miércoles, 22 de septiembre de 2010

Leandro, 1952-2010


Hoy he sabido, hermano, que has hallado la puerta oculta en los cantos del espejo; te has ido sin decir que te marchabas, sin hacerlo notar, sin aspavientos. Trataré de evitar el trasladarte a la amarga dulzura del recuerdo o dejar que se sequen tus latidos. Voy a echarte de menos.

Me viene grande el traje del vacío, el folio en blanco, la terca convicción de que no volveremos a hablar de nuestras cosas ni a levantar un vaso; quererte ha sido fácil, compañero.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Oh, Sister

Saber lo no sabía le causaba un orgullo legítimo, ya que ayudaba al trazado de metas y al establecimiento de la logística requerida para la búsqueda del conocimiento. Pocos objetivos resisten ser contrastados con aquello verdaderamente necesario; siendo sincero, pensó, la vida se te va en la insípida persecución de lo prescindible, de todo aquello que en realidad no necesitas, que te acaba aburriendo como un rompecabezas ya resuelto. Era tiempo de subir un peldaño y dejar atrás, sin despedirse, a quienes habían decido edificar en el estrecho escalón del que se iba. Adiós, colegas, sé que en el fondo no os echaré de menos; cerró esa puerta.

Desinstalar los enlaces en desuso resulta tan tedioso como inevitable, especialmente cuando la desconexión es civilizada y unidireccional, una de esas tareas que ya realizadas mejoran la arquitectura cotidiana; ello hace que valga la pena. Había decidido aplicar de manera militante el Principio de parsimonia a los anclajes de su mundo, no porque permitiera la verificación necesaria o el establecimiento de las grandes certezas, sino porque le resultaba suficiente y permitía ahorrar considerables caudales de un tiempo que ahora quería dedicarse. Ya no pretendía tener la razón, sino habitar la suya; había logrado disociarse de producir complacencia.

La ceremonia era como eliminar mediante larvas de mosca el tejido muerto en una herida abierta; más allá de consideraciones plásticas resultaba de todo punto eficaz. Recuerdos carentes de latido; manojos de llaves sin una puerta cierta; la lista de los libros que no habrán de devolverme; fechas que no trasladaré a otros calendarios. Vaya, vaya - se dijo - y parecía nada.

El espacio recuperado era valioso y estaba formidablemente vacío; producía esa euforia que nos lleva a mover todos los muebles para poder reconciliarnos con la vieja habitación. Volverá llenarse, pensó, pero seré más cuidadoso, o al menos más preciso. Cuando terminó de sacar brillo a la cera, abrió una botella de pinau noire de Castillo de Monjardín y puso una joyita de la Columbia Records del año 76, donde bajo el violín de Scarlet Rivera y los coros de Emmylou Harris estaban las estrofas:

…Time is an ocean but it ends at the shore

You may not see me tomorrow.

Oh, Sister Desire Bob Dylan

domingo, 12 de septiembre de 2010

Diablito

En la vuelta de una falda escocesa, en el espacio abierto bajo el discutible imperdible, caben todas las combinaciones, pensó, lugar adecuado para acortar las respuestas del examen o aumentar las dudas, todas, cuando no sabes si se juega de farol; en esa doble capa del paño, es donde uno se planta de rodillas y afronta los albures de una larga cambiada a porta gayola.

¡Ummmm!, suspiró, adoro los tartanes de viscosa, especialmente los Burberry de fondo negro y tres rayas blancas y grises, pensó; el verano, siempre tan ordinario, declinaba y en breve una razonable elegancia volvería a las calles, tomadas aun por tanta carnaza y axilas. El retorno de las Pléyades y el inicio de las noches con cierzo le llenaban de un infundado optimismo.

A la última botella de Diablito que se había traído de Oaxaca, le quedaba justo tres copas, así que decidió jubilarla en un aquí y ahora; se sirvió la primera y para acompañarla como se merecía un tequila tan excelente puso el “Esta vida” de Jorge Celedón a un volumen al límite de lo razonable.

