lunes, 13 de junio de 2011

Red Tiger Balm

Tenía el don de la escala y una envidiable habilidad para transformar cotas y accidentes en mapas precisos y preciosos. De niño, deslumbrado por la vida libertaria de bucaneros y piratas, enterró copiosos tesoros a los pies de algunos árboles y en las veredas del parque cercano. En la adolescencia, guiado por aquellas anotaciones, recuperó una a una las cajas de hojalata y supo que el tesoro no se hallaba en las cuentas de vidrio y los soldados de plomo, sino en la exactitud de aquellos enternecedores dibujos y también, que su vida habría de ser la del cartógrafo.

Caminaba contando los pasos y estimaba la altura y los grados de las cuestas con la misma eficacia con la que el zahorí detecta el agua embalsada y la profundidad; cuando pudo, compró una brújula Short & Mason de Londres y una regla de cálculo Keuffel & Esser 4081-3 hecha en celulosa y caoba, suave y exacta; sus mapas crecieron en detalles que hicieron aflorar la contundente belleza que acompaña a la eficacia.

Durante los inacabables meses de su servicio militar, sus mandos aprendieron a mirar con respeto la pulcritud de sus anotaciones y a envidiar el hecho de que jamás perdía la orientación en marchas y maniobras; los responsables del Servicio Cartográfico Militar lo reclamaron para reforzar al equipo que estaba trazando la escala 1:10.000 y su felicidad se derramó entre reglas y mapas e interminables rollos de papel vegetal. Tras haber cumplido con la patria, recibió del jefe del Servicio una caja de madera que contenía un W & S Jones 30 Holborn dividers compass y una encendida carta de recomendación de las de “A quien pueda interesar”, ambos detalles obraron en su emoción de hombre agradecido, de los que saben apreciar un regalo elegido.

El resto de su vida se dividió entre el trabajo de campo y la mesa de dibujar, entre los teodolitos y los cartabones, entre los viajes, el odómetro y las conferencias; murió de un derrame cerebral mientras cartografiaba el Valle de la Luna en la provincia argentina de San Juan, donde reposa.

Estas notas introductorias eran inevitables para poder situar la compleja belleza de una carta y de un plano memorable. Amo los mapas, los considero la quintaesencia del conocimiento y un trampolín para mi incorregible tendencia al ensoñamiento; en 1998 compré un lote de libros y carpetas en la Cuesta de Moyano, el librero me indicó que procedían de un reputado cartógrafo y que el precio, aunque era elevado, estaba a la altura de la calidad de trabajos originales, algunos no publicados. Confieso que el desembolso comprometió algunos meses de mi intendencia y, también, el que valió la pena. Entre las amplias páginas de una edición facsimilar que contenía láminas de la Gran Planimetría Trigonométrica, iniciada por el Servicio Topográfico de la india en 1749, hallé una carta manuscrita sobre un papel italiano de trapo, caligrafiada en tinta granate y que ahora transcribo, en el reverso estaba trazado el más bello mapa de cuantos yo conozco y el único del que no sabría desprenderme. Aquel trabajo estaba acotado de manera manera exahustiva. No refería al vasto territorio de los geógrafos, sino a la anatómica experiencia de la espalda de una mujer que fue amada con las yemas de unos dedos sabios y curiosos.

Domino la cartografía como otros la aguja o el estribo. Nunca he tenido dificultad en trasladar al papel la accidentada orografía del volumen y las texturas intrincadas que definen y hacen único a un territorio. Siempre he creído que la paciencia y la precisión permiten llevar al plano cualquier accidente; ignoraba que al descansar la escala en la medición de lo estático, el movimiento podría desarmar a mi experiencia. Ella era el volumen de la dulzura y se asentaba en las mesetas que están más allá de la convencional belleza. Aquella noche y en aquella estancia, la verticalidad de la luminaria levantaba toda las texturas en un rosario de crestas de luz y sombras cenitales, el intenso calor y la mutua confianza nos había llevado a prescindir de la innecesaria etiqueta y buscar el frescor de la camisa liviana y de los pies descalzos; el día había sido largo y el trabajo extenso.

