lunes, 2 de agosto de 2010

El humo del bisonte

O dejo de morderme las uñas o dejas de usar vestidos de nido de abeja, pensó, mientras trataba de liberar el dedo pulgar de la mano derecha de una de las celdillas de la cretona. Ella rodeaba su cuello con los antebrazos y él luchaba por retornar a la normalidad en su cintura. Era una de esas tardes de agosto, donde tras una semana abrasadora, por fin llovía a mares y aquella cortina de agua acompañaba al rumor de olas que había incorporado, en la versión de estudio, Otis Redding a su SittinOn the Dock of the Bay. El balcón de la planta segunda estaba abierto de par en par y abajo la calle Caracoles se había transformado en río; ellos bailaban y los otros jugaban a las cartas, refrescados por la esperada tormenta. Bajó sus manos un palmo, huyendo de la zona de conflicto y recorrió con el meñique la línea externa de la goma de sus bragas de algodón, sin que ella cambiara la presión de la cara en su cuello; ese eran uno de aquellos privilegios que le había otorgado y del que él hacía uso alguna vez, sin otra intención que paladear la extraña posición de escudero oficial, ese al que las princesas besan en la boca al despedirse. Juegos de verano, pensó, tan sorprendentes como Kafka, tan mágicos como Hesse, mientras sus dedos acariciaban sobre la cretona la intensidad de su cintura. Ella se llevó un bisonte a la boca sin dejar de abrazarlo, lo encendió y defenestró la cerilla desde la sala del piano; con el cigarrillo en una mano y su nuca en la otra, siguieron bailando hasta que las notas finales de Don’t Mess With Cupid anunciaron el final de la cara A del The Dock of the Bay.

Otis dejó en el plato del Philips Diamond su sitio al Parsley, Sage, Rosemary and Thyme de Simon y Garfunkel y él cambió el ¿calentón? por una silla en la timba del siete y medio y luego por las últimas gotas de una lluvia que llenaba la noche con la electricidad de los relámpagos.