sábado, 11 de julio de 2009

Las Hormónidas o las turbas vociferantes.

Cuando Cronos reinaba en los cielos, los Inmortales crearon la primera raza de hombres, y éstos eran de oro y de luz; a ellos siguieron los hombres de plata, y tras ellos, Zeus, creó a la tercera raza, que fue de bronce. La cuarta, que ascendió numerosos peldaños, fue la de los Héroes y Semidioses que alumbraron la épica, cuyos supervivientes siguen establecidos en la paz inalcanzable de las islas de los Bienaventurados. La quinta raza era solo de hierro y a ellos se les dio a sufrir todas las penas del día y de la noche. En el transcurso de los ciclos, la gleba nutridota alumbró los pálidos despojos que hoy transitan los mundos; las Hormónidas prosperan y los desiertos se dilatan.
Son de naturaleza femenina y edad breve, pueden pertenecer a cualquiera de las razas y habitar toda latitud; de niñas no siempre presentan signos de su ulterior trasformación.
Al llegar a la edad de su primera fertilidad, las Hormónidas mutan hacia las formas de la exageración; gustan de cuanto aquello ayude a hacerlas perceptibles y aborrecen de las artes y de la elaboración de todo juicio lógico. Tienden a vestir túnicas notablemente más justas que las que aconsejan sus contornos, sin importarles ofrecer a los peregrinos el agobio que acompaña a los ombligos longitudinales y los pliegues en cascada ceñida. Precisan de tal variedad de paños que descuidan la calidad de los lienzos y del cuidado ejercicio de las combinaciones. Su calzado y las formas de sus peinados abundan en las banderas de la propia identidad, aunque cuando caminan juntas parecen vestir todas la ropa del mismo liceo. Su arrogante timidez y su experta inexperiencia, les lleva a formar sólidos grupos y a desplazarse en tropel, todas diferentemente iguales y llamativas; es entonces cuando desarrollan la inquietante costumbre de elevar el tono de su voz, hasta que los lejanos leñadores pueden escuchar su profundo discurso; éste suele versar en los machos de su especie y en la proximidad de llenar los huecos con las protuberancias.
Los varones de este linaje, conocidos como Gominautas por los ungüentos que utilizan para empuntar sus cuidadosamente revueltos cabellos, gustan de entintar sus cuerpos con dibujos tribales y cultivar la musculatura con exageración; sienten un pavor ancestral a todo aquello que resulte pequeño, especialmente el tamaño y grosor del situado bajo el ónfalos, órgano motor del pensamiento.
Hormónidas y Gominautas están convencidos de ser el eje del universo y de que todo aquello que precisan, debe ser inmediatamente provisto por sus progenitores, que nunca les inquirieron sobre si deseaban ser alumbrados.