viernes, 26 de septiembre de 2008

El milagro de Mingus

Entre un saxo tenor Selmer™ y mis manos, siempre medió la infranqueable hoja de vidrio de algún escaparate; solía entonces refugiarme en las promesas del futuro y en la sabiduría de aforismos chinos, “mejor es ver su rostro que oír su nombre”. Hoy ya no me duele haber sido tan joven.

Acudo ahora a la contundencia de lo gótico, para ignorar lo inalcanzable ¿quién aspira a poseer la Notre Damme de París? El tiempo, los andrajos de una personal visión del taoísmo y la eficacia de la experiencia, lograron que desembarcase de aquel Pequod, antes de que cegase mis ojos la aterradora blancura de la Ballena. Hoy he desarrollado una suerte de inmunidad o tolerancia hacia casi todo aquello que no permanezca en mí en la desnudez de una ducha. Ya no persigo nada y casi nada me inmuta; tampoco he alcanzado la iluminación, todo se reduce a una beatífica carencia de interés por las particularidades de los demás. Soy un misántropo, inofensivo e incorregible. Amo a la Humanidad, me conmueve el concepto filosófico y político del Hombre, pero detesto a la gente, a toda la gente y a sus mundos diminutos, que ocupan sin haberlos tenido que construir.

Huelga decir, que mis emociones están hechas de colores, de sonidos, de luces y estaciones, de paisajes y relatos, de fósiles y libros, no de rostros y de las historias que cuentan esos rostros. He amado más a Quevedo o Duchamp que a ninguna mujer; mi experiencia afectiva se reduce a una sola e intensa vez, confieso que valió la pena.

Amo las pautas estructurales del caos y el jazz, está lleno de orden en desorden. Solía acudir a cuantos festivales se organizaban en Europa hasta que la Yamaha roja de Miles Davis quedó muda; ahora me acomodo a los CDs y a la facilidad de los MP3.

En el Jazzaldia del 74, acudí a disolverme en el directo de Charles Mingus; entonces no podía pagarme un hotel y, como tantos, capeábamos el día con algún bocadillo y a la noche nos buscábamos la vida, durmiendo por las playas. Mingus tocó como aquel dios que era y yo volé muy alto por entre sus notas. Salí de su concierto en la absoluta desorientación que produce la verdadera felicidad. Necesitaba andar, vagué por el Paseo Nuevo ajeno a la violencia de la espuma y las olas; no oía a la mar, que bramaba más baja que los sonidos extraídos de aquellas cuatro cuerdas por dos dedos y un alma. Llegué al Acuarium, crucé el puerto y bajé a la playa por la cuesta de la farola que entregan ahora los del cine, en versión alacena, a los de por “toda una vida”. Me disgustó comprobar que, no solo no estaba sólo, sino que éramos legión; un grupo ruidoso de australianos jugando al frisbee; un círculo de usuarios de poncho desajustando a Donnovan con las acústicas de doce cuerdas; practicantes del porro; dos cuadrillas que cosechaban algas con el agua a la cintura; los que paseaban perros y un alarmante número de sacos de dormir que ya habían engullido a sus usuarios. Abandoné la Concha por el Pico del loro y me adentré en Ondarreta, buscando la necesaria soledad que requieren quienes precisan digerir el haber asistido a un milagro.

Algo de hambre mal matada, el relente de la noche y la delicuescencia de un Mingus memorable, habían limitado mis reflejos; me había sentado en la penumbra de un banco, en el parque de María Cristina, mirando de frente a la isla de Santa Clara. Crucé los pies sobre mi mochila, me encendí un cigarro y, entonces, me percaté de que no estaba solo. En un banco cercano y a salvo de la impertinencia de aquellas farolas, estaba tumbada una mujer que utilizaba su petate como almohada; me cayó bien por el hecho de que su saco de dormir era como el mío, un Ártiach reversible y cerrado en L con una cremallera, que permitía convertirlo en un amplio rectángulo del que podía esperarse mil y una utilidades, siempre y cuando no te importara el frío. El ruido de mi mechero la sacó del letargo con una amplia sonrisa y dijo” por fin alguien que fuma, llevo rato esperando a quien poder pedirle fuego”. No hablaba mucho, pero supe que era argentina; había venido a España a conocer a una rama de su familia en Galicia y quería visitar San Sebastián, de la que sabía por no sé que ex novio vasco. Yo hablaba poco, como de costumbre, supongo que mencioné a Mingus, al jazz y alguna otra cosa, pero debí de hacerlo con un cierto entusiasmo que le hizo gracia; mi mechero cambiaba de manos entre largos y cómodos silencios.

