viernes, 5 de diciembre de 2008

S.V.R.

Somos, pensó, de esa gente curtida en la largura de las horas, en la soledad aceptada de tardes y de noches veladas en el silencio de un yo, que aún sabe andar sobre las aguas o caminar sobre el fuego. Mantenemos en nosotros el espíritu del camello, que bebe cuando puede pero que camina siempre. Pensaba en ello con la libertad que permite no portar equipajes ni tener que ceñirse a un plan, a un modelo, a ningún movimiento compartido. Sin otra luz que la brasa roja del cigarro y la que trasmitía el cono del incienso bajo un manto de ceniza, recuperó de los pliegues del cerebro, imágenes y olores, timbres de voz, texturas, sonrisas y miradas que en algún momento brotaron para él; lo hizo con la renuncia expresa de ordenarlas, de intentar descifrarlas, de tratar de entenderlas. Acunado por los cálidos rescoldos de la vida apuró el tequila, apagó el cigarro con los ojos cerrados y corrigió la deriva de la manta sobre el vientre, por la ventana abierta entraba la grata noche fría y salía el excedente de humo de Nag Champa y Ducados; mantener el delicado equilibrio que burla al detector del techo, es una habilidad que desarrollan los fumadores en las habitaciones de hotel, que prohíben el consumo de tabaco a quienes permiten el porno pay per view y el alcohol, en dosis-botellita.
Desde un punto de vista vital, pensó, él no era un segador, de esos que rebajan 50 cm. la altura del paisaje con una hoz o a golpe de guadaña y recogen cosechas y roturan las tierras y escudriñan los cielos buscando la lluvia o temiendo el pedrisco, no, él no era un hombre sedentario; como todo nómada recolectaba las bayas y las setas en las lindes del camino y bebía del río en las palmas de las manos.
La noche y las imágenes cosidas a la noche; otros ojos besaban los suyos y acunaban su sueño incipiente, lejana aun el alba.