
Todos tenían claro que habría de ser al alba, los treinta de fuera podían permitirse esperar unas horas, la noche no era dura; los tres de dentro sabían que de cualquier manera iban a morir. Hacerlo empuñando las armas o con las manos atadas a la espalda, era la única variable y, puestos a elegir, la primera opción podría aligerar las filas enemigas en algún guardia civil y ello la hacía más apetecible. Los tres de dentro estaban sucios, hambrientos y tranquilos, se habían vuelto a dar por muertos el mismo día que se integraron en la Agrupación Guerrillera Ibérica, A.G.I.; pasar a estarlo no parecía tenerlos preocupados. Los tres de dentro eran muertos vivientes, llevaban a la espalda toda la guerra civil española, la segunda guerra mundial y cinco años y medio de incontrita resistencia al régimen de Franco; llevaban muertos más de diez años, aunque llegaban retrasados a esa cita. Los tres de dentro eran curtidos veteranos, ninguno llegaba a los cuarenta y habían pasado media vida apostados en horacos y trincheras, por propia voluntad. Los tres de dentro eran Marcelo y Tasio, jóvenes anarquistas de Arguedas, que el 18 de julio huyeron de Navarra para defender la República, a Barcelona, el otro, Heinrich, era un bávaro de Dachau, un joven periodista que en el verano del 36 había acudido a cubrir las olimpiadas populares a la capital de Catalunya, y que, desde el primer día del golpe de estado, se había unido a otros extranjeros para tomar las armas; en aquel entonces unía más una causa que cualquier bandera. Los tres de dentro se conocieron apostados tras la misma barricada, enfrente del Hotel Colón y desde entonces se cubrieron las espaldas en la tarea inconcusa de cortar el paso al fascismo.
Los treinta de fuera pusieron una sólida guardia rodeando la casona; los que estaban libres de servicio, fumaban a resguardo de cualquier trayectoria y esperaban la hora del rancho. Los tres de dentro llevaban dos días sin probar bocado, desde la refriega en que el grupo principal se fraccionó tras el encontronazo entre la partida y las patrullas; algún pastor se habría ido de la boca y les había echado encima a la guardia civil, que de momento, se había llevado la peor parte.
Los de fuera y los de dentro sabían que la casona era infranqueable sin más luz que la de una luna casi llena; los de fuera quedarían expuestos a la eficacia de las Sten de los de dentro, que con los cargadores rectos de 32 balas de 9 mm, podían causar un verdadero desastre en manos tan expertas. Sería al alba, los treinta de fuera podrían vomitar una cortina de fuego con las MP-40 y los naranjeros, neutralizar la ventaja de los tres de dentro, parapetados en las ventanas, hacer avanzar a una patrulla con razonable seguridad y luego tomar la puerta; habría bajas, tres eran seguras.
La casona era una mezcla de fortín y palacete de señoritos, hijos de labradores ricos, que lo habían cerrado hasta que el maquis dejara de ser una amenaza para la derecha de la zona; podían esperar en la comodidad del piso en Zaragoza a que la guardia civil limpiara la sierra de Teruel. Marcelo y Tasio vigilaban la única salida, mientras Heinrich revisaba cada habitación, con la linterna en la mano izquierda y la Sten en la derecha. En la segunda planta, al llegar a un amplio salón del que los dueños ya habían sacado casi todos los muebles, la luz de la linterna revivió el bulto inconfundible de un piano cuidadosamente tapado por unas sábanas; era evidente que los señoritos habían desistido de bajarlo a la ciudad y quedó allí, varado en medio de la habitación. Al retirar los lienzos, la cuchilla de luz se reflejo en la perfecta laca negra de un Bösendorfer de gran cola; de pie, en silencio, sintió como la humedad desbordaba sus ojos. Pese a una vida de riesgos y de pérdidas, de dolor y combates, no había llorado desde que supo que toda su familia había muerto en la tormenta de fuego de Dresde, en febrero del 45, casi acabada la guerra; se habían desplazado a casa de la abuela desde Dachau, en la imposible búsqueda de un espacio seguro. Bertha, la madre de su padre, inició a un Heinrich niño, en las poderosas combinaciones que dormían entre las 97 teclas de su Bösendorfer 290 Imperial; a los diez y seis años ya era un pianista virtuoso al que importaba más la lucha de clases que las Variaciones Goldberg, que había logrado someter.
