domingo, 12 de abril de 2009

16/2

En el anaquel, el humo azulado de unos conos de incienso, perfuma el dolor sordo de lo irremediable. Arden en tu memoria y elevan volutas densas por la vertical de mi vacío, en la torpe ceremonia de ahumar recuerdos, de mantenerte en mí, de aliviar la certeza del ateo que sabe que no podremos volver a abrazarnos, nunca.

5.843 días, dieciséis años, de aquella forzosa separación que impuso tu muerte; hay espacios en mí donde solo florece la nada, eternos barbechos que ya nadie cultiva, árida geografía donde el desierto crece y la sonrisa mengua. Aquella, nuestra sonrisa de epicúreos descreídos, de hedonistas en mundos a escala reducida, confortable y suficiente; de nosotros y los otros.

Ahora, roto ya el vidrio en la ventana, la atmósfera de fuera penetra las estancias y oxida los colores que usamos para pintar los frescos; tú y yo no buscamos la protección de los barnices por que nunca creímos en la capa final, en la obra acabada o en los puntos y aparte.

16 de febrero; vas por delante, yo sigo ciego.