Uno es lo que ha vivido –pensó- lo que ocurre en tu vida se fija en el cerebro a fuerza de sonidos, luces, olores que cuando regresan te trasportan, como las cipselas del diente de león, a donde se mecen los recuerdos. Era consciente que debía tan trillada reflexión, al hecho de que desde la radio el God Book de Melanie sonaba entusiasmable.
Para casi todos, los setenta eran harapos lejanos arrojados al contenedor junto a los trajes con hombreras, el frasco del pachuli y el carné del partido comunista, pero para él eran como un buen par de esos zapatos ingleses que cuanto más viejos son, más cómodos se vuelven; decidió pasearlos.
Vivía rodeado de música. Generaciones de vinilos, casetes, cedés y emepetrés atesoraban los sueños de las Fender y de los Steinway and Sons, que habían ofrecido al aire algo más que cometas. Sacó, sin tener que buscarlo, el Pearl y dejó suelto el Mercedes Benz a 150 W RMS; Janis se instaló en las tres plantas de la casa.
Oh Lord, won´t you buy me a Mercedes Benz ?
My friends all drive Porsches, I must make amends,
Worked hard all my lifetime, no help from my friends,
So Lord, won´t you buy me a Mercedes Benz ?
Los vidrios del balcón, escasos de masilla, vibraban como la Harley de Jesús cuando le daba caña a su motor Ironhead; la gente, desde la calle, mezclaba la alarma y el desconcierto a partes iguales. Un “¿pero estás majara o qué?” de una mujer sensata, puso fin al muro de sonido de sus cuatro altavoces de tres vías. Para entonces el 1’ 46” de aquella capella habían sonado como la Joplin la grabara, de una sola vez, el 1 de octubre del 70. Un billete de caballo más potente que su callo de viajera reventó a Janis tres días más tarde.