En nuestra ocupación, las incómodas posturas se acumulan y vician las espaldas hasta producir un sordo dolor, que a veces prevalece durante semanas. A la caída de la tarde me había percatado de que ella tendía a frotarse el cuello con la punta de los dedos; era evidente que algún mal movimiento había propiciado uno de esos frecuentes nudos y yo le propuse tratar de desatarlo mediante el masaje, práctica en la que tengo cierta habilidad. Devolver un haz de fibras a su adecuada posición es una cuestión de método, tacto y paciencia. Le sugerí que mientras iba a mi habitación a por una pomada, se pusiera la camisa con los botones hacia la espalda, así podría aplicar el remedio sin mancharle la ropa o faltar al pudor. Regresé con mi tarro de Red Tiger Balm, un preparado birmano de aceites esenciales, parafina y petrolato, cuya fórmula compuso en 1874 el afamado herbolista Aw Chu Kin. A mi regreso ella se hallaba sentada ahorcajadas sobre la silla, había extendido su camisa sobre el respaldo a modo de cortina, tenía los dos brazos ocupados en recoger el pelo en un moño alto y la espalda desnuda; las siete vértebras cervicales, las doce dorsales y las cinco lumbares estaban alineadas en una verticalidad perfecta, dividiendo en dos una superficie de piel infinitamente mas pálida que la del cuello, expuesta al sol y al viento tantas horas al día. De no haber sido porque las cinco vértebras que se fusionan en el Sacro permanecían bajo la cintura de los pantalones, se hubiera aproximado mágicamente a la de la Mujer peinándose que pintara Edgar Degas en 1886, para mayor felicidad del Hermitage de Leningrado. Era una espalda exquisita.

Desenrosqué la tapa del tarro y tomé en los dedos la cantidad precisa de pomada; el viejo olor de los aceites esenciales de canela, cajeput, menta y clavo se mezcló con las notas de alcanfor y llenó la habitación. Ella cruzó los brazos sobre el respaldo, apoyó el mentón y relajó su cuello. Yo fui aplicando pequeñas cantidades de bálsamo en los puntos estratégicos que gobiernan la espalda: una a cada lado de los músculos esplenios; otra, generosa en la zona de la nuca, donde se aproximan los trapecios; dos para los deltoides y una extensa capa en los músculos dorsales anchos; me detuve al llegar a a los inicios de la cresta ilíaca. Dejé que la capacidad vasodilatadora del calor que produce la pomada iniciara su efecto, mientras contemplaba aquella espalda, desnuda; era perfecta. La apófisis espinosa revelaba la orografía de aquellas gentes frugales en que la delgadez permite el afloramiento de la musculatura bajo la piel, recordaba aquellas formaciones altas y redondeadas que brotan de la mar en las costas de Thailandia, en que los lugareños quieren ver las vértebras del dragón que dormita en el lecho marino. El hueco que dejaba el esplenio bajo el arranque del trapecio trasmitía una mezcla de fragilidad y firmeza a quél cuello largo y esbelto; era como una de aquellas depresiones que festonean la caliza de los valles cársticos que habíamos cartografiado tantas veces.

El calor había hecho su efecto y busqué el nudo con las yemas de los dedos. Coloqué mis pulgares en la protuberancia occipital y los fui bajando mientras distribuía la presión; el estado de la parte superior era normal, descontado el hecho de aquella carne de gallina que coronaba su nuca. Adoro la eficacia, ahora sé que no siempre. No tardé en encontrar el foco del dolor; una sección del romboides menor presentaba un nudo del tamaño de una lenteja, sin duda fruto de un mal movimiento y que al inclinar la cabeza la presión contra el esplenio producía una de esas molestias ronca, que pueden limitar la soltura. Quince minutos más tarde ella fue consciente de lo que hacía diez ya sabían mis pulgares; todas las fibras estaban correctamente ordenadas; me agradeció el esfuerzo con una mirada limpia y se fue a la cama.

