Los dos tenían compromisos libremente aceptados, tal vez por eso eran tan ajenos a cualquier atadura. Los dos llevaban media vida regresando a casa por propia voluntad, por el íntimo convencimiento de que querían hacerlo. Los dos sabían de quien habrían de recibir el último beso; no tenían previsto que fuera el uno del otro, por eso se abrazaban con el legítimo deseo de quienes saben que en las normas no habita la vida y que las excepciones vivifican el espíritu y componen los arpegios de la magia. Era de noche, sin haberlo buscado. Sobre la inmensa cama de un hotel aceptable, la boca no vagaba errática sobre la piel caliente, sino que se habría paso con la gulosidad de los que apuran el vaso con decidido deleite. Hadar las horas lentas con cada huella de los labios abiertos. Era la primera vez y estaba fuera de lugar pensar si habría otras. No ocurrió nada que el sol o la luna no hubieran presenciado, ni un solo poro de aquello escapó a las notas más altas de la perfecta intensidad. Al alba, enriquecidos por los rincones profundos de la existencia, volvieron a la boca del metro y a los límites que forja la cotidianidad, no la rutina.domingo, 12 de julio de 2009
Lieo, Liber Pater.
Los dos tenían compromisos libremente aceptados, tal vez por eso eran tan ajenos a cualquier atadura. Los dos llevaban media vida regresando a casa por propia voluntad, por el íntimo convencimiento de que querían hacerlo. Los dos sabían de quien habrían de recibir el último beso; no tenían previsto que fuera el uno del otro, por eso se abrazaban con el legítimo deseo de quienes saben que en las normas no habita la vida y que las excepciones vivifican el espíritu y componen los arpegios de la magia. Era de noche, sin haberlo buscado. Sobre la inmensa cama de un hotel aceptable, la boca no vagaba errática sobre la piel caliente, sino que se habría paso con la gulosidad de los que apuran el vaso con decidido deleite. Hadar las horas lentas con cada huella de los labios abiertos. Era la primera vez y estaba fuera de lugar pensar si habría otras. No ocurrió nada que el sol o la luna no hubieran presenciado, ni un solo poro de aquello escapó a las notas más altas de la perfecta intensidad. Al alba, enriquecidos por los rincones profundos de la existencia, volvieron a la boca del metro y a los límites que forja la cotidianidad, no la rutina.