sábado, 22 de mayo de 2010

"Opíparo" 530 kilos.

Había dejado atrás a quienes fatigan por el aire a las banderas o saludan con mecheros a las bandas de rock; era su propio cielo e infierno, pensó, demasiado viejo para el deslumbramiento o las decepciones. Tiempo atrás hubiera arrancado los adoquines para recrecer la barricada, pero ahora su batalla no requería de extensas brigadas y de un himno común; cada pobre a su provincia y cada tonto a su baba, se dijo, y aquí me las den todas. Recordarla cuando estaba lejos parecía demoler las distancias y activar los agujeros de gusano que burlan al espacio-tiempo; haberme desnudado de ideales no me impide releer el Enrique V, del bueno de Bill Shakespeare, y embelesarme, arguyó, pero yo voy por libre, se dijo. Una hora de prensa digital le había vaciado con el más de lo mismo; listas de bote y tontos de salón, exégetas de los tiempos que corren, columnistas de pesebre, vigías del por allí resopla, correveidiles, correveicallas, los porqueyolovalgo y toda esa banda de las tan operadas que si cierran los ojos se les abre el culo y, claro, no paran de pestañear, se lamentó.

Quedó en su recuerdo la cogida de Aparicio en los San Isidro y ella recostada con las piernas desnudas; dos cosas de verdad entre tanto trampantojo, se dijo y apagó el Mac.

¡ Suerte, Julio!