sábado, 18 de diciembre de 2010

Enrique Morente, donde quiera que estés

Sobre nuestro dolor, tu voz erguida;

nuestros quejidos, que acunó tu garganta

y mecieron tus palmas, no tendrán sonajero.

Mi mundo empobrecido ya te añora.


viernes, 26 de noviembre de 2010

Mercedes Benz

Uno es lo que ha vivido –pensó- lo que ocurre en tu vida se fija en el cerebro a fuerza de sonidos, luces, olores que cuando regresan te trasportan, como las cipselas del diente de león, a donde se mecen los recuerdos. Era consciente que debía tan trillada reflexión, al hecho de que desde la radio el God Book de Melanie sonaba entusiasmable.

Para casi todos, los setenta eran harapos lejanos arrojados al contenedor junto a los trajes con hombreras, el frasco del pachuli y el carné del partido comunista, pero para él eran como un buen par de esos zapatos ingleses que cuanto más viejos son, más cómodos se vuelven; decidió pasearlos.

Vivía rodeado de música. Generaciones de vinilos, casetes, cedés y emepetrés atesoraban los sueños de las Fender y de los Steinway and Sons, que habían ofrecido al aire algo más que cometas. Sacó, sin tener que buscarlo, el Pearl y dejó suelto el Mercedes Benz a 150 W RMS; Janis se instaló en las tres plantas de la casa.

Oh Lord, won´t you buy me a Mercedes Benz ?


My friends all drive Porsches, I must make amends,


Worked hard all my lifetime, no help from my friends,


So Lord, won´t you buy me a Mercedes Benz ?

Los vidrios del balcón, escasos de masilla, vibraban como la Harley de Jesús cuando le daba caña a su motor Ironhead; la gente, desde la calle, mezclaba la alarma y el desconcierto a partes iguales. Un “¿pero estás majara o qué?” de una mujer sensata, puso fin al muro de sonido de sus cuatro altavoces de tres vías. Para entonces el 1’ 46” de aquella capella habían sonado como la Joplin la grabara, de una sola vez, el 1 de octubre del 70. Un billete de caballo más potente que su callo de viajera reventó a Janis tres días más tarde.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Leandro, 1952-2010


Hoy he sabido, hermano, que has hallado la puerta oculta en los cantos del espejo; te has ido sin decir que te marchabas, sin hacerlo notar, sin aspavientos. Trataré de evitar el trasladarte a la amarga dulzura del recuerdo o dejar que se sequen tus latidos. Voy a echarte de menos.

Me viene grande el traje del vacío, el folio en blanco, la terca convicción de que no volveremos a hablar de nuestras cosas ni a levantar un vaso; quererte ha sido fácil, compañero.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Oh, Sister

Saber lo no sabía le causaba un orgullo legítimo, ya que ayudaba al trazado de metas y al establecimiento de la logística requerida para la búsqueda del conocimiento. Pocos objetivos resisten ser contrastados con aquello verdaderamente necesario; siendo sincero, pensó, la vida se te va en la insípida persecución de lo prescindible, de todo aquello que en realidad no necesitas, que te acaba aburriendo como un rompecabezas ya resuelto. Era tiempo de subir un peldaño y dejar atrás, sin despedirse, a quienes habían decido edificar en el estrecho escalón del que se iba. Adiós, colegas, sé que en el fondo no os echaré de menos; cerró esa puerta.

Desinstalar los enlaces en desuso resulta tan tedioso como inevitable, especialmente cuando la desconexión es civilizada y unidireccional, una de esas tareas que ya realizadas mejoran la arquitectura cotidiana; ello hace que valga la pena. Había decidido aplicar de manera militante el Principio de parsimonia a los anclajes de su mundo, no porque permitiera la verificación necesaria o el establecimiento de las grandes certezas, sino porque le resultaba suficiente y permitía ahorrar considerables caudales de un tiempo que ahora quería dedicarse. Ya no pretendía tener la razón, sino habitar la suya; había logrado disociarse de producir complacencia.