Levantó y armó con cuidado la tapa superior, recorrió con la mano todo el contorno del mueble; la madera de la caja de resonancia trasmitía frescura y belleza. Alzó la tapa del teclado y la bufanda de terciopelo verde, ajustó la altura de la banqueta y extrajo, sin comprobar la afinación, de entre las 52 teclas blancas y 36 negras, los primeros compases de la sonata Nº 14 en Do sostenido menor, Claro de Luna, Opus 27 Nº 2 de L. Van Beethoven; los de fuera y los de dentro se quedaron clavados en su sitio, como si el pianissimo del movimiento los desnudara de su realidad de soldados, como si en esa noche nadie pudiera tener enemigos. Durante cuatro horas Heindrich recorrió las siete octavas y la tercera menor de aquél magnífico Bösendorfer, del que obtuvo a Brahms, a Listz, a Bach, a Chopin y durante esas cuatro horas, los de fuera y los de dentro se recogieron en el íntimo territorio de los callados pensamientos y del tabaco de liar, esperando que el alba se demorara, porque entre los de fuera y los dentro había hombres a punto de morir.
Antes de clarear, Heindrich abandonó la redondez exquisita de los clásicos y espoleó a los propios y ajenos con los compases de la música gemela y letras divergentes, del Ich hatt' einen kameraden, que los brigadistas alemanes cantaban en honor a Hans Beimler y los golpistas y los voluntarios de la Cóndor, a mayor gloria propia, si, era la misma música y dos letras opuestas. Los tres de dentro cantaban en alemán y los treinta de fuera en español
Vor Madrid in Schutzengraben Yo tenía un camarada
In der Stunde der Gefahr ¡Entre todos el mejor!
Mit der eisernen Brigaden Siempre juntos caminábamos,
Sein Herz voll Hass geladen Siempre juntos avanzábamos,
Stand Hans, der Kommissar Al redoble del tambor.
Stand Hans, der Kommissar
Seine Heimat musst er lassen Una bala compañero,
Weil er Freiheitskampfer war, ¿Va por ti o va por mi?
Auf Spaniens blut'gen Strassen A mis pies cayó herido
Fur das recht der armen Klassen El amigo más querido
Starb Hans, der Komissar (2x) Y en su faz la muerte vi.
Eine kugel kam geflogen Él me quiso dar la mano,
Aus der "heimat" fur ihn her, Mientras yo el fusil cargué.
Der Schuss war gut erwogen Yo le quise dar la mía
Der Lauf war gut gezogen, Y en su rostro se leía:
Ein deutsches Scheissgewehr (2x) ¡Por España moriré!
Kann dir die Hand draug geben ¡Gloria, gloria!
Derweil ich eben lad ¡Gloria y victoria!
Du bleibst in unserm Leben, Con el cuerpo y con el alma,
Dem feind wird nicht vergeben Con las armas en la mano,
Hans Beimler, Kamerad (2x) Por la Patria.
Hacia las ocho y media de la mañana acabó la refriega, para entonces nueve hombres habían dejado la vida y otros cinco estaban heridos. Tasio murió defendiendo la única puerta y Marcelo en el rellano de la escalera; la metralla de granada que acabó con Hendrich reventó también el Bösendorfer, del que sólo quedó reconocible el bastidor, la maraña de cuerdas y docenas de macillos esparcidos por el suelo.
Los tres de dentro fueron enterrados en la parte civil del cementerio de un pueblo cercano, en el zarzal sin consagrar reservado a los apóstatas, los cómicos, las putas y los suicidas; sus tumbas no fueron marcadas, ni sus nombres entregados a la memoria de una lápida. Las maderas de abeto, peral y tilo del Bösendorfer acortaron el invierno desde la chimenea, el marco acabó en el gallinero; los dueños sólo mostraron interés por las láminas de marfil que antes cubrieron las teclas blancas.