domingo, 12 de junio de 2011

Verano del 71

Foto: Igor Aizpuru

Hay algo en los internados que recuerdan a la cárcel; no poder decidir a donde vas, es estar preso. En junio del 71 alcancé las cotas más altas de la excelencia académica, bacarrá, me suspendieron todas, nótese el hecho de que no fui yo quien suspendiera, sino que mis dudosos profesores del Redín de Pamplona decidieron que un prudente escarmiento, podría corregir mi decidido apetito a ir por libre.

Mis padres, preocupados por el rumbo de mi eclíptica me internaron en Izarra, colegio especializado en casos que prometían ser perdidos y que atesoraba la mayor concentración de malogrados del cuadrante nororiental de aquella España plomiza.

Compartía celda con Eugenio Villacampa, que unos años más tarde se quitó de medio; con un catalán que se llamaba Coqui y con Nicolás López, luego fotógrafo y que abandono las sales de plata para fundar y dirigir Plata de Palo

Un colegio que, en medio del Álava rural, pretendía que jugásemos a ser una rancia institución inglesa era un despropósito; nosotros no éramos caballeros ni ellos esmerados tutores. Aquél era un ejemplo incontestable de los trampantojos de la educación, con las notas exóticas de tener que estrecharle la mano al profesor que acababa de calzarte un par de buenas ostias.

Otra de sus peculiaridades es que la dirección, ajena a la onda expansiva de las explosiones del rock, permitía que nos despertaran con la música aportada por los alumnos, que sonaba libre por las habitaciones hasta la hora del desayuno. Nunca supe quien se trajo de casa el LP Their Satanic Majesties Request, pero recuerdo que la euforia que producía en mi el piano de Nick Hopkins en el She’s a Rainbow solía reconciliarme con mi vida previa a la libertad perdida.

Ese verano fue una completa pérdida de tiempo. Me expulsaron del colegio la última semana de agosto por convertir en pulseras, el cuero de las sillas estilo Cervantes de la sala de visitas y en septiembre lo hicieron del Redín, oficialmente por volver a suspenderlas todas. Finalmente fui libre para apuntarme en el Liceo Iruña, donde saque todo quinto, sexto y la reválida en un año. Con mi honor a salvo de mediocridades cambió mi vida.

De aquél estúpido verano apenas guardo memoria. Recuerdo que en el puente de la Virgen de Agosto Mero, Mamen, Keka y Lupe subieron a verme y que estaban preciosas e inalcanzables. También, que aporté al arsenal de la resistencia la munición contenida en el Songs from a room y que Bird on the Wire nos sacó de la cama muchas de esas mañanas; Leonard Cohen era ya una bandera y su Partisan un espejo.