La ceremonia era como eliminar mediante larvas de mosca el tejido muerto en una herida abierta; más allá de consideraciones plásticas resultaba de todo punto eficaz. Recuerdos carentes de latido; manojos de llaves sin una puerta cierta; la lista de los libros que no habrán de devolverme; fechas que no trasladaré a otros calendarios. Vaya, vaya - se dijo - y parecía nada.

El espacio recuperado era valioso y estaba formidablemente vacío; producía esa euforia que nos lleva a mover todos los muebles para poder reconciliarnos con la vieja habitación. Volverá llenarse, pensó, pero seré más cuidadoso, o al menos más preciso. Cuando terminó de sacar brillo a la cera, abrió una botella de pinau noire de Castillo de Monjardín y puso una joyita de la Columbia Records del año 76, donde bajo el violín de Scarlet Rivera y los coros de Emmylou Harris estaban las estrofas:

…Time is an ocean but it ends at the shore

You may not see me tomorrow.

Oh, Sister Desire Bob Dylan

domingo, 12 de septiembre de 2010

Diablito

En la vuelta de una falda escocesa, en el espacio abierto bajo el discutible imperdible, caben todas las combinaciones, pensó, lugar adecuado para acortar las respuestas del examen o aumentar las dudas, todas, cuando no sabes si se juega de farol; en esa doble capa del paño, es donde uno se planta de rodillas y afronta los albures de una larga cambiada a porta gayola.

¡Ummmm!, suspiró, adoro los tartanes de viscosa, especialmente los Burberry de fondo negro y tres rayas blancas y grises, pensó; el verano, siempre tan ordinario, declinaba y en breve una razonable elegancia volvería a las calles, tomadas aun por tanta carnaza y axilas. El retorno de las Pléyades y el inicio de las noches con cierzo le llenaban de un infundado optimismo.

A la última botella de Diablito que se había traído de Oaxaca, le quedaba justo tres copas, así que decidió jubilarla en un aquí y ahora; se sirvió la primera y para acompañarla como se merecía un tequila tan excelente puso el “Esta vida” de Jorge Celedón a un volumen al límite de lo razonable.

Celedón y un trago serio y seco tienen el efecto secundario de poner en segundo plano cualquier otra cosa, al anular la capacidad intelectual de concatenar los juicio lógicos, pero otorga la ventaja de contener los resortes que liberan a la euforia, quid pro quo, sentenció y mientras seguía los compases con el pie unió su voz al coro que atacaba el estribillo.

Ay que bonita es esta vida

Aunque a veces duela tanto

Y a pesar de los pesares siempre hay alguien nos quiere

Siempre hay alguien que nos cuida

Aya yayay...que bonita es esta vida

Y aunque no sea para siempre

Si la vivo con mi gente

Es bonita hasta la muerte con aguardiente y tequila

viernes, 10 de septiembre de 2010

We shall overcome

James Karales (American, 1930–2002). Selma-to-Montgomery March for Voting Rights in 1965, 1965. Photographic print. Located in the James Karales Collection, Rare Book, Manuscript, and Special Collections Library, Duke University.

Photograph © Estate of James Karales

Siempre había pensado que era obra de Pete Seeger, exponente de ser humano, al que rindo culto en uno de los pocos altares que quedan en pie en mi descreído corazón; la Wikipedia me ha advertido de mi error. Según la entrada, fue Lucille Simmons, trabajadora de la American Tobacco Company la que en 1948 cantó durante un huelga una versión lenta del himno, haciendo uso del ritmo de otra canción; Zilphia Horton aprendió la canción y se la trasmitió a Pete, quien la hizo de todos.

Como a tantos y tantos que de los que nos atrincheramos en las barricadas de la protesta, el tema de Lucille fue siempre, como casi todo aquello que empieza con “nosotros”, algo que va más allá de una banda sonora para marchas. El mundo se divide en dos hemistiquios, nunca gemelos, los que buscan su sentido en las dificultades del “We” y los que se instalan sin complejos en la eficacia del “I”; del resultado de la eterna batalla depende de cuanto hay de concreto en el concepto abstracto de Felicidad. Que cada uno se mida su sombra.

