lunes, 13 de junio de 2011

Green Boots

Aquel tipo era uno de esos que resultan incómodos a plazo fijo. Carecía de la cintura requerida para maquillar cuanto le producía desagrado. Odiaba a quienes se visten de fracaso para ligar al tío o a la tía que busca un trago el jueves; no tenía rincones ni remedio.

Aquel tipo pasaba de pasar y militaba en los desasosiegos que acompañan a la inmisericorde tendencia a tomarse todo en serio. Había logrado alcanza una cultura alejada a su cuna y en la que hallaba espacio para plantar las diferencias que separan a churras de merinas, a lo blanco del negro. Era uno de esos solitarios que había abandonado, primero la ciudad y luego el pueblo. Habitante único de una aldea hecha polvo, compartía habitación con su gata Pandemia y un ordenador, regalo que actualizaba su hermano cada dos años.

Apenas tenía más gastos que la luz, su renta no obligaba a atender los impuestos ni optar a subvenciones; sacaba al huerto y al monte las cosas de comer, y a la venta de miel, el dinero de bolsillo. Cuando llegó a aquellas crestas de Guadalajara no era, ni lejos, un apicultor. La red y los libros le llevaron a ser un apreciado productor que surtía a un par de tiendas de comercio justo en lo viejo de Madrid, donde siempre había más clientes que tarros.

Aquel tipo corría el riesgo de olvidarse de hablar; excepción hecha de con su hermano, que acudía a verle cuando él le dejaba, solía cambiar cuatro palabras con los de la guardia civil rural, con algún labrador de paso hacia piezas lejanas y el ingeniero de la confederación, a quien debía su línea ADSL a cambio de atender la estación de aforo, eso era todo. Para todos los santos el circulante humano solía disparase con los familiares de finados que descansaban en aquél cementerio, que él cuidaba por no saber evitarlo; era como el día de reyes, gentes agradecidas le obsequiaban con algo de la matanza, un queso, unos litros de aceite o de aguardiente, charlaban de otros tiempos, compartían una frasca de vino y hasta el próximo año, si así lo quiere Dios.

Una noche en que buscaba información sobre el álgebra de retículas booleanas, descubrió que George Bool había casado con una sobrina de Sir George Everest; un enlace llevó a otro y acabó encontrando en el buscador de imágenes de Google la impactante foto de Green Boots, parcialmente cubierto por la nieve junto a dos botellas de oxígeno naranjas. Buscó en la web; Green Boots tenía entrada propia en Wikipedia. Supo que el cuerpo podría ser el del himalayista indio Tsewang Paljor y que fue uno de los ocho escaladores que murieron en la tormenta de nieve del 10 al 11 de mayo del 96, en la cara norte del Everest. Es probable que Pajlor ganara la cumbre antes de perder la vida; es seguro que sus restos yacen en una oquedad a 450 metros de la cima y que ahora da nombre a un punto cartográfico de referencia para todos aquellos que atacan la transitada cumbre. Tsewang Pajlor ya no está solo, el 15 de mayo de 2006 David Sharp agonizó durante horas a un par de palmos de botas verdes, entre la interesada indiferencia de los cuarenta que asaltaron la cumbre a lo largo del día; pasó de enredarse en la polémica que atizaban los blogs y apagó el ordenador, después de guardar en pdf el artículo de Yoshitoshi “Escalar el Everest: Circo y cadáveres”.

Siempre ha sido igual, pensó, tomas decisiones y luego tienes que vivir con ellas, algunas cuestan la vida y hagas lo que hagas alguien habrá de juzgarlo sentado en la felicidad de su sofá. Tenía la imagen de Pajlor grabada en la retina, yacía sobre el costado izquierdo, el viento del norte al chocar contra el cuerpo había rellenado el hueco formado por arco derecho de una nieve inmaculada que hacia resaltar aun más la viveza de los colores, la bota verde eléctrica, el azul del pantalón, el rojo del anorak y el naranja de los cilindros del oxígeno. Había un punto de grandeza en el desmadejado escenario de aquel cuerpo insepulto, contenía el reflejo de quien apuesta y pierde, de quienes saben que en ello les puede ir la vida y siguen adelante.

Cebó de leña la salamandra y se tumbó en la cama, Pandemia se hizo un ovillo sobre su vientre y , mientras acariciaba a la gata, siguió dándole vuelas a todo aquello con la mirada perdida en una viga del techo. Aquella aldea, pensó, era una parábola de los 900 metros que separan el campo IV de la cumbre y donde cada uno debe saber valerse por sí mismo. Hago cima todos los días, escalo en solitario y sin oxígeno añadido porque no sé evitarlo; alguien encontrará mis botas cuando llegue el momento.