viernes, 23 de marzo de 2012

Moleskine

La ventaja de los sueños es que desobedecen cualquier postulado de cuantos rigen la física; el inconveniente es que carecen de aquello que aporta la materia. Eso no impide dejar pistas evidentes en las sábanas que, cuando despiertas, están desposeídas de cualquier olor que no sea el propio. A algunos, a quienes el rigor de sus preceptos religiosos apunta en el saldo de lo punible episodios oníricos, puede alcanzarles la zozobra del pecado involuntario; yo, que estoy exento del sentimiento de la culpa, rara vez sueño territorios prohibidos.

Esta noche, acaso por que los equinocios son proclives al misterio, he dado en soñar en blanco y negro y en idioma ajeno; el guión era notablemente menos interesante que la logística que requiere tamaña producción, habida cuenta de que todo ocurría en la escala de grises y el argumento descansa en el color. Por extrañas razones, que carecían sin duda de suficiente importancia, William Faulkner y yo discutíamos sobre la importancia del diseño del tajo en las estilográficas. Bill defendía de manera numantina la elegancia del trazo de las Sheaffer Balance y llamaba mi atención a su pluma marmorizada del año 1929, extraordinaria; mientras yo sostenía que en plumines nada era comparable a la Montblanc Ernest Hemingway, que en mi sueño parecía poseer.

Tras aceptar que ninguno habría de ceder y adictos ambos a las polémicas, pasamos a enfrascarnos en la importancia del color en la tinta. Para mi sorpresa (yo habría apostado que su elección sería la J. Herbin Éclat de Saphir), Faulkner se reconocía un perdido devoto de la Old Golden Green de Rohrer & Klinger, sin duda magnífica, aunque de esa marca todo el mundo sabe que la adorable es la Scabiosa. Hablábamos de La Tinta, no de tinta; ello obligaba a ser igualmente preciso y a desvelar mi amor por la Iroshizuku yama-guri, de un marrón tabaco sublime e impecable. No cedimos un solo centímetro.

Quizá porque los polemistas tendemos en el fondo a los mutuos afectos, hallamos un soberbio armisticio en la perfección de un cuaderno Moleskine, eso si, de los que producía en Italia Modo & Modo, antes de que tamaña joya acabara en fábricas de China. A fin de cuentas ambas plumas corrían de manera perfecta en su adecuado papel y las dos tintas secaban en ellos sin que se abriera el trazo.

Me he despertado a las siete y, tras el inevitable pis y el pozal de café, he cargado mi Montblanc Oscar Wilde en el tintero de Visconti Burgundy y me he escrito una carta.