Durante casi tres meses he tenido entre las manos un original del maravilloso registro Selma to Montgomery March for Voting Rights in 1965, de James Karales (1930-2002), obra maestra del uso del gran angular, de la fotografía en blanco y negro y de la determinación del nosotros, para abrirse camino y deslindar los límites que producen los ilegítimos intereses de los muy pocos, sobre la inabarcable legión de los muchos. Siempre he sostenido que una foto que requiere ser descrita, o ya no existe o es una chapuza; ello me obliga a eludir profundizar en consideraciones estéticas, pero no he sabido evitar abrir la búsqueda en Spotify® del abanico de versiones del We shall overcome. He elegido la del tercer bis con que cerró el concierto Bruce Springsteen en Dublin (17 de noviembre de 2006), no solo porque la voz del Boss mece las estrofas como ninguna, sino porque el acompañamiento al acordeón de Charlie Giordiano aporta una nota a bar con serrín y cabezas de gambas por el suelo, que me hace sentir en casa.

Shall we overcome? ¿Venceremos?, compleja pregunta al alba de un día donde un predicador, con el cerebro liso, pretende quemar el libro sagrado de los otros. Un día después de que 20.000 liberados sindicales desacrediten la esperanza de lo rojo, reducida ya a espesa salsa de las retribuciones y los despidos. La misma semana en que la errática órbita del Presidente desconcierta los florilegios de la astro-física con las imposibles combinaciones del y todos contentos. ¿Venceremos?, tal vez un día. No pude estar en la marcha de Selma (y hubiera querido) y no estaré en la 29-S (y podría); en la primera tenía diez años y en esta cincuenta y cinco, dos edades aptas solo para la magia.

Sea como fuere, desde la dulzura en que sestean los ideales y los recuerdos, te agradezco Lucille, aquel luminoso anillo que encerraba las viejas esperanzas.

We are not afraid, we are not afraid

we are not afraid, today.

Deep in my heart, I do believe,

We shall overcome some day.


jueves, 26 de agosto de 2010

1976 Normal Music (BMI)

La irrupción de Linda Ronstadt en los altavoces de la cafetería ha desactivado de raíz mi estructura pensante. La solidez del principio de causalidad nuevamente abollado por la demostración empírica de la teoría del caos; no lo he lamentado en absoluto. Desconozco un sistema dinámico tan sensible a mecerse en los cambios como el de mi cerebro, ni tan propenso a generar inmedibles variaciones ante estímulos mínimos.

Trataba con éxito de interpretar el paradigma crisis-patrimonio, hasta que los primeros compases a la guitarra de doce cuerdas del “Lo siento mi vida” han caído sobre mi cabeza desde el hilo musical y la falda naranja que cosiste con las palmeras al revés, ha desalojado de lógica cuantos argumentos fluían en mi mente y los ha substituido por el río de imágenes que caben en esos cuatro minutos; la evolución de las monturas de tus gafas; el vacío del triángulo isósceles de las palas, rotas hasta tu viaje a Irlanda, que tanto fascinaba a la punta de mi lengua; los colores de todas tus Vespinos; aquel poncho marrón; el medallón de jade; las noches, las tardes y los días; los encajes de mi cuerpo en el tuyo; las banderas con la hoz y el martillo; las tres horas de autobús de los viernes y domingos en la CONDA; los olmos que llenaban aquella Taconera. Luego Sergio Abraira nos ha devuelto, a mi, a la taza de café y a ti, a tu chello; cuídate mucho, maitía.

Pangea

La tectónica de placas ha ocupado muchas de mis noches, pensó. Recordaba a aquellos hombres que fueron capaces de imaginar el retroceso de las masas pétreas y volver a coser costuras que reventaron cuando el mundo era joven. Regresó a su memoria el geólogo británico Eduard Suess, que en 1885, descorcentado por la presencia de fósiles del helecho glossopteris en África, Sudmérica y la India, conjeturó que en el remoto paleozoico estos continentes formaban uno solo, al que denominó Gondwana. Recordó al eminente astrónomo alemán Alfred Lothar Wegener, que en 1912 propuso que todos los continentes son fragmentos errantes, desgajados por la fuerza imparable de la naturaleza de uno primitivo, que dio en llamar Pangea; su ensayo de 1915 Entstehung der Kontinente und Ozeane tuvo entonces más detractores que conversos, se dijo, pero hoy es la base de la teoría de la deriva continental. Las apreciaciones de Suess y Wegener no eran del todo exactas pero eran científicas y, además, cargadas de belleza, pensó.