Celedón y un trago serio y seco tienen el efecto secundario de poner en segundo plano cualquier otra cosa, al anular la capacidad intelectual de concatenar los juicio lógicos, pero otorga la ventaja de contener los resortes que liberan a la euforia, quid pro quo, sentenció y mientras seguía los compases con el pie unió su voz al coro que atacaba el estribillo.

Ay que bonita es esta vida

Aunque a veces duela tanto

Y a pesar de los pesares siempre hay alguien nos quiere

Siempre hay alguien que nos cuida

Aya yayay...que bonita es esta vida

Y aunque no sea para siempre

Si la vivo con mi gente

Es bonita hasta la muerte con aguardiente y tequila

viernes, 10 de septiembre de 2010

We shall overcome

James Karales (American, 1930–2002). Selma-to-Montgomery March for Voting Rights in 1965, 1965. Photographic print. Located in the James Karales Collection, Rare Book, Manuscript, and Special Collections Library, Duke University.

Photograph © Estate of James Karales

Siempre había pensado que era obra de Pete Seeger, exponente de ser humano, al que rindo culto en uno de los pocos altares que quedan en pie en mi descreído corazón; la Wikipedia me ha advertido de mi error. Según la entrada, fue Lucille Simmons, trabajadora de la American Tobacco Company la que en 1948 cantó durante un huelga una versión lenta del himno, haciendo uso del ritmo de otra canción; Zilphia Horton aprendió la canción y se la trasmitió a Pete, quien la hizo de todos.

Como a tantos y tantos que de los que nos atrincheramos en las barricadas de la protesta, el tema de Lucille fue siempre, como casi todo aquello que empieza con “nosotros”, algo que va más allá de una banda sonora para marchas. El mundo se divide en dos hemistiquios, nunca gemelos, los que buscan su sentido en las dificultades del “We” y los que se instalan sin complejos en la eficacia del “I”; del resultado de la eterna batalla depende de cuanto hay de concreto en el concepto abstracto de Felicidad. Que cada uno se mida su sombra.

Durante casi tres meses he tenido entre las manos un original del maravilloso registro Selma to Montgomery March for Voting Rights in 1965, de James Karales (1930-2002), obra maestra del uso del gran angular, de la fotografía en blanco y negro y de la determinación del nosotros, para abrirse camino y deslindar los límites que producen los ilegítimos intereses de los muy pocos, sobre la inabarcable legión de los muchos. Siempre he sostenido que una foto que requiere ser descrita, o ya no existe o es una chapuza; ello me obliga a eludir profundizar en consideraciones estéticas, pero no he sabido evitar abrir la búsqueda en Spotify® del abanico de versiones del We shall overcome. He elegido la del tercer bis con que cerró el concierto Bruce Springsteen en Dublin (17 de noviembre de 2006), no solo porque la voz del Boss mece las estrofas como ninguna, sino porque el acompañamiento al acordeón de Charlie Giordiano aporta una nota a bar con serrín y cabezas de gambas por el suelo, que me hace sentir en casa.

Shall we overcome? ¿Venceremos?, compleja pregunta al alba de un día donde un predicador, con el cerebro liso, pretende quemar el libro sagrado de los otros. Un día después de que 20.000 liberados sindicales desacrediten la esperanza de lo rojo, reducida ya a espesa salsa de las retribuciones y los despidos. La misma semana en que la errática órbita del Presidente desconcierta los florilegios de la astro-física con las imposibles combinaciones del y todos contentos. ¿Venceremos?, tal vez un día. No pude estar en la marcha de Selma (y hubiera querido) y no estaré en la 29-S (y podría); en la primera tenía diez años y en esta cincuenta y cinco, dos edades aptas solo para la magia.

Sea como fuere, desde la dulzura en que sestean los ideales y los recuerdos, te agradezco Lucille, aquel luminoso anillo que encerraba las viejas esperanzas.

We are not afraid, we are not afraid

we are not afraid, today.

Deep in my heart, I do believe,

We shall overcome some day.