martes, 23 de diciembre de 2008

12/08

Antes de cambiar el taco de las hojas, al revisar las notas del ya pretérito almanaque, cabe decir que se ha ajustado al pulso de mi edad; he enterrado a algunos coetáneos, he alcanzado metas y no he llegado a costas que parecían próximas. El año ha evidenciado que los pocos amigos son muy grandes y que los conocidos tienden a diluirse, en la insulsa salsa de la intranscendencia; mejor así.
Harto de habillamientos, valoro el peso específico de quienes son lo que dicen que son y huyo, consciente, del contorneo de las canéforas en el horuelo y del blableo del sabio de salón. He aprendido a atravesar los hormazos con las botas bien atadas y a distinguir entre precio y valor; ya sólo compro lo que puedo pagar y merece la pena afrontar su cuidado.
Digo adiós a aquellos que ya han sido y estrecho con fuerza a los que siguen siendo.
Voy por libre para aprender a serlo; la misantropía enseña a amar sin límites a pocos y a respetar, de lejos, los mundos ajenos que no pueden obrar en mi emoción.

Otro año más; complejo privilegio.