Los continentes carecen de conciencia y tienen negado poder retroceder; avanzan movidos por fuerzas colosales que abren océanos y levantan cordilleras, sin atender a otras leyes que a la física, se dijo. También nosotros vagamos por la vida en el continuo choque de placas que se cruzan y firmemente regidos por las leyes de la deriva humana, donde existe conciencia y marcha atrás; encendió un café creme noire y echó en falta una copa. ¿A dónde coño vamos?, se preguntó mientras visualizaba un laocóntico Tetris de siete mil millones de piezas que caían y encajaban, unas sobre otras, en la carrera contra el tiempo de vidas diminutas e inmensas, ajenas y ensartadas las unas en las otras. Siete mil millones de islas que se desplazan sobre el fondo de un magmático océano común, que colisionan, que se amalgaman, que modifican los perfiles de su línea de costa, en un maremagnum de leyes propias que rigen sus derivas; joder, es cuanto menos brutal, se dijo, y fascinante, pensó; no hay carta náutica que pueda ordenar tantos rumbos mientras intentamos aprender a gobernar nuestra vida. Sospechó la explicación en la inquietante conciencia de que, tal vez, la mayoría de las islas supieran permanecer estáticas, que en la defensa propia pudieran sustraerse a todo movimiento; ello limita riesgos y elude colisiones, ello impide tus huellas en mi arena y explica que tu roca y la mía no alberguen fósiles gemelos. Vaya, ello comprime el mérito de la geología de la navegación, pensó.

miércoles, 25 de agosto de 2010

G. D. Weiss

Hoy he leído del obituario del País que George David Weiss había fallecido por causas naturales, ello ha movido mi emoción hacia la tristeza de lo irreparable; respetaba su exquisito trabajo, especialmente su legendario tema "What a Wonderful World" que en 1967 grabara mi venerado Hermano Louis Amstrong, descansen los dos en paz. No me cuesta admitir que abundo en los que consideran que mundo y maravilloso son una contradictio in terminis, una aporía, que reconozco tan luminosa como inútil; el universo carece de todo sentimiento.

Maravilla es el hecho o cosa que causa asombro y admiración, para unos pueden ser los 477 CV del Aston Martin DB9; o las piernas de Melanie (ahora de Antonio Banderas); o la voz de la Callas, como para mi lo son la incompresible anatomía de rinocerontes y baobabs o sospecharte desnuda bajo el lienzo de hilo de una sábana blanca. La arquitectura de mi asombro es de una altura diminuta (otra aporía) pero intensa y suficiente; hoy habrá de llenarla la luna de agosto y la memoria azul del agave en un vaso de tequila.

lunes, 23 de agosto de 2010

Both Sides, Now

Creo haber trasegado todo aquello que tuviera la extraordinaria cualidad de trastocar la conciencia y modificar el enfoque de los planos; a fin de cuentas era mi vida. A los dieciséis años descubrí que media botella de Dimple ofrecía una nueva percepción del Both Sides, Now de Joni Michells, que solía presidir las tardes de lectura en Casadios, chalet que amenazaba ruina y propiciaba cambios en aquella adolescencia que no tuve. Nunca he sido un devoto de los whiskeys de mezcla, pero en aquella botella debían residir amables genios y acepté su regalo. El quinto corte de la cara B de Clouds era perfecto, podía ser el protagonista de aquellos silencios reverenciales con que paladeábamos un trabajo bien hecho o situarse en ese segundo plano en que uno se entregaba a Melville, a Pessoa o a trazar las profundas diferencias en la morfología que establece el género.

Disculpa el circunloquio, no pretendía extenderme en la discutible biografía de otro de tantos que persigue a el dragón; mis pulgares añoraban el arco de tus pies y una cosa ha llevado a la otra, eso era todo.

lunes, 2 de agosto de 2010

La paz de la derrota

Abducidos por el púlpito y los lapidadores,

por quienes desecan la vida

hasta la taxidermia del ser.

