lunes, 2 de agosto de 2010

11/08/2008

La existencia del dios o de los dioses es necesariamente discutible, la de muchos de sus santos innegable. Jesús de Nazaret es más incierto que Francisco de Xabier o de Ignacio de Loiola o Teresa de Ávila o Calcuta; en los vericuetos de la historia suelen perderse los principios y las leyendas engendran seguidores y liturgias y oraciones y fiestas de guardar y premios y castigos. Pensaba en el blues, ya que el dios o los dioses se habían apagado muchos años atrás, en las líneas quebradas de su horizonte. Había renunciado a la verdad revelada de campos de algodón, que cedía gustoso a los historiadores, pero no a la hagiografía de los doce compases. Furry Lewis era para él un Thomas More con una sola pierna, que había divulgado su Utopía con una guitarra de palo en el Chicago de los treinta y Gertrude Ma Rainey la versión, negra y genial, de aquellas misioneras que llevaban su fe a los infieles desde una garganta prodigiosa que no cumplió cuarenta. El blues era un credo en expansión que avanzaba mestizo y que crecía en cada territorio, en cada idioma. El blues, como la nieve o el sexo, no dejaba a nadie indiferente; contenía la capacidad de reflejar sentimientos comunes, fragmentos universales y primarios a los que nadie podía escapar. Había un blues de humilladero, un blues de parroquia de barrio y un blues de catedrales. Él amaba el blues, especialmente el de los songers de a pelo con afinaciones propias, el de las voces graves, el de los dobros y las resonadoras, pero aquella mañana del 11 de agosto del 2008 tras oír por la radio que Isaac Hayes había muerto en Memphis, buscó el Lp The Isaac Hayes Movement, que grabará en el 70 con el sello Enterprise y puso el Something de George Harrison, lanzada el año anterior en el Abbey Road de los Beatles. Durante 11 minutos y 46 segundos, la obra maestra del blues sinfónico llenó majestuosa las casa y sus latidos; era la voz del chef.