jueves, 23 de julio de 2009

La Egoyomaquia

Las ciudades-estado de esta tierra sabia, han hecho de la arquitectura la inmensa ciencia y la patria del arte. Nuestros templos y palacios elevan al hombre a la altura que los Dioses les han deparado. Desde la niñez, primero las matronas y luego los liceos, enseñan a cultivar el asombro y el respeto por las piedras solemnes que son el emblema común. En los tiempos recientes, execrables criminales han amenazado la integridad del legado de las generaciones con su absoluto desdén a nuestra herencia; avergüenza confesar que no son de bárbara procedencia, nacidos en remotos confines, sino que habitan entre nosotros porque entre nosotros los parieron sus madres.
Su personalidad endeble les obliga al egostismo, gravando sobre los sagrados sillares, incompresibles pseudónimos bajo los que ocultan el nombre de sus familias; en los fustes de columnas del peristilo, en las paredes del templo, incluso en las lápidas que honran a los que cayeron por preservarnos, la impía marca de sus punzones nos hieren a todos.
No hay en su conducta remotas enseñanzas aun no desveladas o profundos significados que no somos capaces de intuir, incluso en la severa Esparta, la trasgresión orientada al crecimiento de los ciudadanos puede ser tomada en consideración; no, tras las escarificación del mármol venerable solo se oculta el ego de seres diminutos y cobardes, que creen que su yo vale más que el nosotros y son el pródromo de una peste fatal. En esta guerra todos somos hoplitas, contra los egoyomantes, cada ciudadano formará en la falange porque la memoria del Peloponeso está por encima de cualquier arrogancia.

Optalidón o los físicos ágrafos.

Cuando el rigor de la canícula abrasa la epidermis o el invierno agarrota la garganta, es tiempo de acudir al físico y de atender sus remedios. Tan sencilla y eficaz solución, es puesta en riesgo por la legión de vecinos y conocidos que ejercen la ciencia de Esculapio con afición y vehemencia. Si el paciente no logra disimular su estado, si un cambio de la color delata en el ágora su salud comprometida, la estirpe optalidónica lo hará suyo y el enfermo bajará al Averno. Ajenos a los principios del fisicalismo, el indefenso paciente será sometido a remedios extraordinarios que la ciencia aun ignora; orines de yegua para cortar las fiebres, guardar bajo la almohada una alcachofa para evitar la apnea, ingerir ojos de carpa para soltar el vientre, aplicar en la nuca chicharrones para aliviar los dolores menstruales; su farmacopea rebosa de extensos tratamientos, capaces todos de convertir a la propia Deidamía en triste ruina humana. Algunos ciudadanos desafortunados han sufrido la agonía de ser diagnosticado por varios de ellos a la vez y ser expuesto a la concatenación de los distintos remedios; tal vez los Dioses también precisen de acudir al sueño o sea cierto que hay quien nace desprovisto de elemental fortuna.
Los excesos de nuestra democracia impiden la lapidación de cualquier homicida que actuara movido por su buena voluntad; en ello encuentran amparo y nosotros absoluta indefensión. Esperamos de la República que corrija las leyes y que no falten piedras que llevarse a la mano.


Los Sentauros

Son seres mitad humano y mitad silla. Habitan las templadas regiones del sur, donde moran en grupo a la sombra de acacias e higueras. Dedican sus jornadas al examen profundo de asuntos numerosos, los Sentauros hacen exhaustivos seguimientos de los políticos de la República y de los éxitos de los atletas en los estadios; paladean el elegante paso de cualquier mujer y componen para ellas audaces rimas, no exentas de cierta picardía; trasiegan con ritmo alegre añosos vinos y frutos de la mar, tras lo cual se abandonan a largos periodos de silencio en que se diría que permanecen dormidos. Las Sentáurides prefieren dedicar su devoción a las fluctuaciones del afecto entre la aristocracia; a los cambios de fortuna de las gentes más célebres; a vigilar el celibato de las Vestales y a marcar los criterios que regirán el largo de las togas, ya que como es justa fama, están versadas en cualquiera de las materias; gustan de mantener una rítmica ingesta de rosquillas y hojaldres, hechos en casa y con productos que no pueden engordar; pese ello algunas llegan adquirir el volumen principal de una mesa camilla.
Sentauros y Sentáurides son apacibles y generosos, gustan de prestar ayuda al viajero y compartir sus alimentos con quien de ellos tenga necesidad, por lo que son amados de los Dioses.

Faetitas, aurigas del prodigio.

