viernes, 10 de septiembre de 2010

We shall overcome

James Karales (American, 1930–2002). Selma-to-Montgomery March for Voting Rights in 1965, 1965. Photographic print. Located in the James Karales Collection, Rare Book, Manuscript, and Special Collections Library, Duke University.

Photograph © Estate of James Karales

Siempre había pensado que era obra de Pete Seeger, exponente de ser humano, al que rindo culto en uno de los pocos altares que quedan en pie en mi descreído corazón; la Wikipedia me ha advertido de mi error. Según la entrada, fue Lucille Simmons, trabajadora de la American Tobacco Company la que en 1948 cantó durante un huelga una versión lenta del himno, haciendo uso del ritmo de otra canción; Zilphia Horton aprendió la canción y se la trasmitió a Pete, quien la hizo de todos.

Como a tantos y tantos que de los que nos atrincheramos en las barricadas de la protesta, el tema de Lucille fue siempre, como casi todo aquello que empieza con “nosotros”, algo que va más allá de una banda sonora para marchas. El mundo se divide en dos hemistiquios, nunca gemelos, los que buscan su sentido en las dificultades del “We” y los que se instalan sin complejos en la eficacia del “I”; del resultado de la eterna batalla depende de cuanto hay de concreto en el concepto abstracto de Felicidad. Que cada uno se mida su sombra.

Durante casi tres meses he tenido entre las manos un original del maravilloso registro Selma to Montgomery March for Voting Rights in 1965, de James Karales (1930-2002), obra maestra del uso del gran angular, de la fotografía en blanco y negro y de la determinación del nosotros, para abrirse camino y deslindar los límites que producen los ilegítimos intereses de los muy pocos, sobre la inabarcable legión de los muchos. Siempre he sostenido que una foto que requiere ser descrita, o ya no existe o es una chapuza; ello me obliga a eludir profundizar en consideraciones estéticas, pero no he sabido evitar abrir la búsqueda en Spotify® del abanico de versiones del We shall overcome. He elegido la del tercer bis con que cerró el concierto Bruce Springsteen en Dublin (17 de noviembre de 2006), no solo porque la voz del Boss mece las estrofas como ninguna, sino porque el acompañamiento al acordeón de Charlie Giordiano aporta una nota a bar con serrín y cabezas de gambas por el suelo, que me hace sentir en casa.

Shall we overcome? ¿Venceremos?, compleja pregunta al alba de un día donde un predicador, con el cerebro liso, pretende quemar el libro sagrado de los otros. Un día después de que 20.000 liberados sindicales desacrediten la esperanza de lo rojo, reducida ya a espesa salsa de las retribuciones y los despidos. La misma semana en que la errática órbita del Presidente desconcierta los florilegios de la astro-física con las imposibles combinaciones del y todos contentos. ¿Venceremos?, tal vez un día. No pude estar en la marcha de Selma (y hubiera querido) y no estaré en la 29-S (y podría); en la primera tenía diez años y en esta cincuenta y cinco, dos edades aptas solo para la magia.

Sea como fuere, desde la dulzura en que sestean los ideales y los recuerdos, te agradezco Lucille, aquel luminoso anillo que encerraba las viejas esperanzas.

We are not afraid, we are not afraid

we are not afraid, today.

Deep in my heart, I do believe,

We shall overcome some day.