Dos horas más tarde toda aquella textura presidía mi noche. Soy un hombre educado en la estricta observancia de la privacidad y en el absoluto respeto por los otros; soy de naturaleza tímido e incapaz de alterar la vida de nadie. Solo sé hacer una cosa y en ella he alcanzado cierta reputación, así que saqué mi equipo de dibujo y decidí llevar al plano tan delicada orografía.

Escala 1:5

Cotas de altitud: 1,5 mm

Green Boots

Aquel tipo era uno de esos que resultan incómodos a plazo fijo. Carecía de la cintura requerida para maquillar cuanto le producía desagrado. Odiaba a quienes se visten de fracaso para ligar al tío o a la tía que busca un trago el jueves; no tenía rincones ni remedio.

Aquel tipo pasaba de pasar y militaba en los desasosiegos que acompañan a la inmisericorde tendencia a tomarse todo en serio. Había logrado alcanza una cultura alejada a su cuna y en la que hallaba espacio para plantar las diferencias que separan a churras de merinas, a lo blanco del negro. Era uno de esos solitarios que había abandonado, primero la ciudad y luego el pueblo. Habitante único de una aldea hecha polvo, compartía habitación con su gata Pandemia y un ordenador, regalo que actualizaba su hermano cada dos años.

Apenas tenía más gastos que la luz, su renta no obligaba a atender los impuestos ni optar a subvenciones; sacaba al huerto y al monte las cosas de comer, y a la venta de miel, el dinero de bolsillo. Cuando llegó a aquellas crestas de Guadalajara no era, ni lejos, un apicultor. La red y los libros le llevaron a ser un apreciado productor que surtía a un par de tiendas de comercio justo en lo viejo de Madrid, donde siempre había más clientes que tarros.

Aquel tipo corría el riesgo de olvidarse de hablar; excepción hecha de con su hermano, que acudía a verle cuando él le dejaba, solía cambiar cuatro palabras con los de la guardia civil rural, con algún labrador de paso hacia piezas lejanas y el ingeniero de la confederación, a quien debía su línea ADSL a cambio de atender la estación de aforo, eso era todo. Para todos los santos el circulante humano solía disparase con los familiares de finados que descansaban en aquél cementerio, que él cuidaba por no saber evitarlo; era como el día de reyes, gentes agradecidas le obsequiaban con algo de la matanza, un queso, unos litros de aceite o de aguardiente, charlaban de otros tiempos, compartían una frasca de vino y hasta el próximo año, si así lo quiere Dios.

Una noche en que buscaba información sobre el álgebra de retículas booleanas, descubrió que George Bool había casado con una sobrina de Sir George Everest; un enlace llevó a otro y acabó encontrando en el buscador de imágenes de Google la impactante foto de Green Boots, parcialmente cubierto por la nieve junto a dos botellas de oxígeno naranjas. Buscó en la web; Green Boots tenía entrada propia en Wikipedia. Supo que el cuerpo podría ser el del himalayista indio Tsewang Paljor y que fue uno de los ocho escaladores que murieron en la tormenta de nieve del 10 al 11 de mayo del 96, en la cara norte del Everest. Es probable que Pajlor ganara la cumbre antes de perder la vida; es seguro que sus restos yacen en una oquedad a 450 metros de la cima y que ahora da nombre a un punto cartográfico de referencia para todos aquellos que atacan la transitada cumbre. Tsewang Pajlor ya no está solo, el 15 de mayo de 2006 David Sharp agonizó durante horas a un par de palmos de botas verdes, entre la interesada indiferencia de los cuarenta que asaltaron la cumbre a lo largo del día; pasó de enredarse en la polémica que atizaban los blogs y apagó el ordenador, después de guardar en pdf el artículo de Yoshitoshi “Escalar el Everest: Circo y cadáveres”.