Le comenté que tenía pensado dormir en alguna de las campas que se arrojan a la mar pasado el alto de Igueldo, por el camino de Tximistarri y que era una andada, así que le ofrecí quedarse con mi mechero y me levanté para irme. Me preguntó si podía venir; me sorprendió sentir que me alegraba. Dos días más tarde bajamos a Donosti y la acompañe a coger un tren por el paseo de Francia.

En el puente de María Cristina pedí fuego a un peatón y me fumé un cigarrillo sobre la ría. Ya sabía como era una mujer, aquella; había estado más allá del lenguaje, sin historias, sin biografías, sin largos circunloquios, sin el peso del detalle, sin tener que matizar, sin excusarse. Fue perfecto y suficiente.

Gracias, Marcela.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Ánima sola


La bandeja del CD se tragó el disco, seleccionó la pista 22 y la habitación se llenó de la voz, ahora grave, de Leonard Cohen recitando las primeras estrofas de “If it be your will” y luego, las de Charley a la guitarra y Hattie Webb al arpa; desde que oyó por primera vez el tema en álbum “ Various positions”, en el 84, había considerado que era una de esas canciones redondas que no pueden mejorarse, pero esta versión, interpretada en directo en el concierto de Ontario, el 6 de junio de 2008, era especial. Las hermanas Webb construían una delicuescente aurora boreal de notas por las que transitaba un Cohen de traje cruzado y sombrero Borsalino. Seleccionó la función repeat del lector, se lió un canuto, encendió una vela y apagó las luces del salón.

If it be your will es una frase presidida por un abierto condicional y cargada de una absoluta polisemia “ si es tu voluntad”, “si así lo quieres”, “si te sale de los cojones”…La primera vez que oirla le importó en su vida, tenía 24 años; las tetas de leche de los 14 habían dado paso a dos pechos firmes y perfectos que envidiaban muchas de sus amigas; ya no llevaba aparato en los dientes y sus distintas parejas le habían demostrado que el primer amor de su primera vez, fue un perfecto imbécil. Aquello ocurrió durante el verano del 91, cuando se matriculó en el curso “Dos poesías, una lengua” llevado a cabo en El Escorial y co-dirigido por Ángel González y Mario Benedetti; ya no era una niña y estaba harta de habitar la superficialidad de los bares de copas y los polvos express de algún fin de semana. El otoño anterior había comprado el Bestiario de Juan José Arreola, cuya lectura le obligó felizmente a transitar desde La parábola del Trueque a Tu y yo somos uno mismo por toda la obra del autor; de Arreola llegó a Adolfo Bioy Casares y de éste a Jorge Luís Borges, en un invierno solitario y redondo.

El curso era uno de esos acontecimientos que se miden desde el interior; entre los asistentes, unos crecen y se elevan, otros, regresan a sus rutinas sin haberse alzado un solo centímetro sobre su mediocridad. Entre los cursillistas había gente de distintos países que creaban un guirlache de sensibilidades complejas y densas. El programa era abierto y dinámico e incluía la grabación del poema Entreacto de Ángel González, dentro del espectáculo En la aduana; eso significaba mucho trabajo en equipo. Ella conectó desde el principio con un neozelandés que conjugaba una sincera sonrisa con dos ojazos verdes bajo un sobrero de cuero; hablaba un correcto castellano pero no podía evitar, ante cualquier proposición, la automática muletilla de “If it be your will” seguido del inevitable “ops, perdona, quiero decir que, bien”.