En los tiempos de Aquiles, los peligros mayores de las calzadas eran los que podían deparar infrecuentes bandidos o algún Titán eufórico por la ingesta de vino; aquella era de paz ha sucumbido bajo el estruendo de las bigas, las trigas y las cuadrigas, cuya temeridad impide que el polvo vuelva posarse manso sobre las piedras.
Los Faetitas son jóvenes aprendices de oficios con gran demanda: finos marmolistas, curtidores de pieles, alfareros, cortadores de teselas, mozos de cuadra; todos llenos de vida y dispuestos a apurarla de un sorbo, ya que a todos les une el morar en lo extremo. Lejos de atarse a la rutina de fundar casa y familia, dedican casi todos sus emolumentos a la compra y ulterior trasformación de un carro cualquiera en un meteoro digno del pasmo y de la admiración. Un Faetita es, por encima de todo, un modificador experto, un visionario: mitad mago, mitad herrero y siempre genio. Ellos mismos forjan las tremendas herraduras que anunciarán a leguas su llegada y ejecutan e instalan los utillajes del amejoramiento: bridas de Persia, más ligeras y firmes; ruedas egipcias de cuatro radios; pértigo de duras maderas que se cortan en el oriente; eje forjado en Damasco; pintado en sucesivas capas con pigmentos hititas y, sobre todo, con el espacio requerido para el tañimiento de buccina y de cornu, ya que escuchar vigorosas melodías mientras se levantan estelas de polvo, alegra el alma del penígero auriga.
Los Faetitas suelen ser gregarios y buscan de la mutua compañía, frecuentemente se concentran en gran número y admiran unos de otros la finura del oficio y la eficacia de las transformaciones. Los ciudadanos menos propensos a cualquiera de los excesos, suelen tener adversas opiniones sobre la belleza de los carros y la destreza de sus conductores; algunas matronas tienden a manifestar su pena por las voces del tiro de caballos, que sobrealimentados con piensos de gran energía, lejos de relinchar con gracejo rugen como alimañas. Los gerontes, avezados en el estruendo de la guerras, suelen referirse a ellos con la expresión “la hetaira que los parió”


lunes, 13 de julio de 2009

Los Botellontes

Nada en la naturaleza de los dioses carece de sentido, acaso tenga tantos que estos queden velados para los impíos y los inexpertos, que tienden a confundir el culto con la liturgia. Tal es el caso de los Botellontes cuya acumulación y granjerías, mal imitan las formas de los cultos mistéricos de Dioniso y entristecen el corazón de las Ménades y las Basárides, que moran el fondo. Hordas pubescentes de liviana faltriquera y limitada resignación, se reúnen en ágoras y vías públicas donde trasiegan la fermentación de la uva y de los cereales en cantidad ingente y en tiempo breve; adquieren sus provisiones allá donde el precio es menor sin atender a rituales y ceremonias. Hormónidas y Gominautas, alumnos de los distintos liceos, libertos fuera de servicio, doncellas, matronas y tropa de las milicias, confluyen en la liturgia de alterarse y confiar en posibles himenos, frecuentemente escasos. Machos dominantes y hembras dominables compiten en la originalidad de impedimentas y contorneos entre la vociferación y las estridencias, que tanto lamentan los cansados ciudadanos de la República que buscan el alivio en el sueño. El objeto de tan extendida práctica no es escalar en los peldaños de la conciencia, sino perderla para limitar el temor que les produce regresar solos a casa, sin otras manchas sobre la túnica que la del vino malo y mal bebido.
El camaleón que imita los colores de la rama no expele los aromas de sus hojas; ello es tan simple como cierto. Del complejo Panteón Heleno, pocos dioses han sido tan necesarios como Dioniso, a quien debemos los hombres la Liberación de la conciencia, la rotura de las tediosas normas y el amor por las higueras.

