La irrupción de Linda Ronstadt en los altavoces de la cafetería ha desactivado de raíz mi estructura pensante. La solidez del principio de causalidad nuevamente abollado por la demostración empírica de la teoría del caos; no lo he lamentado en absoluto. Desconozco un sistema dinámico tan sensible a mecerse en los cambios como el de mi cerebro, ni tan propenso a generar inmedibles variaciones ante estímulos mínimos.
Trataba con éxito de interpretar el paradigma crisis-patrimonio, hasta que los primeros compases a la guitarra de doce cuerdas del “Lo siento mi vida” han caído sobre mi cabeza desde el hilo musical y la falda naranja que cosiste con las palmeras al revés, ha desalojado de lógica cuantos argumentos fluían en mi mente y los ha substituido por el río de imágenes que caben en esos cuatro minutos; la evolución de las monturas de tus gafas; el vacío del triángulo isósceles de las palas, rotas hasta tu viaje a Irlanda, que tanto fascinaba a la punta de mi lengua; los colores de todas tus Vespinos; aquel poncho marrón; el medallón de jade; las noches, las tardes y los días; los encajes de mi cuerpo en el tuyo; las banderas con la hoz y el martillo; las tres horas de autobús de los viernes y domingos en la CONDA; los olmos que llenaban aquella Taconera. Luego Sergio Abraira nos ha devuelto, a mi, a la taza de café y a ti, a tu chello; cuídate mucho, maitía.