Yo seré el muerto que retiene recuerdos

y tú la pala que le abre caminos.

11/08/2008

La existencia del dios o de los dioses es necesariamente discutible, la de muchos de sus santos innegable. Jesús de Nazaret es más incierto que Francisco de Xabier o de Ignacio de Loiola o Teresa de Ávila o Calcuta; en los vericuetos de la historia suelen perderse los principios y las leyendas engendran seguidores y liturgias y oraciones y fiestas de guardar y premios y castigos. Pensaba en el blues, ya que el dios o los dioses se habían apagado muchos años atrás, en las líneas quebradas de su horizonte. Había renunciado a la verdad revelada de campos de algodón, que cedía gustoso a los historiadores, pero no a la hagiografía de los doce compases. Furry Lewis era para él un Thomas More con una sola pierna, que había divulgado su Utopía con una guitarra de palo en el Chicago de los treinta y Gertrude Ma Rainey la versión, negra y genial, de aquellas misioneras que llevaban su fe a los infieles desde una garganta prodigiosa que no cumplió cuarenta. El blues era un credo en expansión que avanzaba mestizo y que crecía en cada territorio, en cada idioma. El blues, como la nieve o el sexo, no dejaba a nadie indiferente; contenía la capacidad de reflejar sentimientos comunes, fragmentos universales y primarios a los que nadie podía escapar. Había un blues de humilladero, un blues de parroquia de barrio y un blues de catedrales. Él amaba el blues, especialmente el de los songers de a pelo con afinaciones propias, el de las voces graves, el de los dobros y las resonadoras, pero aquella mañana del 11 de agosto del 2008 tras oír por la radio que Isaac Hayes había muerto en Memphis, buscó el Lp The Isaac Hayes Movement, que grabará en el 70 con el sello Enterprise y puso el Something de George Harrison, lanzada el año anterior en el Abbey Road de los Beatles. Durante 11 minutos y 46 segundos, la obra maestra del blues sinfónico llenó majestuosa las casa y sus latidos; era la voz del chef.

El humo del bisonte

O dejo de morderme las uñas o dejas de usar vestidos de nido de abeja, pensó, mientras trataba de liberar el dedo pulgar de la mano derecha de una de las celdillas de la cretona. Ella rodeaba su cuello con los antebrazos y él luchaba por retornar a la normalidad en su cintura. Era una de esas tardes de agosto, donde tras una semana abrasadora, por fin llovía a mares y aquella cortina de agua acompañaba al rumor de olas que había incorporado, en la versión de estudio, Otis Redding a su SittinOn the Dock of the Bay. El balcón de la planta segunda estaba abierto de par en par y abajo la calle Caracoles se había transformado en río; ellos bailaban y los otros jugaban a las cartas, refrescados por la esperada tormenta. Bajó sus manos un palmo, huyendo de la zona de conflicto y recorrió con el meñique la línea externa de la goma de sus bragas de algodón, sin que ella cambiara la presión de la cara en su cuello; ese eran uno de aquellos privilegios que le había otorgado y del que él hacía uso alguna vez, sin otra intención que paladear la extraña posición de escudero oficial, ese al que las princesas besan en la boca al despedirse. Juegos de verano, pensó, tan sorprendentes como Kafka, tan mágicos como Hesse, mientras sus dedos acariciaban sobre la cretona la intensidad de su cintura. Ella se llevó un bisonte a la boca sin dejar de abrazarlo, lo encendió y defenestró la cerilla desde la sala del piano; con el cigarrillo en una mano y su nuca en la otra, siguieron bailando hasta que las notas finales de Don’t Mess With Cupid anunciaron el final de la cara A del The Dock of the Bay.

Otis dejó en el plato del Philips Diamond su sitio al Parsley, Sage, Rosemary and Thyme de Simon y Garfunkel y él cambió el ¿calentón? por una silla en la timba del siete y medio y luego por las últimas gotas de una lluvia que llenaba la noche con la electricidad de los relámpagos.

viernes, 2 de julio de 2010

11711

En el desasosiego,

que trata de eclipsar la percepción infinita

de los días,

no hinco la rodilla

ni establezco coartadas;

de todas las banderas que aborrezco,

la blanca es impensable.

domingo, 23 de mayo de 2010

Haiku 38º52' N / 6º58' O

En los brazos del ginkgo

he secado

tu sombra.

sábado, 22 de mayo de 2010

"Opíparo" 530 kilos.

