda inevitable del color, ¿tonos tierra o la gama del rojo?, ¿lo dejo o cambio? Si hubiera estado a su lado, pensó, le hubiera sugerido afrontar con audacia un rojo de Chanel, cuya base de manteca de Karité habría agradecido su compañero; de la gama brillante Aqualumière SPF 15, el nº 71 Amalfi; de la Rouge Hidrabase, barra más satinada, el nº 104 Inspiration, pero si hubiese decidido yo, no hubiera tenido dudas, pensó, el nº 20 de la gama Rouge Allure, Voluptuous, con una laca de uñas nº 59 Canicule, munición de grueso calibre, la ropa que más viste a una mujer, se dijo, si señor, el nº 20 y el nº 59, ¡con dos tacones!. Luego le hubiera propuesto considerar la combinación del perfilador Extreme, la máscara Waterproof Noir y la sombra de ojos Irréelle duo Desert-Rose 10, que el pensaba perfecta. Unas gotas de Eau Première Nº 5 o el contraste extremo del Eau de Rochas, ello depende de las expectativas, pensó, yo así, me volvería a la cama y no saldría de la habitación en una semana, pero la apertura de Wall Street es una ceremonia pública que requiere de ir vestido; una boda es una boda, se dijo.
Descubrió que pese al caudal de información privilegiada, le faltaban datos relevantes, el conjunto y las medias estaban ausentes del dossier; las medias serían negras, pero ¿las opacas tipo a las Tribeca, con sus audaces talones o más parecidas a las exquisitas Parigi en tul plumetis?, de La Perla, tendría que esperar a recibir la crónica completa de la jornada bursátil, para proceder a despejar esa X tan delicada. El top negro de tirantes no sería de seda cruda, estaba en el dossier. Y sobre todo ello el elegante traje, falda y chaqueta, calado en negro, con una textura protagonista e insinuadora, los zapatos negros de medio tacón y el bolso; lista para matar, distinta y diferente, en ese mar de gustos deplorables que supone una boda.
La elegancia es una cualidad interior, como la inteligencia o la espiritualidad, pensó, se tiene o no se tiene. Cuando alguien que no la posee hace uso de ella, se disfraza y, con suerte, sólo resulta hortera; imaginó la penosa procesión de trajes de chaqueta con pedrerías y botoncillos dorados; los vestidos de noche con el chal, de quienes nunca han vestido de noche; los trajes oscuros de tres piezas, con corbatas pastel y el medio nudo Windsor; las plumas Montblanc sin tinta; el mechero Dupont que regresa a la luz; los gemelos de nudos que vienen con las camisas de gemelos, de esas que llevan bolsillo; las pamelas; la lencería de por lo que pueda pasar y las ingles brasileñas; la papela de la farlopa para los enrollados/as y las inevitables cámaras de 8 megapixel para las evitables fotos de grupo y las de con los novios; coño, se dijo, es como arrojar una perla en un campo de berzas.
Espero, pensó, que alguna vez podamos compartir la elocuencia de una cena, tras la idéntica ceremonia de vestirse así, sólo por que los dos queremos.