No recuerdo cuando empecé a ejercitar la duda, pero es casi tan vieja como mi tiempo. En un principio eran dudas menores pero que en mi niñez cobraban dimensiones trascendentes ¿van al Cielo los peces?, ¿llevan coronilla las monjas bajo la toca?, ¿cuándo sea como mi padre, dejaré de temer la oscura longitud de cada noche?El contacto con los códigos del alfabeto y con las clases de mi primer colegio, cualificaron los espacios sin respuestas; despreocupado de los riesgos de ser devorado por los saurios que antes habitaban el desagüe de la bañera, me instalé en los ¿cómo se reproduce el gusano de la conciencia? o el ¿por qué el triángulo blanco que se podía intuir, donde se unen los muslos bajo una falda, producía violentos cambios en porciones concretas de mi anatomía? Fueron muchos los momentos en los que sospeché, que subir escalones tan solo aumentaba la intensidad del vértigo.
Mi adolescencia, tenía 13 en el 68, fue mecida por Hesse y por Vian, por Whitman y Felipe, por Uccello y Van Goch, por Hölderlin, De Quincy, Borges y Welles, por la mano izquierda de Hendrix, las hortensias de Casadios, los 113 gramos de las latas de Twinnigs y por la rotunda imposibilidad de habitar las certezas. Así ha sido desde entonces; vivir para esquejar la duda y cultivarla.
Saber que no podré saberte, excede a mi nihilismo.