(14 de diciembre de 1895- 18 de noviembre de 1952) Seudónimo de Eugène Grindel, poeta.
Están las gentes que afirman tener una existencia trascendente en dos planos vitales que se complementan; el del propio yo, dotado de alma, conciencia, consciencia y del libre albedrío y el de su dios (grande o pequeño, mortal o eterno, adorable en altares o en la cama), creador del yo propio, origen y destino del creyente. También estamos los que consideramos la existencia como un cúmulo de accidentes, que no tienen otro sentido que el elemental de vivirlos; intensa, completa e irremisiblemente. Los primeros precisan de complicadas arquitecturas teológicas, morales, patrióticas o religiosas que permitan conocer las reglas del juego, que establezcan los universos del tótem y el tabú, de lo que les es permitido y de aquello que quedará eficazmente prohibido. Los segundos reconocemos estar sólo de paso y no encontramos en el reglamento ninguna utilidad. Unos y otros habitamos el mismo planeta.
No imagino un cielo con una sola estrella; aprendí de los desiertos del norte de África que el viento une y separa los granos de arena y que por ello el desierto no cambia en su esencia, ni se duele. Todas las vidas están en mí, de ello estoy seguro. No creo en la trasmigración de las almas, ni en los dioses, ni en infiernos o paraísos. Una sola vida, ésta, resulta suficiente para llenar mi asombro o levantar las torres de mi emoción. Florecer, no requiere testigos.
Están las gentes que afirman tener una existencia trascendente en dos planos vitales que se complementan; el del propio yo, dotado de alma, conciencia, consciencia y del libre albedrío y el de su dios (grande o pequeño, mortal o eterno, adorable en altares o en la cama), creador del yo propio, origen y destino del creyente. También estamos los que consideramos la existencia como un cúmulo de accidentes, que no tienen otro sentido que el elemental de vivirlos; intensa, completa e irremisiblemente. Los primeros precisan de complicadas arquitecturas teológicas, morales, patrióticas o religiosas que permitan conocer las reglas del juego, que establezcan los universos del tótem y el tabú, de lo que les es permitido y de aquello que quedará eficazmente prohibido. Los segundos reconocemos estar sólo de paso y no encontramos en el reglamento ninguna utilidad. Unos y otros habitamos el mismo planeta.
No imagino un cielo con una sola estrella; aprendí de los desiertos del norte de África que el viento une y separa los granos de arena y que por ello el desierto no cambia en su esencia, ni se duele. Todas las vidas están en mí, de ello estoy seguro. No creo en la trasmigración de las almas, ni en los dioses, ni en infiernos o paraísos. Una sola vida, ésta, resulta suficiente para llenar mi asombro o levantar las torres de mi emoción. Florecer, no requiere testigos.
