miércoles, 28 de abril de 2010

C.


El dolor no es un extra que te ofrecen al margen de la carta, va con el menú, como la vajilla o la servilleta; te sientas y están ahí. No soy de los que huyen del dolor, aunque tampoco lo busco; cuando llega lo abrazo y le soy fiel, cuando se va no lo echo de menos. Espero que sepas hacer lo mismo.
En esta noche tu dolor es el mío; como mi padre, tu madre se ha ido bajo una luna gorda y redonda, sin llamar la atención, sin hacer ruido. La Cospedal no podrá culpar de ello a Zapatero en el congreso, porque ninguno de los dos la conocían, peor para ambos. Eran seres anónimos, de los que mueven el mundo porque lo pueblan sin tener una entrada en las enciclopedias ni dar su nombre a una avenida. Laten y dejan de latir sin alimentar editoriales ni ser objeto de debate; son la sombra amable del ciprés, en la que caben pocos y los que caben están agradecidos. Son los números ordinales que establecen las series, que dan sentido al orden, que juegan su papel en la inmensidad de las matemáticas sin aspirar a la elocuencia de las fórmulas. Por eso tu dolor quedará en la esfera de los pocos a los que habrá de dolernos de verdad; será un dolor de grupo reducido, será un dolor de parientes y amigos, será un dolor que es nuestro porque es tuyo y con eso nos basta para que duela.
Los tuyos te queremos; ya lo sabes.

sábado, 24 de abril de 2010

12/8


Su boca era como Johnny Winter con una Gibson Firebird entre las manos; capaz de todos los registros, capaz de todas las cadencias.
Quien supiera perderse en aquellos labios sería más sabio, más feliz. Si, pensó, era una boca de doce compases, afinada a la manera de los bluesmen que levantan las notas con las yemas de los dedos y las dejan caer en los espacios en que mora la emoción.
Era una boca eléctrica y acústica, contundente a través del amplificador y rotunda, libre de cables y pedales. Era una boca de temas lentos, de tres pulsos por compás, de brillo y eco; donde el blues sube y se rompe, de gentes sin reloj, de locales pequeños.