martes, 27 de marzo de 2012

And the coloured girls say doo doo doo, doo ...

Entre quienes veneramos el jazz, observamos la estricta norma de dejar que sea el bajo quien desordene nuestra compostura, de forma que es su ritmo quien acuna los inevitables movimientos del pie; los puristas del rock lo hacen mediante el trabajo de quien está a la batería. Charles Mingus y Jaco Pastorius han doblegado siempre mis extremidades inferiores, pero si hay un tema donde la eficacia del bajo queda sublimemente demostrada es en Walk on the Wilde Side (1972 Transformer). No es la catedral del preciosismo, es algo diferente, un trabajo de arquitecto que debo (debemos) a un Herbie Flowers genial. El saxo que rompe al final del tema se erige sobre la voz y la letra de Lou Reed y la línea doble de los bajos; lujo breve y excelso de un Ronnie Ross siempre a la altura.

A Walk on the Wilde Side, un paseo por la cara salvaje, fue durante los 70 sinónimo de meterte un chute de caballo entre los perseguidores del dragón; también sirvió para invitar a vivir el momento entre quienes otorgaban a Cayo Valerio Catulo un papel fuera de la historia de la métrica latina.

Ya no tengo las venas ni el cerebro para los relámpagos y el calor que desataba la aguja desde el brazo, así que habré de reducir las incursiones por la sombra de la luz a los paseos que la edad no limita y a los territorios de los que todavía no renuncio. Y te sigo esperando; no quiero hacerlo solo. And the coloured girls say doo doo doo, doo ...