sábado, 24 de abril de 2010

12/8


Su boca era como Johnny Winter con una Gibson Firebird entre las manos; capaz de todos los registros, capaz de todas las cadencias.
Quien supiera perderse en aquellos labios sería más sabio, más feliz. Si, pensó, era una boca de doce compases, afinada a la manera de los bluesmen que levantan las notas con las yemas de los dedos y las dejan caer en los espacios en que mora la emoción.
Era una boca eléctrica y acústica, contundente a través del amplificador y rotunda, libre de cables y pedales. Era una boca de temas lentos, de tres pulsos por compás, de brillo y eco; donde el blues sube y se rompe, de gentes sin reloj, de locales pequeños.