jueves, 26 de agosto de 2010

1976 Normal Music (BMI)

La irrupción de Linda Ronstadt en los altavoces de la cafetería ha desactivado de raíz mi estructura pensante. La solidez del principio de causalidad nuevamente abollado por la demostración empírica de la teoría del caos; no lo he lamentado en absoluto. Desconozco un sistema dinámico tan sensible a mecerse en los cambios como el de mi cerebro, ni tan propenso a generar inmedibles variaciones ante estímulos mínimos.

Trataba con éxito de interpretar el paradigma crisis-patrimonio, hasta que los primeros compases a la guitarra de doce cuerdas del “Lo siento mi vida” han caído sobre mi cabeza desde el hilo musical y la falda naranja que cosiste con las palmeras al revés, ha desalojado de lógica cuantos argumentos fluían en mi mente y los ha substituido por el río de imágenes que caben en esos cuatro minutos; la evolución de las monturas de tus gafas; el vacío del triángulo isósceles de las palas, rotas hasta tu viaje a Irlanda, que tanto fascinaba a la punta de mi lengua; los colores de todas tus Vespinos; aquel poncho marrón; el medallón de jade; las noches, las tardes y los días; los encajes de mi cuerpo en el tuyo; las banderas con la hoz y el martillo; las tres horas de autobús de los viernes y domingos en la CONDA; los olmos que llenaban aquella Taconera. Luego Sergio Abraira nos ha devuelto, a mi, a la taza de café y a ti, a tu chello; cuídate mucho, maitía.

Pangea

La tectónica de placas ha ocupado muchas de mis noches, pensó. Recordaba a aquellos hombres que fueron capaces de imaginar el retroceso de las masas pétreas y volver a coser costuras que reventaron cuando el mundo era joven. Regresó a su memoria el geólogo británico Eduard Suess, que en 1885, descorcentado por la presencia de fósiles del helecho glossopteris en África, Sudmérica y la India, conjeturó que en el remoto paleozoico estos continentes formaban uno solo, al que denominó Gondwana. Recordó al eminente astrónomo alemán Alfred Lothar Wegener, que en 1912 propuso que todos los continentes son fragmentos errantes, desgajados por la fuerza imparable de la naturaleza de uno primitivo, que dio en llamar Pangea; su ensayo de 1915 Entstehung der Kontinente und Ozeane tuvo entonces más detractores que conversos, se dijo, pero hoy es la base de la teoría de la deriva continental. Las apreciaciones de Suess y Wegener no eran del todo exactas pero eran científicas y, además, cargadas de belleza, pensó.

Los continentes carecen de conciencia y tienen negado poder retroceder; avanzan movidos por fuerzas colosales que abren océanos y levantan cordilleras, sin atender a otras leyes que a la física, se dijo. También nosotros vagamos por la vida en el continuo choque de placas que se cruzan y firmemente regidos por las leyes de la deriva humana, donde existe conciencia y marcha atrás; encendió un café creme noire y echó en falta una copa. ¿A dónde coño vamos?, se preguntó mientras visualizaba un laocóntico Tetris de siete mil millones de piezas que caían y encajaban, unas sobre otras, en la carrera contra el tiempo de vidas diminutas e inmensas, ajenas y ensartadas las unas en las otras. Siete mil millones de islas que se desplazan sobre el fondo de un magmático océano común, que colisionan, que se amalgaman, que modifican los perfiles de su línea de costa, en un maremagnum de leyes propias que rigen sus derivas; joder, es cuanto menos brutal, se dijo, y fascinante, pensó; no hay carta náutica que pueda ordenar tantos rumbos mientras intentamos aprender a gobernar nuestra vida. Sospechó la explicación en la inquietante conciencia de que, tal vez, la mayoría de las islas supieran permanecer estáticas, que en la defensa propia pudieran sustraerse a todo movimiento; ello limita riesgos y elude colisiones, ello impide tus huellas en mi arena y explica que tu roca y la mía no alberguen fósiles gemelos. Vaya, ello comprime el mérito de la geología de la navegación, pensó.

miércoles, 25 de agosto de 2010

G. D. Weiss

Hoy he leído del obituario del País que George David Weiss había fallecido por causas naturales, ello ha movido mi emoción hacia la tristeza de lo irreparable; respetaba su exquisito trabajo, especialmente su legendario tema "What a Wonderful World" que en 1967 grabara mi venerado Hermano Louis Amstrong, descansen los dos en paz. No me cuesta admitir que abundo en los que consideran que mundo y maravilloso son una contradictio in terminis, una aporía, que reconozco tan luminosa como inútil; el universo carece de todo sentimiento.

