domingo, 12 de julio de 2009

Valparaíso I

Una noche es espacio demasiado breve para quienes trasladan al planisferio, los cuerpos que contiene la bóveda celeste; para otros es toda una vida. Los años han sosegado las alteraciones en los perfiles que provoca la evaporación del tiempo, aunque el corazón de mis recuerdos, que creo ahora libre de espejismos, puede que sea el mayor de todos.
En Valparaíso, los Andes se precipitan sobre el Pacífico y esa líquida frontera, telúrica y marina, sosiega el alma de los que logran doblar el cabo de Hornos, con la explosión de color de las fachadas y la firmeza de una tierra sólida y amable.
Llegué entrada la noche, la casa era amplia o, al menos, complicada. La habitación más grande albergaba a una decena de personas diferentemente eufonizadas por el alcohol; yo había batido en el Cinzano alguna de mis mejores marcas en el ya clásico intento de viajar al otro lado del espejo. Había tenido un par de altercados en la barra de un local y, por alguna abstracta razón, perdido un zapato. El exceso de bebida no me impedía disfrutar de la mar, que se recortaba en los rectángulos de cada ventana; estaba cansado y no tenía sueño; decliné las copas que me iban acercando y me centré en buscar un espacio donde la música se desdibujara y las bombillas no dolieran mis ojos. Hallé una habitación, una especie de estudio, con leves notas de óleo y trementina, dos inmensas ventanas abiertas a las olas y por donde entraba toda la luz de la noche, curiosa mezcla de algo luna y de una farola con lámpara de sodio. En una esquina, había una cama turca centenaria y una mesa camilla cubierta con una pieza de cretona; definitivamente iba ser mi habitación, trasmitía la serena paz de lo que está en desuso.
En ese incómodo territorio en que la borrachera se transforma en resaca, pensaba en ella de modo intermitente: pantalón marrón tabaco de pana, camisa negro humo, echarpe gris marengo, zapatos oscuros de tacón bajo, pelo largo, rizado, con bastante volumen, ojos marrón-verdoso y boca de mujer-mujer. Como tantas veces, volvía a preguntarme por qué grababa siempre la ropa en mis recuerdos cuando la tarima, que había estado trasladando los movimientos de los que bailaban en el salón, crujió a mis espaldas; antes de poder sobresaltarme vi su reflejo en la ventana. Le dije - cuida de mí esta noche -. Respondió – vine aquí hacerlo y lo sabes, déjate llevar -