Había dejado atrás a quienes fatigan por el aire a las banderas o saludan con mecheros a las bandas de rock; era su propio cielo e infierno, pensó, demasiado viejo para el deslumbramiento o las decepciones. Tiempo atrás hubiera arrancado los adoquines para recrecer la barricada, pero ahora su batalla no requería de extensas brigadas y de un himno común; cada pobre a su provincia y cada tonto a su baba, se dijo, y aquí me las den todas. Recordarla cuando estaba lejos parecía demoler las distancias y activar los agujeros de gusano que burlan al espacio-tiempo; haberme desnudado de ideales no me impide releer el Enrique V, del bueno de Bill Shakespeare, y embelesarme, arguyó, pero yo voy por libre, se dijo. Una hora de prensa digital le había vaciado con el más de lo mismo; listas de bote y tontos de salón, exégetas de los tiempos que corren, columnistas de pesebre, vigías del por allí resopla, correveidiles, correveicallas, los porqueyolovalgo y toda esa banda de las tan operadas que si cierran los ojos se les abre el culo y, claro, no paran de pestañear, se lamentó.

Quedó en su recuerdo la cogida de Aparicio en los San Isidro y ella recostada con las piernas desnudas; dos cosas de verdad entre tanto trampantojo, se dijo y apagó el Mac.

¡ Suerte, Julio!

lunes, 17 de mayo de 2010

Haiku 38º'52 N / 7º 09' O



Sobre el peldaño;
de negro y verde
en mi memoria.

13/05


Fumio Fujita (b. 1933)
A. 1967
Woodblock print
Image size: 10 1/2" x 15"
Paper size: 12 1/8" x 17 1/4"
Edition: 87/100
Signed: in pencil, F. Fujita

La jarra de vidrio rebosaba de hielo muy, muy viejo, picado a mano y en la pared exterior se estaba produciendo un prometedor punto de rocío. Añadió una cucharilla y media del café de Jamaica del que estaba bebiendo, sin azúcar, claro; Buñuel daba mucha importancia a la edad del hielo y al toque ácido del café y él era ahora un rendido converso a su receta. Llegó el momento de disfrutar la herejía, los más consagrado maestros siempre habían apostado por la número diez de Tanqueray, pero con una sonrisa abrió la botella de Hendrick’s y vació dos copas que llenarón su nariz del aroma a pepino holandés y pétalos de rosa de Bulgaria, sello que hace de esa ginebra escocesa algo tan especial; ello le permitiría eludir el aromatizar el trago con la cáscara de un limón o unas gotitas de pomelo. Volcó otra copa de vermut seco y movió la jarra con la parsimonia y devoción con a que los sacerdotes aclaran el cáliz tras la eucaristía. Una aceituna de Liguria ensartada en un palillo plano y su Dry Martini estaba listo para hacerlo saltar sobre el listón que contiene el tedio de los días.
Se sirvió la primera sin avergonzarse de cerrar los ojos al llevarla a la boca; aquello era redondo, profundo y seco. Felicidades querido, sé que tú eras de Gordons, pero esto se sale; ¡va por nosotros! pensó, mientras Sugarcane Harris iniciaba al violín los primeros compases de Crying. Blues del 70 para un dúo imposible, pensó. De haber estado aquí tendría alguna cosa que contarte, se dijo, pero ya ves, tendré que beberme la tuya para que yo y tu recuerdo se bañen en el río (Heráclito y Parménides, ya sabes).

miércoles, 28 de abril de 2010

C.