Pronto descubrió que se sentía atraída por aquel rubio de pelo rizado y brazos largos, siempre dispuesto a echar una mano o a abrir un debate; la primera noche ahuyentó el sueño en la infructuosa espera de que llegara a llamar a su puerta. Estaba acostumbrada a acaparar la atención, a hacerse desear, a atraer las miradas del guapo de las Ray-ban o del baboso cutre y salido en cualquier bar de copas. Él sonreía a todos por que su naturaleza era cordial y porque sentía que el curso llenaba sus expectativas y valía la pena tan largo viaje; había venido a profundizar en la inmensidad de la poesía escrita en castellano y no en carnes ajenas. La puerta permaneció muda y ella pudo dominar su ansiedad, enfrentando sus dudas con el espejo. El último día, todos intercambiaron direcciones, bebieron cerveza y se separaron, más sabios, para volver a unas vidas no siempre poéticas. Ella sintió una mezcla de tristeza y alivio.

El arpa de Hattie Webb escalaba la profunda y humana plegaria de Cohen a los arpegios de los seres celestes:

If it be your will
If there is a choice
Let the rivers fill
Let the hills rejoice
Let your mercy spill
On all these burning hearts in hell
If it be your will
To make us well.

Era mi voluntad, pensó, y tú, querido, no lo viste; queda saber si debo estarte agradecida.

De profundis

El Hermano Teodoro había sido 26 años Telmo María Zúñiga Fernández. Llegó en una mula a las puertas de la cartuja del Aula Dei en los días finales de la última guerra civil. No fue el hecho de haber sido teniente en el bando que defendiera la República, ni las atrocidades que acompañan a cada contienda lo que le llevó al silencio del viejo monasterio; hizo lo que tenía que hacer y lo hizo de frente, no llevó cuenta de las vidas que había segado ni sintió el orgullo o el remordimiento, común a miles de otros soldados. Llegó sin huir de nadie y en la seguridad de no perseguir nada; era ya de mañana y los monjes acababan la Misa Conventual y, por ello, se desparramaban por todo el monasterio para atender cada uno su labor. Al Hermano que estaba de portero, junto a la Capilla exterior, le impresionó la mirada, dura y sincera, del paisano y su escasa impedimenta; su mundo cabía en un hatillo que guardaba una muda.

- A la paz de Dios, ¿Qué se le ofrece?, preguntó el Hermano.
- Vengo a ver al Padre Procurador, contestó Telmo.
- ¿Es usted un familiar?
- No, pero si me recibe y acepta, seré su Hermano.

El Padre Bruno, un roncalés viudo de 62 años, que en su niñez fue pastor y luego un afamado cirujano, escuchó a Telmo sin interrumpirle durante dos horas, mientras deambulaban en círculos por el jardín que conduce al claustro y cementerio, luego acompañó al joven a una de las celdas, dio orden de que no le molestaran y pospuso a un momento mejor dar explicaciones; no salió en más de treinta días. En el solemne silencio que preside el monasterio de Completas a Vísperas y Laudes, no era infrecuente escucharle gritar en lenguas que los monjes no reconocían y que luego supieron que eran el ruso y el alemán; con los años, Telmo pasó a ser el Hermano Donado Teodoro, tras el postulantado, noviciado y la profesión temporal, su silencio se unió al de todos y el hombre y la comunidad descasaron en paz.

Fuera de los requisitos de la liturgia no hablaba jamás. El Hermano a cargo de la afamada biblioteca del monasterio, había comentado que solía entregarle libros escritos en francés e italiano y que resultaba evidente su conocimiento de las ciencias. Era un hábil jardinero y tenía una especial pericia con el trabajo manual. Nunca llegó tarde a los tiempos comunes ni eludió tarea alguna. Durante veintitrés años fue un Hermano ejemplar y un callado arbotante para la Comunidad.

Una mañana hallaron su hábito pulcramente plegado en su celda vacía; el suelo de cada habitáculo estaba perfectamente escobado; en su pequeño jardín los viejos rosales había sido cuidadosamente podados y el pie de cada planta estaba regado; su aseo era una parábola del orden y la cama tenía puesta sábanas limpias.