domingo, 12 de julio de 2009

Valparaíso I

Una noche es espacio demasiado breve para quienes trasladan al planisferio, los cuerpos que contiene la bóveda celeste; para otros es toda una vida. Los años han sosegado las alteraciones en los perfiles que provoca la evaporación del tiempo, aunque el corazón de mis recuerdos, que creo ahora libre de espejismos, puede que sea el mayor de todos.
En Valparaíso, los Andes se precipitan sobre el Pacífico y esa líquida frontera, telúrica y marina, sosiega el alma de los que logran doblar el cabo de Hornos, con la explosión de color de las fachadas y la firmeza de una tierra sólida y amable.
Llegué entrada la noche, la casa era amplia o, al menos, complicada. La habitación más grande albergaba a una decena de personas diferentemente eufonizadas por el alcohol; yo había batido en el Cinzano alguna de mis mejores marcas en el ya clásico intento de viajar al otro lado del espejo. Había tenido un par de altercados en la barra de un local y, por alguna abstracta razón, perdido un zapato. El exceso de bebida no me impedía disfrutar de la mar, que se recortaba en los rectángulos de cada ventana; estaba cansado y no tenía sueño; decliné las copas que me iban acercando y me centré en buscar un espacio donde la música se desdibujara y las bombillas no dolieran mis ojos. Hallé una habitación, una especie de estudio, con leves notas de óleo y trementina, dos inmensas ventanas abiertas a las olas y por donde entraba toda la luz de la noche, curiosa mezcla de algo luna y de una farola con lámpara de sodio. En una esquina, había una cama turca centenaria y una mesa camilla cubierta con una pieza de cretona; definitivamente iba ser mi habitación, trasmitía la serena paz de lo que está en desuso.
En ese incómodo territorio en que la borrachera se transforma en resaca, pensaba en ella de modo intermitente: pantalón marrón tabaco de pana, camisa negro humo, echarpe gris marengo, zapatos oscuros de tacón bajo, pelo largo, rizado, con bastante volumen, ojos marrón-verdoso y boca de mujer-mujer. Como tantas veces, volvía a preguntarme por qué grababa siempre la ropa en mis recuerdos cuando la tarima, que había estado trasladando los movimientos de los que bailaban en el salón, crujió a mis espaldas; antes de poder sobresaltarme vi su reflejo en la ventana. Le dije - cuida de mí esta noche -. Respondió – vine aquí hacerlo y lo sabes, déjate llevar -

Lieo, Liber Pater.

Los dos tenían compromisos libremente aceptados, tal vez por eso eran tan ajenos a cualquier atadura. Los dos llevaban media vida regresando a casa por propia voluntad, por el íntimo convencimiento de que querían hacerlo. Los dos sabían de quien habrían de recibir el último beso; no tenían previsto que fuera el uno del otro, por eso se abrazaban con el legítimo deseo de quienes saben que en las normas no habita la vida y que las excepciones vivifican el espíritu y componen los arpegios de la magia. Era de noche, sin haberlo buscado. Sobre la inmensa cama de un hotel aceptable, la boca no vagaba errática sobre la piel caliente, sino que se habría paso con la gulosidad de los que apuran el vaso con decidido deleite. Hadar las horas lentas con cada huella de los labios abiertos. Era la primera vez y estaba fuera de lugar pensar si habría otras. No ocurrió nada que el sol o la luna no hubieran presenciado, ni un solo poro de aquello escapó a las notas más altas de la perfecta intensidad. Al alba, enriquecidos por los rincones profundos de la existencia, volvieron a la boca del metro y a los límites que forja la cotidianidad, no la rutina.

sábado, 11 de julio de 2009

3:20

En los caminos de las ocho extremidades,
las luces de la noche y de la aurora.
La anónima estatura de la vida que late
del vidrio del balcón hasta tu almohada.

Las Hormónidas o las turbas vociferantes.

Cuando Cronos reinaba en los cielos, los Inmortales crearon la primera raza de hombres, y éstos eran de oro y de luz; a ellos siguieron los hombres de plata, y tras ellos, Zeus, creó a la tercera raza, que fue de bronce. La cuarta, que ascendió numerosos peldaños, fue la de los Héroes y Semidioses que alumbraron la épica, cuyos supervivientes siguen establecidos en la paz inalcanzable de las islas de los Bienaventurados. La quinta raza era solo de hierro y a ellos se les dio a sufrir todas las penas del día y de la noche. En el transcurso de los ciclos, la gleba nutridota alumbró los pálidos despojos que hoy transitan los mundos; las Hormónidas prosperan y los desiertos se dilatan.
Son de naturaleza femenina y edad breve, pueden pertenecer a cualquiera de las razas y habitar toda latitud; de niñas no siempre presentan signos de su ulterior trasformación.
Al llegar a la edad de su primera fertilidad, las Hormónidas mutan hacia las formas de la exageración; gustan de cuanto aquello ayude a hacerlas perceptibles y aborrecen de las artes y de la elaboración de todo juicio lógico. Tienden a vestir túnicas notablemente más justas que las que aconsejan sus contornos, sin importarles ofrecer a los peregrinos el agobio que acompaña a los ombligos longitudinales y los pliegues en cascada ceñida. Precisan de tal variedad de paños que descuidan la calidad de los lienzos y del cuidado ejercicio de las combinaciones. Su calzado y las formas de sus peinados abundan en las banderas de la propia identidad, aunque cuando caminan juntas parecen vestir todas la ropa del mismo liceo. Su arrogante timidez y su experta inexperiencia, les lleva a formar sólidos grupos y a desplazarse en tropel, todas diferentemente iguales y llamativas; es entonces cuando desarrollan la inquietante costumbre de elevar el tono de su voz, hasta que los lejanos leñadores pueden escuchar su profundo discurso; éste suele versar en los machos de su especie y en la proximidad de llenar los huecos con las protuberancias.
Los varones de este linaje, conocidos como Gominautas por los ungüentos que utilizan para empuntar sus cuidadosamente revueltos cabellos, gustan de entintar sus cuerpos con dibujos tribales y cultivar la musculatura con exageración; sienten un pavor ancestral a todo aquello que resulte pequeño, especialmente el tamaño y grosor del situado bajo el ónfalos, órgano motor del pensamiento.
Hormónidas y Gominautas están convencidos de ser el eje del universo y de que todo aquello que precisan, debe ser inmediatamente provisto por sus progenitores, que nunca les inquirieron sobre si deseaban ser alumbrados.