El dolor no es un extra que te ofrecen al margen de la carta, va con el menú, como la vajilla o la servilleta; te sientas y están ahí. No soy de los que huyen del dolor, aunque tampoco lo busco; cuando llega lo abrazo y le soy fiel, cuando se va no lo echo de menos. Espero que sepas hacer lo mismo.
En esta noche tu dolor es el mío; como mi padre, tu madre se ha ido bajo una luna gorda y redonda, sin llamar la atención, sin hacer ruido. La Cospedal no podrá culpar de ello a Zapatero en el congreso, porque ninguno de los dos la conocían, peor para ambos. Eran seres anónimos, de los que mueven el mundo porque lo pueblan sin tener una entrada en las enciclopedias ni dar su nombre a una avenida. Laten y dejan de latir sin alimentar editoriales ni ser objeto de debate; son la sombra amable del ciprés, en la que caben pocos y los que caben están agradecidos. Son los números ordinales que establecen las series, que dan sentido al orden, que juegan su papel en la inmensidad de las matemáticas sin aspirar a la elocuencia de las fórmulas. Por eso tu dolor quedará en la esfera de los pocos a los que habrá de dolernos de verdad; será un dolor de grupo reducido, será un dolor de parientes y amigos, será un dolor que es nuestro porque es tuyo y con eso nos basta para que duela.
Los tuyos te queremos; ya lo sabes.

sábado, 24 de abril de 2010

12/8


Su boca era como Johnny Winter con una Gibson Firebird entre las manos; capaz de todos los registros, capaz de todas las cadencias.
Quien supiera perderse en aquellos labios sería más sabio, más feliz. Si, pensó, era una boca de doce compases, afinada a la manera de los bluesmen que levantan las notas con las yemas de los dedos y las dejan caer en los espacios en que mora la emoción.
Era una boca eléctrica y acústica, contundente a través del amplificador y rotunda, libre de cables y pedales. Era una boca de temas lentos, de tres pulsos por compás, de brillo y eco; donde el blues sube y se rompe, de gentes sin reloj, de locales pequeños.

viernes, 5 de febrero de 2010

PARADISO Canto I - 55-57


Molto è licito là, che qui non lece
a le nostre virtù, mercé del loco
fatto per proprio de l'umana spece.

Dante Alighieri, Divina Commedia PARADISO Canto I - 55-57

La vida es una broma formidable, pensó, a veces difícil de habitar, alguna vez deliciosa y siempre absurda. No tenía muy claro cual había sido la espoleta de tan extensas consideraciones, impropias de una mañana de domingo, pero estaban ahí como el sabor de la nicotina circunvalando la lengua después del primer paquete. Sentado en los párpados de la profundidad, trataba de no perder aquella luz brillante que se pega a enero, mientras por la pareja de los Harman Kardon del ordenador sonaba la pista 7 del quinto cd de la dudosa Edad de Oro del Pop Español, parcialmente redimido por el Alas de algodón de Vaina Doble.
Consideró la hipótesis de que la letra que se deslizaba por las voces de Gloria Van Aerssen y Carmen Santoja, pudiera haber recubierto de cisco de brasero y manchas de humedad sus latidos, pero descartó la relación de causa-efecto, soy absolutamente inmune a las pandemias de portería, se dijo y encendió un negro. Lo grandioso de ser un nihilista tan vital, es que se pueden afrontar los arcanos del todo y la nada sin mover una pestaña, pensó mientras descargaba de ceniza la brasa de su ducados. Pero le incomodaba enormemente la certeza de que algo había arañado la pintura de su indiferencia y el hecho de no dar con el agente causante de aquella desazón.
Coño, coño, se dijo, he estado aquí tantas veces que debiera plantearme ponerle cortinas al vacío para hacerlo mas transitable, aunque así también me vale. Recordó aquella noche en que devoró envuelto en una alarmante familiaridad El malogrado, de Thomas Bernhard, al que debía algunos recursos de estilo y una fraternal simpatía. Lo cierto era que una clara sensación de desperdicio acampaba en ese incómodo hueco donde otros tiene el alma, pensó y sabedor de que esa era una de aquellas claras jugadas que acaban en tablas, lanzó al reproductor del Windows Media el rosario de ficheros que contenían las Variaciones Goldberg de Bach grabadas por Glen Gould en el 55; por el mismo precio, se dijo, prefiero rebozarme por las dos caras. La mañana avanzaba hacia el rojo viscoso del Campari con sifón y los días hacia la espectacularidad de la floración de los frutales; todo era solo una cuestión de tiempo. ¿Quién sabe que esconde el mañana en sus esquinas?