La ausencia del Hermano Teodoro sumió en el desconcierto a la Comunidad. Algunos Padres preguntaron entonces al anciano Padre Procurador, por la larga entrevista con que fue recibido y sobre la identidad de un Hermano querido de quien nunca supieron nada; El Padre Bruno se encogió de hombros y dijo:

- Discúlpenme, Padres, pero siempre tuve la convicción de que cuando escuché a Telmo, se estaba confesando y ello, como saben, me impide compartirlo. Rezaré por él con afecto sincero, quienes quieran podrán seguir mi ejemplo.

viernes, 12 de septiembre de 2008

If



Algunas veces la noche se astilla contra mi frente y los recuerdos afloran ajenos a cualquier control; con frecuencia me sorprende que los pulsos de la vida hayan latido en mí tanto y tan fuerte.

Buscaba ayer el orto del cinturón de Orión, que siempre se adelanta al amarillo con que llegan a mí los otoños; había dejado un rosario de MP3 sonando suavemente en los altavoces del PC, para anclar lo etéreo de la música al leve brillo de las estrellas, cuando sonó un viejo tema de aquellos días en que mi mundo era joven. Talking to the end, primer corte del décimo LP, “Liquid acrobat as regard the air”, de la Incredible String Band que había comprado en el 71 en Elur, catedral undergroung (pese a estar ubicada en un primero de la calle Chapitela) de aquella Pamplona limitada, carlista y paqueta. Cuantas veces, pensé, habíamos cantado a dúo, Fernando y yo, aquella estrofa “this is no time for easy riding / this is no time to cry / better start to play your part /start to live before you start to die”, en los tiempos primeros de nuestra germinación. El estribillo del final, acentuado con las notas metálicas de un sitar, volvió a impresionarme como la primera vez que rebotó en mi mente “if I could sing only one song I'd sing of you” si pudiera cantar una sola canción, cantaría sobre ti. Tenía entonces dieciséis años; habitaba en una ciudad a la que reventaba por cada costura; intuía, sin demasiado interés, las diferencias que establecen los géneros (aquello de los chicos con las chicas, deben estar), pero confieso que sospechar quien, a lo largo de mi vida, pudiera protagonizar mi única canción, dilató mi incorregible tendencia a la vigilia.

De entonces a aquí, ahora tengo 53 años, he construido un orgulloso y largo historial que acredita el haber transitado los jardines prohibidos; he visto aquello que otros han leído; he atravesado territorios que no anotaban los mapas; he nacido y he muerto y he vuelto a nacer; me han tumbado y me he vuelto a alzar, siempre. Supongo que, como tantos, he vivido mi vida poniendo todas las fichas en el paño en que me ha tocado jugar, en el convencimiento de que era el juego y no las ganancias, lo que me convocaba.

El mundo es circular y en una vida extensa, la línea recta te devuelve al punto de partida; más viejo y puede que más sabio. Ahora sé con certeza que también yo “If I could sing only one song I'd sing of you ” por supuesto.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Mareas vivas


Aquella no noche en nuestro aquel no mundo. Eufonizados por la certeza de que la vida late y comprimidos bajo el peso de las tablas de piedra de Moisés.

En la gigantesca partida que concluye en la muerte; tablas.
Reducidos a los entresijos de lo mío y lo tuyo, navegamos en círculos donde la excitación se ciñe a rozar las amuras, a entrever la tarima de la cubierta, antes de orzar y caer a barlovento. Capitanes de maqueta en estanque; marineros del patito de goma que surca las bañeras.

Debiste largar trapo, asegurar la escota de la botavara, apretar los dientes y aproarme; me hubiera puesto al pairo, ya lo sabes, me hubiera derretido durante tu abordaje en la aguas abiertas de una mar de verdad.

Ahora me deslizo sobre los Alisios y he perdido tu popa; cuando la curvatura del horizonte se tragó tu mesana, acoté en la bitácora el rumbo de tu estela.