Siempre ha sido igual, pensó, tomas decisiones y luego tienes que vivir con ellas, algunas cuestan la vida y hagas lo que hagas alguien habrá de juzgarlo sentado en la felicidad de su sofá. Tenía la imagen de Pajlor grabada en la retina, yacía sobre el costado izquierdo, el viento del norte al chocar contra el cuerpo había rellenado el hueco formado por arco derecho de una nieve inmaculada que hacia resaltar aun más la viveza de los colores, la bota verde eléctrica, el azul del pantalón, el rojo del anorak y el naranja de los cilindros del oxígeno. Había un punto de grandeza en el desmadejado escenario de aquel cuerpo insepulto, contenía el reflejo de quien apuesta y pierde, de quienes saben que en ello les puede ir la vida y siguen adelante.

Cebó de leña la salamandra y se tumbó en la cama, Pandemia se hizo un ovillo sobre su vientre y , mientras acariciaba a la gata, siguió dándole vuelas a todo aquello con la mirada perdida en una viga del techo. Aquella aldea, pensó, era una parábola de los 900 metros que separan el campo IV de la cumbre y donde cada uno debe saber valerse por sí mismo. Hago cima todos los días, escalo en solitario y sin oxígeno añadido porque no sé evitarlo; alguien encontrará mis botas cuando llegue el momento.

domingo, 12 de junio de 2011

Verano del 71

Foto: Igor Aizpuru

Hay algo en los internados que recuerdan a la cárcel; no poder decidir a donde vas, es estar preso. En junio del 71 alcancé las cotas más altas de la excelencia académica, bacarrá, me suspendieron todas, nótese el hecho de que no fui yo quien suspendiera, sino que mis dudosos profesores del Redín de Pamplona decidieron que un prudente escarmiento, podría corregir mi decidido apetito a ir por libre.

Mis padres, preocupados por el rumbo de mi eclíptica me internaron en Izarra, colegio especializado en casos que prometían ser perdidos y que atesoraba la mayor concentración de malogrados del cuadrante nororiental de aquella España plomiza.

Compartía celda con Eugenio Villacampa, que unos años más tarde se quitó de medio; con un catalán que se llamaba Coqui y con Nicolás López, luego fotógrafo y que abandono las sales de plata para fundar y dirigir Plata de Palo

Un colegio que, en medio del Álava rural, pretendía que jugásemos a ser una rancia institución inglesa era un despropósito; nosotros no éramos caballeros ni ellos esmerados tutores. Aquél era un ejemplo incontestable de los trampantojos de la educación, con las notas exóticas de tener que estrecharle la mano al profesor que acababa de calzarte un par de buenas ostias.

Otra de sus peculiaridades es que la dirección, ajena a la onda expansiva de las explosiones del rock, permitía que nos despertaran con la música aportada por los alumnos, que sonaba libre por las habitaciones hasta la hora del desayuno. Nunca supe quien se trajo de casa el LP Their Satanic Majesties Request, pero recuerdo que la euforia que producía en mi el piano de Nick Hopkins en el She’s a Rainbow solía reconciliarme con mi vida previa a la libertad perdida.

Ese verano fue una completa pérdida de tiempo. Me expulsaron del colegio la última semana de agosto por convertir en pulseras, el cuero de las sillas estilo Cervantes de la sala de visitas y en septiembre lo hicieron del Redín, oficialmente por volver a suspenderlas todas. Finalmente fui libre para apuntarme en el Liceo Iruña, donde saque todo quinto, sexto y la reválida en un año. Con mi honor a salvo de mediocridades cambió mi vida.

De aquél estúpido verano apenas guardo memoria. Recuerdo que en el puente de la Virgen de Agosto Mero, Mamen, Keka y Lupe subieron a verme y que estaban preciosas e inalcanzables. También, que aporté al arsenal de la resistencia la munición contenida en el Songs from a room y que Bird on the Wire nos sacó de la cama muchas de esas mañanas; Leonard Cohen era ya una bandera y su Partisan un espejo.

Las filias y las fobias

Para muchos la contradicción es la ola sobre la que cabalgan los cambios; para mi es una forma de vida de la que no sé, ni quiero, salir. Inevitablemente mis filias y mis fobias pueden estar protagonizadas por el mismo suceso, corriente o individuo, de tal forma que son extrañas las personas o circunstancias en las que no halle motivos para su odio y admiración. Un ejemplo sangrante de esta forma de bipolaridad son mis sentimientos hacia Ippolito Aldobrandini (1536-1605), mas conocido por el nombre artístico de Clemente VIII, 231º Papa de la iglesia católica (1592-1605).

