Entre un saxo tenor Selmer™ y mis manos, siempre medió la infranqueable hoja de vidrio de algún escaparate; solía entonces refugiarme en las promesas del futuro y en la sabiduría de aforismos chinos, “mejor es ver su rostro que oír su nombre”. Hoy ya no me duele haber sido tan joven.Acudo ahora a la contundencia de lo gótico, para ignorar lo inalcanzable ¿quién aspira a poseer la Notre Damme de París? El tiempo, los andrajos de una personal visión del taoísmo y la eficacia de la experiencia, lograron que desembarcase de aquel Pequod, antes de que cegase mis ojos la aterradora blancura de la Ballena. Hoy he desarrollado una suerte de inmunidad o tolerancia hacia casi todo aquello que no permanezca en mí en la desnudez de una ducha. Ya no persigo nada y casi nada me inmuta; tampoco he alcanzado la iluminación, todo se reduce a una beatífica carencia de interés por las particularidades de los demás. Soy un misántropo, inofensivo e incorregible. Amo a la Humanidad, me conmueve el concepto filosófico y político del Hombre, pero detesto a la gente, a toda la gente y a sus mundos diminutos, que ocupan sin haberlos tenido que construir.
Huelga decir, que mis emociones están hechas de colores, de sonidos, de luces y estaciones, de paisajes y relatos, de fósiles y libros, no de rostros y de las historias que cuentan esos rostros. He amado más a Quevedo o Duchamp que a ninguna mujer; mi experiencia afectiva se reduce a una sola e intensa vez, confieso que valió la pena.
Amo las pautas estructurales del caos y el jazz, está lleno de orden en desorden. Solía acudir a cuantos festivales se organizaban en Europa hasta que la Yamaha roja de Miles Davis quedó muda; ahora me acomodo a los CDs y a la facilidad de los MP3.
En el Jazzaldia del 74, acudí a disolverme en el directo de Charles Mingus; entonces no podía pagarme un hotel y, como tantos, capeábamos el día con algún bocadillo y a la noche nos buscábamos la vida, durmiendo por las playas. Mingus tocó como aquel dios que era y yo volé muy alto por entre sus notas. Salí de su concierto en la absoluta desorientación que produce la verdadera felicidad. Necesitaba andar, vagué por el Paseo Nuevo ajeno a la violencia de la espuma y las olas; no oía a la mar, que bramaba más baja que los sonidos extraídos de aquellas cuatro cuerdas por dos dedos y un alma. Llegué al Acuarium, crucé el puerto y bajé a la playa por la cuesta de la farola que entregan ahora los del cine, en versión alacena, a los de por “toda una vida”. Me disgustó comprobar que, no solo no estaba sólo, sino que éramos legión; un grupo ruidoso de australianos jugando al frisbee; un círculo de usuarios de poncho desajustando a Donnovan con las acústicas de doce cuerdas; practicantes del porro; dos cuadrillas que cosechaban algas con el agua a la cintura; los que paseaban perros y un alarmante número de sacos de dormir que ya habían engullido a sus usuarios. Abandoné la Concha por el Pico del loro y me adentré en Ondarreta, buscando la necesaria soledad que requieren quienes precisan digerir el haber asistido a un milagro.
Algo de hambre mal matada, el relente de la noche y la delicuescencia de un Mingus memorable, habían limitado mis reflejos; me había sentado en la penumbra de un banco, en el parque de María Cristina, mirando de frente a la isla de Santa Clara. Crucé los pies sobre mi mochila, me encendí un cigarro y, entonces, me percaté de que no estaba solo. En un banco cercano y a salvo de la impertinencia de aquellas farolas, estaba tumbada una mujer que utilizaba su petate como almohada; me cayó bien por el hecho de que su saco de dormir era como el mío, un Ártiach reversible y cerrado en L con una cremallera, que permitía convertirlo en un amplio rectángulo del que podía esperarse mil y una utilidades, siempre y cuando no te importara el frío. El ruido de mi mechero la sacó del letargo con una amplia sonrisa y dijo” por fin alguien que fuma, llevo rato esperando a quien poder pedirle fuego”. No hablaba mucho, pero supe que era argentina; había venido a España a conocer a una rama de su familia en Galicia y quería visitar San Sebastián, de la que sabía por no sé que ex novio vasco. Yo hablaba poco, como de costumbre, supongo que mencioné a Mingus, al jazz y alguna otra cosa, pero debí de hacerlo con un cierto entusiasmo que le hizo gracia; mi mechero cambiaba de manos entre largos y cómodos silencios.
Le comenté que tenía pensado dormir en alguna de las campas que se arrojan a la mar pasado el alto de Igueldo, por el camino de Tximistarri y que era una andada, así que le ofrecí quedarse con mi mechero y me levanté para irme. Me preguntó si podía venir; me sorprendió sentir que me alegraba. Dos días más tarde bajamos a Donosti y la acompañe a coger un tren por el paseo de Francia.
En el puente de María Cristina pedí fuego a un peatón y me fumé un cigarrillo sobre la ría. Ya sabía como era una mujer, aquella; había estado más allá del lenguaje, sin historias, sin biografías, sin largos circunloquios, sin el peso del detalle, sin tener que matizar, sin excusarse. Fue perfecto y suficiente.
Gracias, Marcela.