Es inmensa la mar.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Memorias



Nacida para las yemas de los dedos; propias o ajenas, mejor ajenas. Nacida para grabar sus huellas donde acaban los nervios ópticos y comienza el cerebro; en los fascinantes mundos que cada uno codifica para abrirse o cerrarse a otras alas gemelas. Esa piel por la que he visto marchar al tiempo, ha crecido en su luz y si su cuerpo ha perdido firmeza, ha ganado calor y matices que la elevan por encima de las tallas efímeras y el pulso de las modas. No es una niña, afortunadamente, y por ello genera los largos impulsos que obran las mujeres de verdad, las raras mujeres de verdad que se crecen sobre las estrías de la cintura y las arrugas del cuello. A veces, cuando espera desnuda a que el agua fría equilibre el caudal de la caliente, justo antes de que el tibio vaho haga llorar al espejo, la recorro de la nuca a los pies y la siento tan mía; cada cima de sus vértebras cosida al movimiento de la mano que trastea en las llaves del grifo; la nuca que se esconde o se eleva; las nalgas y los muslos que obedecen al paso de los años sin perder la belleza; me gusta observarla antes del breve lapso en que volverá a ser mía, porque minutos después, con el exceso de humedad que ha vencido a la toalla, abrazo su cuerpo ceñido a si cintura. Aspiro el calor que dilata sus poros y el aroma limpio de una piel que solo huele a jabón; recojo las gotas de agua que han quedado en los pliegues de un pecho sabio en noches o en los rizos del pubis; ella suele guiarme con sus manos, y, aunque sabría resolverlo perfectamente solo, aprecio la complicidad que me otorga un protagonismo agradable y el privilegio de hundirme suavemente en las regiones menos transitadas. Luego, mientras desayuna, siento su peso vertical que aplasta contra mi los penetrables mundos de lo compartible y que nadie conoce como yo; adoro ese momento, tan largo los fines de semana, en que entre los labios de su vagina y yo apenas corre el aire. Luego, separadas nuestras pieles por destinos divergentes, veo desaparecer su desnudez bajo la ropa.
Si yo no fuera de rizo americano y estampado escocés, verde con rayas amarillas y rectángulos de azul oscuro, si colgara de mí algo más que un manso cinturón, la haría más feliz que los hombres que han fatigado su piel sin saber apreciarla.

Memorias de un albornoz.

martes, 2 de septiembre de 2008

Reflejos de Li Tsing Chiao


"La pálida luna alumbra entre nubes en el cielo otoñal.Sola ante la ventana, soporto el peso de los días, y compongo poemas que voy borrando a medida que corrijo.Florece el oro de los crisantemos.Yo, tras la celosía, en la oscuridad de mi solitaria habitación, Sola, quemando incienso, y soñando... sola."