Maravilla es el hecho o cosa que causa asombro y admiración, para unos pueden ser los 477 CV del Aston Martin DB9; o las piernas de Melanie (ahora de Antonio Banderas); o la voz de la Callas, como para mi lo son la incompresible anatomía de rinocerontes y baobabs o sospecharte desnuda bajo el lienzo de hilo de una sábana blanca. La arquitectura de mi asombro es de una altura diminuta (otra aporía) pero intensa y suficiente; hoy habrá de llenarla la luna de agosto y la memoria azul del agave en un vaso de tequila.

lunes, 23 de agosto de 2010

Both Sides, Now

Creo haber trasegado todo aquello que tuviera la extraordinaria cualidad de trastocar la conciencia y modificar el enfoque de los planos; a fin de cuentas era mi vida. A los dieciséis años descubrí que media botella de Dimple ofrecía una nueva percepción del Both Sides, Now de Joni Michells, que solía presidir las tardes de lectura en Casadios, chalet que amenazaba ruina y propiciaba cambios en aquella adolescencia que no tuve. Nunca he sido un devoto de los whiskeys de mezcla, pero en aquella botella debían residir amables genios y acepté su regalo. El quinto corte de la cara B de Clouds era perfecto, podía ser el protagonista de aquellos silencios reverenciales con que paladeábamos un trabajo bien hecho o situarse en ese segundo plano en que uno se entregaba a Melville, a Pessoa o a trazar las profundas diferencias en la morfología que establece el género.

Disculpa el circunloquio, no pretendía extenderme en la discutible biografía de otro de tantos que persigue a el dragón; mis pulgares añoraban el arco de tus pies y una cosa ha llevado a la otra, eso era todo.

lunes, 2 de agosto de 2010

La paz de la derrota

Abducidos por el púlpito y los lapidadores,

por quienes desecan la vida

hasta la taxidermia del ser.

Yo seré el muerto que retiene recuerdos

y tú la pala que le abre caminos.

11/08/2008

La existencia del dios o de los dioses es necesariamente discutible, la de muchos de sus santos innegable. Jesús de Nazaret es más incierto que Francisco de Xabier o de Ignacio de Loiola o Teresa de Ávila o Calcuta; en los vericuetos de la historia suelen perderse los principios y las leyendas engendran seguidores y liturgias y oraciones y fiestas de guardar y premios y castigos. Pensaba en el blues, ya que el dios o los dioses se habían apagado muchos años atrás, en las líneas quebradas de su horizonte. Había renunciado a la verdad revelada de campos de algodón, que cedía gustoso a los historiadores, pero no a la hagiografía de los doce compases. Furry Lewis era para él un Thomas More con una sola pierna, que había divulgado su Utopía con una guitarra de palo en el Chicago de los treinta y Gertrude Ma Rainey la versión, negra y genial, de aquellas misioneras que llevaban su fe a los infieles desde una garganta prodigiosa que no cumplió cuarenta. El blues era un credo en expansión que avanzaba mestizo y que crecía en cada territorio, en cada idioma. El blues, como la nieve o el sexo, no dejaba a nadie indiferente; contenía la capacidad de reflejar sentimientos comunes, fragmentos universales y primarios a los que nadie podía escapar. Había un blues de humilladero, un blues de parroquia de barrio y un blues de catedrales. Él amaba el blues, especialmente el de los songers de a pelo con afinaciones propias, el de las voces graves, el de los dobros y las resonadoras, pero aquella mañana del 11 de agosto del 2008 tras oír por la radio que Isaac Hayes había muerto en Memphis, buscó el Lp The Isaac Hayes Movement, que grabará en el 70 con el sello Enterprise y puso el Something de George Harrison, lanzada el año anterior en el Abbey Road de los Beatles. Durante 11 minutos y 46 segundos, la obra maestra del blues sinfónico llenó majestuosa las casa y sus latidos; era la voz del chef.

El humo del bisonte

O dejo de morderme las uñas o dejas de usar vestidos de nido de abeja, pensó, mientras trataba de liberar el dedo pulgar de la mano derecha de una de las celdillas de la cretona. Ella rodeaba su cuello con los antebrazos y él luchaba por retornar a la normalidad en su cintura. Era una de esas tardes de agosto, donde tras una semana abrasadora, por fin llovía a mares y aquella cortina de agua acompañaba al rumor de olas que había incorporado, en la versión de estudio, Otis Redding a su SittinOn the Dock of the Bay. El balcón de la planta segunda estaba abierto de par en par y abajo la calle Caracoles se había transformado en río; ellos bailaban y los otros jugaban a las cartas, refrescados por la esperada tormenta. Bajó sus manos un palmo, huyendo de la zona de conflicto y recorrió con el meñique la línea externa de la goma de sus bragas de algodón, sin que ella cambiara la presión de la cara en su cuello; ese eran uno de aquellos privilegios que le había otorgado y del que él hacía uso alguna vez, sin otra intención que paladear la extraña posición de escudero oficial, ese al que las princesas besan en la boca al despedirse. Juegos de verano, pensó, tan sorprendentes como Kafka, tan mágicos como Hesse, mientras sus dedos acariciaban sobre la cretona la intensidad de su cintura. Ella se llevó un bisonte a la boca sin dejar de abrazarlo, lo encendió y defenestró la cerilla desde la sala del piano; con el cigarrillo en una mano y su nuca en la otra, siguieron bailando hasta que las notas finales de Don’t Mess With Cupid anunciaron el final de la cara A del The Dock of the Bay.

Otis dejó en el plato del Philips Diamond su sitio al Parsley, Sage, Rosemary and Thyme de Simon y Garfunkel y él cambió el ¿calentón? por una silla en la timba del siete y medio y luego por las últimas gotas de una lluvia que llenaba la noche con la electricidad de los relámpagos.