La tectónica de placas ha ocupado muchas de mis noches, pensó. Recordaba a aquellos hombres que fueron capaces de imaginar el retroceso de las masas pétreas y volver a coser costuras que reventaron cuando el mundo era joven. Regresó a su memoria el geólogo británico Eduard Suess, que en 1885, descorcentado por la presencia de fósiles del helecho glossopteris en África, Sudmérica y la India, conjeturó que en el remoto paleozoico estos continentes formaban uno solo, al que denominó Gondwana. Recordó al eminente astrónomo alemán Alfred Lothar Wegener, que en 1912 propuso que todos los continentes son fragmentos errantes, desgajados por la fuerza imparable de la naturaleza de uno primitivo, que dio en llamar Pangea; su ensayo de 1915 Entstehung der Kontinente und Ozeane tuvo entonces más detractores que conversos, se dijo, pero hoy es la base de la teoría de la deriva continental. Las apreciaciones de Suess y Wegener no eran del todo exactas pero eran científicas y, además, cargadas de belleza, pensó.
Los continentes carecen de conciencia y tienen negado poder retroceder; avanzan movidos por fuerzas colosales que abren océanos y levantan cordilleras, sin atender a otras leyes que a la física, se dijo. También nosotros vagamos por la vida en el continuo choque de placas que se cruzan y firmemente regidos por las leyes de la deriva humana, donde existe conciencia y marcha atrás; encendió un café creme noire y echó en falta una copa. ¿A dónde coño vamos?, se preguntó mientras visualizaba un laocóntico Tetris de siete mil millones de piezas que caían y encajaban, unas sobre otras, en la carrera contra el tiempo de vidas diminutas e inmensas, ajenas y ensartadas las unas en las otras. Siete mil millones de islas que se desplazan sobre el fondo de un magmático océano común, que colisionan, que se amalgaman, que modifican los perfiles de su línea de costa, en un maremagnum de leyes propias que rigen sus derivas; joder, es cuanto menos brutal, se dijo, y fascinante, pensó; no hay carta náutica que pueda ordenar tantos rumbos mientras intentamos aprender a gobernar nuestra vida. Sospechó la explicación en la inquietante conciencia de que, tal vez, la mayoría de las islas supieran permanecer estáticas, que en la defensa propia pudieran sustraerse a todo movimiento; ello limita riesgos y elude colisiones, ello impide tus huellas en mi arena y explica que tu roca y la mía no alberguen fósiles gemelos. Vaya, ello comprime el mérito de la geología de la navegación, pensó.