Este oscuro individuo llevo a la hoguera el 17 de febrero de 1600 al luminoso ex-dominico Giordano Bruno (1548-1600), porque su vía para llegar a Dios era la sabiduría, que no precisa de propulsarse en la fe. Ippolito segó la vida preciosa del padre de la revolución científica que ha devuelto el Génesis a los anaqueles de las obras de ficción; solo por ello debiera residir en el amplio territorio de mis fobias. El mismo año en que el astrónomo fue reducido a cenizas, el café fue presentado al Papa para que desde su autoridad prohibiera su uso; Clemete VIII defendió su excelencia y beberlo quedó exento de cualquier pena a enjuagar eternamente en los infiernos. Ello le otorga cierta redención y lo sitúa en las crestas de mi bipolaridad.

Federico

A veces, Federico, tiendo a ensoñar el largo de mis días

si ellos no hubieran reventado tu aurora.

No sé, no puedo, no quiero perdonarlos.

Se llevaron las páginas que no podré leer;

porque temían a la voz y a la palabra.

jueves, 9 de junio de 2011

Cirros


La de hoy era una mañana atada al alba por suaves cirros largos; otra noche ajena a las almohadas, que fatigo menos menos con la edad. En esas horas sin luz tras las ventanas, he envidiado los 38 años de lucidez de Thomas Wolfe a través de su “Del tiempo y del río” al que acudo puntual cuando las novedades editoriales no atrapan mi atención; he bajado dos dedos a la botella de Courvoisier XO Imperial y he entregado a Roger Eno el espacio del salón para sus Voices. Nunca he dormido gran cosa, pero ahora me parece un desperdicio prescindible.
Hace un par de noches dejé a J.S. Bach que sus Seis Suites a Violoncello Solo senza Basso BWV 1007-1012 forjaran diferencias entre Pau Casals, Mstislav Rostropovich, Yo-Yo Ma, Anner Bylsma y Janos Sterker; un Strad, un Doménico Montagna, crin, arce y abeto para esas horas largas en que uno es lo que es, sin molestar a nadie. Como en los evangelios de Mateo, Lucas y Marcos eran tan patentes las afinidades como evidentes las diferencias. Anner Bylsma tenía la mano derecha de Casals y la izquierda de Rostropovich, por ello sonó dos veces.
Si la vida no me abrevia tengo en proyecto llegar a la Arcadia de dormir solo una noche de cada dos; ello me excluirá de la nómina de los hombres centenarios, pero habrá valido la pena. Mi biblioteca abarca unas cuantas habitaciones y tengo a orgullo saber que entre tantos anaqueles no hay libro que me resulte ajeno. Años atrás me desasosegaba mi reticencia hacia las novedades editoriales; había detectado una evidente tendencia a evitar las páginas con que celebraba la crítica literaria la incipiente obra de autores noveles; ahora, liberado de alcanzar la erudición que exhiben los sabios y los contertulios, releo y me asombro alejado de todo sonrojo. De lo editado desde que cambió el milenio he leído solo Cruising Paradise de Sam Shepard, cuyas Motel Chronicles me permitieron entender el país, cuando vivía en Estados Unidos; a cambio he podido abarcar a los logógrafos anteriores a Tucídides cuya Historia de la guerra del Peloponeso, editada por Gredos, me ha devuelto a Cavafis.

miércoles, 8 de junio de 2011

Jorge Semprúm 1923-2011

Jorge Semprún, en una imágen de archivo de 2001.- GORKA LEJARCEGI

Jadis, si je me souviens bien, ma vie était un festin où s'ouvraient tous les cœurs, où tous les vins coulaient.

Une saison en enfer

Arthur Rimbaud 1854-1891


De tu vida, esquejada en la mía,

el largo amor por la memoria;

última bala en el rostro de la bestia

o en propia sien.

Mañana es siempre una quimera.