Los Salílidos

El dios griego Falomorfo y la diosa romana Cultura Nulla, alumbraron la estirpe infinita de los Salílidos, que bajaron al hombre al metal hierro. Estos infraseres, se caracterizan porque cuando intentan desarrollar cualquier estímulo intelectual, su cerebro secreta la visión de una enorme vagina, en cuyos pliegues sabios, naufragan sin hallar solución. Ellos se creen dotados del poder de atravesar la opacidad de los vestidos y visualizar las desnudas carnes de las mujeres, actividad a cuyo desempeño acompaña ingentes cantidades de babas y la emisión de procacidades. Son de naturaleza umbrática, ya que precisan del anonimato que otorga el corifeo para la impunidad de la humillación. Confunden siempre el valor con el precio y la crueldad con el ingenio. Los Salílidos consideran hetáiras a todas la mujeres menos a su madre y sus hermanas, gustan de describir los lances de apareamiento con profusos detalles sobre la anatomía y las identidades e importunan a cualquier mujer solo por ser mujer. La Muerte, devota hija de la Noche, aun no ha redimido los mundos con su completa aniquilación.

Los seres Especulares

Nacidos en los periodos de bonanza en los ciclos de los hombres de hierro, aborrecen tanto del esfuerzo como del anonimato. De naturaleza amistosa y artera, ejercitan por norma la suplantación de cuanto valora el grupo en el que se incrustan. Maquillan su insipiencia con prodigiosa locuacidad y dominan el arte de la calculada indefensión, donde otro cambiará la herradura de su montura o proveerá el aceite para su lámpara, sin que quien realiza la labor la sienta como ajena o innecesaria.
Los seres Especulares prosperan sin aportar y crecen enroscados al árbol que se eleva. Su sabio desconocimiento les lleva a profesar con devoción el atajo y ello les priva de la sabiduría que contiene el camino y de la profundidad que otorgan las jornadas de marcha. Reflejan la luz que otros emiten y tienden a venderla como propia; Laoconte los comparó con el caballo que arruinó el esplendor de Troya y observó el fenómeno que permite detectarlos: sea cual sea el líquido en que los sumerjan, flotan siempre.

Las Tapónidas

Son criaturas cuya génesis permanece en la región oscura de lo ignoto; los eruditos que han ensayado las líneas posibles de sus ancestros, no han podido presentar ninguna prueba concluyente. Su capacidad martirizante pudiera situar su nacimiento en alguno de los infiernos menores; ello es también una especulación.
De escasa estatura y cuerpo de mujer de edad mediana, las Tapónidas suelen medir tres veces el ancho de sus formidables caderas, tener pechos más prominentes que los que sujeta su elemental musculatura, pantorrillas como los bíceps de Hércules y el cabello de inusuales colores, corto, ahuecado e impedido de cualquier movimiento; tienden pintar sus párpados superiores y los labios con coloridas materias grasas que les dan un aspecto temible. Son en extremo irritables y de naturaleza desconsiderada; son propensas a no respetar el orden en los mercados, burlar la paciente espera de los buenos ciudadanos y establecer monólogos inacabables con los comerciantes, hasta colapsar el ritmo de los suministros y poner en peligro la paz de las sociedades. Se consideran profundas conocedoras de cualquier materia y tienen una opinión para todo fenómeno. Intolerantes y vengativas, emiten juicios sin la menor misericordia y establecen sentencias sin ninguna piedad. Un tropel de Tapónidas es más temible que una densa nube de langostas sobre mieses granadas.
La arquera Artemis, que hubo singular combate con una de ellas, previno a Apolo de los riesgos en la célebre sentencia que recogiera un anónimo testigo “Hermano mío, si tu camino cierran los dioses con una Tapónida, recuerda que es más rápido saltarla que darle la vuelta; pide antes de nuestro padre, Zeus, especial protección