Parecía que la poetisa Li Tsing Chao, hubiera escrito estos versos pensando en ella, pero era imposible; el poema fue compuesto nueve siglos atrás. Recordó, que los pueblos que viven en las faldas de los Himalayas, definen la existencia como un perpetuo ciclo de reencarnaciones, a la que el alma solo puede escapar cuando alcanza su perfecta iluminación. Todos los cuerpos posibles son una mera carcasa que aloja al espíritu en cada reencarnación.Decididamente, pensó, todos somos todos y, a la vez, ninguno. Constatar que en otra luna de otoño, otra mujer, quemando otro incienso, había soñado, sola, le hizo sentir la angustia vaga de las tautologías que abanderan las horas comunes en las vidas distintas. Sintió que afrontar la abstracta soledad, el primario convencimiento de que los otros no siempre llenan el yo o pueden mantener el nosotros, era tal vez algo distintivo de la especie, una forma de licencia con la que la naturaleza compensaba las formas ilimitadas que pueblan el mundo.Tal vez he sido Li Tsing Chao y ahora rememoro el peso de viejas soledades, pensó. Luego contempló si era posible que las almas trasladaran sus recuerdos más íntimos a lo largo de la cadena de los ciclos y llegó a la conclusión de que no había respuesta. Le inquietó el presentimiento de que de ser así, tal vez había sido bailarina en Damasco o había amado bajo la sombra de las higueras a otros cuerpos de hombre o de mujer, pero ¿dónde habitaban esas memorias? Revisó momentos trascendentes de su vida para poder frotarlos y devolverles el brillo que la cotidianidad tiende a empañar. El saldo, suficiente, no daba para mucho más del imprescindible alegato de "afirmo que he vivido" que todos empuñamos para eludir el desconocimiento de las intensidades. Aquel inevitable primer novio y el previsible balance de pudo ser mejor; las noches de facultad en que otros estudiaban mientras ella se entregaba al cuerpo joven e inexperto de un compañero de clase; las primeras relaciones prolongadas que permitían entrever el compromiso de las parejas; la ceremonia civil de un matrimonio laico; el primer hijo; la primera vez en que pesó más el sueño que un posible orgasmo. Media humanidad se debe a estas banderas, pensó, promediar la estadística no le produjo alivio alguno. Recordó las manos que la habían acariciado y los brazos y piernas que habían rodeado su espalda y su cintura; eran más que las que habitualmente hubiera recordado; el haberlas olvidado era la evidencia incontestable de que se habían mantenido en la vaga mediocridad de un polvo tras las copas. ¿Alguien habrá compuesto una canción tras una noche conmigo, escrito un poema o esbozado un dibujo?, se pregunto sin demasiada convicción…Sola quemando incienso , y soñando…sola. Puntualmente sola, profundamente sola. Le vino a la cabeza la sorprendente confidencia de una amiga que le había confesado que, mearse de gusto, era algo más que una frase hecha. Le invadió una resignada sensación de tristeza; a su edad el sexo era más una ceremonia de confraternización, que un combate en el que nadie hace prisioneros; era más un ordenado protocolo, cuidado y previsible, que una unión sin reglas ni fronteras donde se da y se toma lo más íntimo del cuerpo y del espíritu. Mearse de gusto, perder todo control, rendida a la electricidad del frotamiento que potencian las sales del sudor y los poros abiertos. ¡Joder! mearse de gusto, clavarle las uñas en la espalda mientras se chilla, mientras se brama, mientras se quiere más y se da más. Por un momento sintió la olvidada humedad que absorbía la felpa de sus bragas y un segundo después un relámpago cruzo su cabeza. ¡Que coño de reencarnaciones, ni de ser Li Tsing Chao, ni niños muertos! A ver, si todos hemos sido antes otros hombres y otras mujeres, todos conoceríamos íntimamente la exacta anatomía de quien comparte tu cama, pues va a ser que no, o de lo contrario, no follaríamos tan penosamente mal. Se encendió un cigarrillo, tiró el libro y se hizo un dedo.

En la luna de julio



















La Vida es como es y yo la transito con la voz leve y con los pasos suaves del invitado que sabe que está de paso. Mentiría si dijera que no me parece irrepetible vislumbran los aleros donde otros sabrán levantar un nido o, acariciar con el vértice de las alas abiertas, los cabellos ajenos. Faltaría a la verdad si no reconociera que, a veces, lo lícito me atrae y otras veces me repele; las cosas son como son y ello, me enseñó la inutilidad del lamento y lo estéril de las combinaciones que carecen del suelo que las hace posibles, pero no encuentro en la química de las imágenes que genera el cerebro motivos de reproche; espero que tú tampoco los halles si las comparto contigo.En la luna de julio, las pléyades permanecen invisibles aunque siguen allí, indiferentes a las dificultades concretas del observador, alejadas de las adversidades de aquellos que tratan de sospecharlas, inmutables, hermosas. Supongo que de ellas debiera aprender que brillan sin saber que las busco, que lo hacen prescindiendo de mí….eso sería el camino del sabio o el sendero de los escépticos, pero en el mío, hecho del todo y la nada, escudriñar los cielos sin ninguna esperanza de variar la órbita de los cuerpos celestes, es admitir un final que habrá de ser y que aún no ha llegado.Pensaba en ti; no seguiré por que sé que te incomoda que lo haga y porque, en el fondo, nunca he logrado trasmitirte que hay otros mundos y, que en ellos, el labio de la costa permanece nevado y en las cimas de las montañas aun obran las mareas. Si supiera hacerlo labraría con mi boca tu pecho hasta las ingles y sabría reclamar un solo segundo que fuera para mí y para ti, sin el peso estéril de quienes buscan reproches en los mapas, inmensos, del arrepentimiento.


Recordaba el sabor de tu boca (y me hacía feliz). Mañana estaremos muertos.