sábado, 6 de diciembre de 2008

A mares.

No estaba bien, estaba a mil jodidas vidas de estar bien; sabía por experiencia, que a veces esto pasa. De cuando en vez se nubla la existencia y llueve a mares sobre la tierra, elemental, del día a día; no queda otra que apretar los dientes, dejar que alma se empape hasta aterirse y esperar a que escampe. No eran suyas las nubes, eso sumaba al frío inevitable, la sensación de no haberse merecido la tormenta; éste dolor injusto era sordo y tenaz.
Desnudo bajo la tromba, trataba de entender de qué barro están hechos los otros y si los mundos a la venta por los treinta denarios valían una amistad que no atendía a precios; era evidente que la mejor respuesta caía a jarros desde la vertical, apretó más los dientes y decidió que no siempre resulta comprensible la gente que habrá de morir un día diferente a aquel que será el propio.
Con el lodo llegando a las rodillas, buscó cobijo en los rostros a prueba de granizo que le había acercado la vida y en los seres que habían completado los huecos en su muro, para hacerlo crecer; eran un luminoso rosario de gente excepcional, de hombres y mujeres especiales, un inmenso abanico que cubría, pala a pala, todas las áreas del conocimiento necesario para aproar las olas de una vida intensa afrontada en altamar. Rostro a rostro, mundo a mundo, ser a ser, agradeció consuelos y enseñanzas, colores y humedades, versos y prosas, sentencias y aforismos; nombre a nombre, año a año, ciudad a ciudad, iba pudiendo más aquel viento en las velas que lastre de traiciones diminutas y de seres pequeños. Un foco de calor brotó en su vientre.
No estaba bien, estaba a cien jodidas vidas de estar bien, pero con la requerida luz para afrontarlo; cerraré los ojos, pensó, aguantaré la cortina de lluvia y cuando escampe, sabré que ya habrá sido.