Josetxo y yo en el 74 fotografiados por Aurora
A veces quedo con todos los yo que he sido y, entre una copa y otra, nos ponemos al día de cómo va la cosa; es una ceremonia pintoresca donde los viejos nos reímos de los jóvenes mientras ellos se quejan del esfuerzo que hicieron, para nada, y escupen por el colmillo eficaces venenos. Recuerda a aquellas reuniones de ex-alumnos donde el que era el más tonto llega en Rolls y el listo de clase viene en bici. Y en el inevitable carrusel de los ¿qué fue de…?y ¿qué pasó con…? repasamos las luces y las sombras de los dientes de la sierra que, año tras año, han ido mutilando aquel cuerpo común del que todos usamos sin poner ninguna restricción. A todos nos cuesta reconocer entre los jirones impresentables que ahora exhibo la magnífica intendencia que en la partida nutría la mochila; ello provoca encendidos debates y el cruce de dedos que señalan culpables que siempre son el mismo, el viejo y cínico yo, que paga las copas y todos los platos que solemos romper.
Alguna vez, cuando los harapos de las banderas quedan velados por sombras oportunas, la reunión enlaza los eslabones solidarios de repasar los éxitos que creemos propios o aquellos recuerdos que la acidez del tiempo no han convertido en una insufrible salmuera que sobresaliva a una lengua que aún mantiene cierta dosis de ternura. La maravillosa arquitectura de otros cuerpos queridos pasa de mano en mano con respeto absoluto; los aromas y los olores de nariz en nariz; los sabores de boca en boca y todas las lágrimas se derraman a la vez, sincera y solemnemente.
Luego renovamos nuestro voto sagrado de volver a reunirnos, del uno para todos, del aquí vamos todos en el mismo barco, del ha sido un privilegio haberte sido; cuando todos se levantan siento el alivio del anfitrión que se ve ya rebasado. Los acompaño hasta la puerta y los despido con la alegría que precede a sentidas añoranzas; luego pago las copas y sonrío mientras mususito en baja voz un “angelicos”.