Hay segundos que duran una hora, porque el tiempo está hecho de intensidad; sólo los necios tienden a ignorarlo. Acodado en el muro de piedras, miraba hacia poniente donde un sol, ya vencido, incendiaba las nubes del horizonte. Era otoño en la tierra de los Santos Inocentes. Caía la tarde, otra, y, como siempre, despedir al crepúsculo constituía una de esas antiguas ceremonias que valen siempre la pena. De suroeste a noroeste, el cielo era una banda roja, pesada y quieta, que evolucionaba hacia los primeros granates que luego serían de un púrpura ligero. El paisaje, liberado del dibujo que permiten las sombras, era una masa de contrastes carente de textura. Ver caer la nieve, arder un fuego, o las evoluciones del crepúsculo del día o de la noche, pensó, son algo que se comparte desde el silencio, como levantar la orografía de la espalda o hundirse en un beso. Abrazado a la tarde, dio una segunda calada al cigarrillo que acababa de encender; no estaba solo y la visita al museo iba a iniciarse. Apagó la colilla, guiñó un ojo al poniente y regresó al nosotros.lunes, 17 de noviembre de 2008
Vostell
Hay segundos que duran una hora, porque el tiempo está hecho de intensidad; sólo los necios tienden a ignorarlo. Acodado en el muro de piedras, miraba hacia poniente donde un sol, ya vencido, incendiaba las nubes del horizonte. Era otoño en la tierra de los Santos Inocentes. Caía la tarde, otra, y, como siempre, despedir al crepúsculo constituía una de esas antiguas ceremonias que valen siempre la pena. De suroeste a noroeste, el cielo era una banda roja, pesada y quieta, que evolucionaba hacia los primeros granates que luego serían de un púrpura ligero. El paisaje, liberado del dibujo que permiten las sombras, era una masa de contrastes carente de textura. Ver caer la nieve, arder un fuego, o las evoluciones del crepúsculo del día o de la noche, pensó, son algo que se comparte desde el silencio, como levantar la orografía de la espalda o hundirse en un beso. Abrazado a la tarde, dio una segunda calada al cigarrillo que acababa de encender; no estaba solo y la visita al museo iba a iniciarse. Apagó la colilla, guiñó un ojo al poniente y regresó al nosotros.